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Los gadgets se apoderan de las publicaciones médicas

Imagen: tecnologia.diariomedico.com

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Si bien podría parecer que el uso de los teléfonos móviles y otros gadgets en Medicina es un tema muy tocado en diferentes blogs médicos, bien podría pensarse que es resultado de un sesgo y es que por lo general, quienes escribimos en la red somos fanáticos de las nuevas tecnologías. Probablemente el análisis previo no esté lejos de la realidad, pero es una realidad que estos objetos se han convertido cada vez más en un instrumento del que los galenos echan mano más frecuentemente, muestra de ello son diferentes artículos que han aparecido en revistas de renombre, por ejemplo, un paper publicado recientemente en la revista The Surgeon medio de los Royal Colleges of Surgeons of Einburgh and Ireland.

En este artículo los autores se han focalizado en los diferentes usos que los cirugjanos hacen de sus teléfonos celulares, el primero no nos sorprende mucho, es principalmente el uso den comunicación, tanto para el uso telefónónico, como el uso de mensajes de texto e inclusive como alama, usando inclusive algunas plataformas diseñadas para la comunicación en hosptiales (Voalte). Poco a poco lo utilizan más para la fotografía de heridas y lesiones, aquí los  autores inclusive citan un estudio piloto llevado por acabo por Tsai y pulbicado en los Annals of Plastic Surgery para la interconsulta de lesiones a larga distancia usando las fotografías tomada con sus celulares.

¿Qué otros usos le dan los cirujanos a sus gadgets? Según esta publicación, la mayoría llegan a utilizarlo para  mantenerse actualizados, a través de podcast, de iTunes U, el uso de libros de texto y aplicaciones como los atlas de Netter, Zolllinger, Campbell,  etc.

A ello, yo agregaría el uso de Twitter, Facebook, etc. que como hemos discutido previamente. Pero otros ejemplos del uso de los dispositivos móviles, van más allá. Recientemente han sacado el Handyscope, este instrumento transforma el iPhone en un dermatoscopio, agregando una lupa de 20x, está disponible para iPhone 3G y 4G, se rumorea saldrá la versión adaptable al iPad.

 

 

Fuentes:


La bata blanca, ¿necesidad real o tradición impuesta?

Imagen: felixmaocho.wordpress.com

Recuerdo cuando era chico y acompañaba a mi padre a su trabajo, verlo caminar con ella puesta y luego voltear a mi alrededor y ver tantos entes caminando orgullos con otra igual sobre sus hombros, en realidad es que era un objeto cuasi mágico con el cual soñaba vestirme alguna vez. De niños algunos sueñan con su capa de mago, con la Superman o con infinidad de vestimentas distintas, yo siempre quise portar una bata blanca.

Ya en la secundaria, cuando empiezas con tus clases en los laboratorios de Biología y Química, entre las hormonas a todo lo que dan y la ignorancia de lo que esa vestimenta implica en un futuro, tu cabeza se dispara y empieza a elevarse, ¡no te la quitas ni para ir al baño! Poco a poco empiezas a aburrirte de ella, pero sigues con la ilusión de que un día esa bata se acompañe de un estetoscopio y que tenga tu nombre bordado con la abreviatura Dr. precediéndolo.

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Al llegar a la facultad, ilusionado te pones los zapatos blancos, los calcetines blancos, los pantalones blancos (por su puesto los calzones blancos, sino todos verán los corazoncitos), la camisa blanca, el cinturón blanco, la corbata y por su puesto ¡la bata blanca!. Caminas cual pavorreal, urge que todo el mundo voltee hacia donde estás… llegas y ves que a tu alrededor hay más de 1000 personas que visten el tan preciado atuendo, en realidad en ese mundo, lo único que logra es opacarte, el día que te vistas de negro o de rojo, ¡ese día brillarás! ¡Ah! pero han de terminar las clases y saldrás a la vía pública con dicho atuendo (tal vez ya un poco sucio del uso diario) pero es la oportunidad perfecta para que te vean, aunque los profesores te dicen que te quites la bata al salir del hospital para evitar la contaminación (de adentro hacia afuera y visceversa), haces caso omiso y caminas con ella por todos lados, te metes al metro, te subes al autobús, manejas con ella y si pudieras duermes con ella. Cuando llevas 6.5 años viviendo con ese atuendo empiezas a aborrecerlo, de pronto se te ocurre que quieres estudiar una especialidad, así que el “disfraz” lo tendrás al menos unos 3 años sino es que una decena más. Entonces empiezas a aborrecer el blanco en tu ropa y cuando ya no quieres usarla, los zapatos blancos, las camisas blancas, las chamarras blancas, son el accesorio de moda.

Pero no empecé este artículo tan solo para hacer un anecdotario del uso de la bata en el estudiante-residente, sino por que hoy, pensando de qué escribiría para no dejar pasar mucho tiempo, vi mi bata colgada frente a mi, muy mona en un gancho y me dí cuenta que después de tanto pelear por ella, poco a poco, la he ido haciendo a un lado y quiero comentarles el por qué, para luego recibir sus impresiones.

Tal vez guiado un poco por el aburrimiento de vestirme tanto tiempo igual, particularmente al salir del internado con las guardias y los uniformes que al terminar, más que blancos parecían grises o quizás movido por el hecho de estar en el servicio social, rodeado de tierra y lodo, con un mucho calor y donde podía lavar muy poco mi ropa (la blanca recién lavada con un ventarrón quedaba peor, por lo que esa la llevaba a que me la lavaran en una lavandería una vez al mes), poco a poco fui dejando mi bata a un lado, misteriosamente empecé a notar que la gente se me acercaba más, particularmente la gente mayor y los más jóvenes. Esta serendipia me llevó a tomar una nueva actitud, me dí cuenta que más allá del estatus que me pudiese dar la bata, ese objeto de deseo infantil y puberiano, prefería la cercanía con mis pacientes. Puedo encontrar mil y un razones que justifiquen su uso y un número similar que apoyen mi noción, tal es el caso del fenómeno de hipertensión por bata blanca.

Hablemos de este último fenómeno para tratar de explicar mi teoría (que aclaro puede ser errónea):

Es cierto que el fenómeno de la hipertensión por (o de la)  bata blanca, no está forzosamente relacionada a esta prenda, sino que ha sido denominada así por el hecho de que la gran mayoría de los médicos la utilizan. Pero este fenómeno demuestra, en base a muchos estudios realizados, el efecto que el simple título de “médico” puede tener en un paciente. Si el simple hecho de saber que acuden a un consultorio puede generar tanto estrés en un paciente, ¿qué sucederá si al sentarse en el consultorio lo primero que ve es una bata blanca y un estetoscopio colgando del cuello?

La realidad sea dicha es que aunque muchos manejarán que es una cuestión de higiene, es más que nada una tradición heredada, creo inclusive más antihigiénico el uso de este implemento que se tiende a lavar menos que la ropa que nos quitamos y ponemos día a día. Es simplemente un símbolo del que ni los mismos médicos saben su signficado e historia. Además de ello es un sistema de “defensa” del médico ante cualquier imprevisto con el paciente, es poner un letrero de “yo soy el que sabe”,”yo soy el que manda” o algo así como “cuidado médico adentro”. Lo mismo sucede con el fenómeno del estetoscopio colgando del cuello, que si bien en el hospital tuve la experiencia de que era mejor usarlo así que verlo robado, no tiene mayor utilidad y bien puede guardase en la el bolsillo del mismo pantalón y en tu consultorio mantenerse en el área de exploración.

En resumen, yo soy de los que han ido rompiendo con las costumbres y suelo atender a mis pacientes sin tal vestimenta, jamás he tenido problemas en establecer los “roles” de médico y paciente, por el contrario la relación la siento más cercana, con mayor confianza. En el trabajo gubernamental llevo una, pero suelo dejarla colgada en un “perchero” improvisado en la lámpara de pie. Sin tener estudios controlados, basado en mi propia perspectiva, esto me ha dado resultado, pero en honor a la verdad otras fuentes señalan lo contrario (tengo qeu buscar el estudio original y ver si se menciona el cuestionario y este no era tendencioso).

Quiero aclarar que no es lo mismo hablar de la bata en el consultorio que de un uniforme quirúrgico donde si tiene un papel real de asepsia y antisepsia o inclusive de la bata en un laboratorio, donde esta es una vestimenta de protección.

¿Qué opinan? ¿Es la bata un implemento necesario o impuesto por la tradición o se trata de un arma egocéntrica del gremio médico?

Cuando el médico es el paciente

Cuando el médico es el paciente. Imagen: aplamancha.blogspot.com

Hoy me tocó estar del otro lado del escritorio, suelo insistir en tratar bien al paciente y hoy vuelvo a hacerlo, ahí les va mi historia…

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Desde hace ya varios años me uní al exclusivo club de pacientes con Migraña, en realidad no tenía intención de pertenecer a él, pero es que tú no lo escoges, ella te escoge a ti. Es de esos padecimientos en donde el paciente no puede hacer nada para evitarlo, simplemente se presenta. Desde hace 4 años o un poco más, los ataques empezaron a ser más frecuentes, sobre todo desencadenados en episodios de desvelo y estrés, ¿cómo médico, particularmente como residente, podía yo evitarlos? En realidad no… en los últimos años, si ven mis primeros posts en el blog, podrán ver que he estado sometido a tensiones, enojos, etc. ¿quién no?. Pero de todos modos, con o sin ellos, hay días que a mi amiga le gusta venir a visitarme.

La madrugada de hoy fue una de esas, la migraña decidió aparecer, inoportunamente despertarme y simplemente no dejarme seguir durmiendo, pero tampoco irse ni permitirme abrir siquiera los ojos. Tome mi dosis de Zoming (zolmitriptano) pero tardó un buen rato en empezar a hacer efecto, de hecho a penas logró hacer que pudiera soportar la luz del iPhone para enviar el mensaje de que no podría llegar a trabajar. Así fue que, aunque los pacientes no lo crean, un médico caía víctima de la enfermedad.

Al lograr recuperarme, tome el coche, aún con cefalalgía pero ya sin hipersensibilidad a la luz y manejé ahasta el I.S.S.S.T.E. (para mis amigos de otros países, en México la atención pública se divide en tres grandes rubros: I.M.S.S. es el servicio de Seguridad Social para trabajadores, el I.S.S.S.T.E. para los  trabajadores del Estado y aquellos que no tienen derecho a ninguno de estos, son atendidos directamente por la Secretaría de Salud (donde yo trabajo, generalmente con menores recursos económicos, como ya he hecho mención).

En fin, pude haber ido a las 13:00 que pude ponerme de pie sin molestias mayores (nunca fue un “descanso” esto de estar sin hacer nada con la luz apagada y sin ruidos), pero no tenía caso hacerlo, ya una vez me presenté y se habían acabado los turnos, y tendría que esperar a que el siguiente iniciara, así que salí a las 14:00 hrs. para tomar mi turno. Decidí ser uno más, nunca mencioné ser médico (a veces cometemos el error de dar preferencias a los colegas), hice las mismas colas que todos los demás usuarios, aún cuando algunos de enfermería me reconocieron. Quería vivir la experiencia de ser el paciente.

Pues bien, llegué a las 14:15, ya había 30 personas antes que yo, en una lista de 3 consultorios trabajando, así que tendría que esperar, eso ya lo sabía. Mientras oía protestar a algunos pacientes, pensaba para mis adentros que cuando entran, lo que quieren es que se les trate dignamente, con respeto, cariño y se les escuche, al menos así lo pregono y practico yo, la espera se hizo larga, y aunque no me sentía bien, procuraba concentrarme en ese hecho. Pasaron más de 3 horas, donde no hacía nada, no había como distraerme y el dolor de cabeza comenzaba a incrementarse nuevamente.

Identifiqué a la médico (o médica como algunas personas empiezan a poner) que me atendería, en realidad hacía una hora y media que no pasaba a nadie, todos los que deberíamos pasar a su consultorio seguíamos ahí, mientras que las personas asignadas a otros galenos continuaban pasando, ella estuvo un buen rato intercambiando risas y cotorreos con algunas personas en el pasillo. Todavía guardaba esperanzas de que al pasar al consultorio las cosas serían diferentes, que tal vez entre risas y chacoteos estaba interveniendo por un paciente, intercambiando información médica o yo que sé que pasaba, no la juzgaría.

Llego mi turno 4 horas después, entre al consultorio, donde había música tropical de fondo, jamás se me volteó a ver, extendió mi mano como esperando que le diera algo, o sí, los signos vitales que me habían tomado previamente, me arrebató el papel en cuanto se lo extendí y siguió sin verme, no volteo jamás a verme a los ojos… a los pocos segundos tras escribir en el expediente me preguntó si sufría de alguna enfermedad importante o tenía algún antencedente de importancia. A esto siguió mi comentario sobre mi operación de corazón por Tetralogía de Fallot a los 4 años y la posterior implantación de un marcapaso a los 14, de ahí en fuera, sano….

- ¡No, no! ¡Que si tiene Diabetes o Hipertensión!.

- O perdone, conteste, no, no tengo

- ¿Qué quiere?

- ¿Perdón?

- Por algo vino, ¿no?

- Mire, sufro de migraña, tomo topiramato para evitar las crisis, pero hace ya unos meses lo suspendí, al haber cedido las crisis, tal y como me lo indicó el Nuerólogo, pero hoy en la madrugada me despertó el dolor, tuve episodios de nauseas sin llegar al vómito, me molestaba la luz (no quería utilizar ninguna frase que pudiera hacer sospechar mi relación con la Medicina) y aunque tome el Zoming no se me quitó por completo el dolor, actualmente me duele, ya no tan intenso, pero sigo con dolor de cabeza.

- ¿Le duele? – Mientras lanza esta pregunta en tono sarcástico, pone una cara de extrañeza, como si estuviese mintiendo, parece que en la Escuela de Medicina le dijeron que si un paciente no está en el piso retorciéndose del dolor, no tiene dolor. Tras esto continuó. – Entonces lo que quiere es que le de más medicamento – Todo en un tono de afirmación.

- Si es lo que considera más apropiado, que así sea Doctora, además de que el día de hoy no pude ir a trabajar por el trabajo, no sé si será (jamás exigí) posible que se me extienda una incapacidad por el día de hoy.

- Pues si no fue en la mañana, tuvo que venir en la mañana.

- Doctora, tuve migraña, me dolía la cabeza, la luz me molestaba y no podía salir, por tal motivo vengo hoy, pero más tarde, se que no pueden generar incapacidades en días posteriores al problema, pero no me habían informado que tenía que venir en el momento en que tengo el problema. – Para mis adentros pensaba, ¡como si yo hubiese escogido el enfermarme! Llegué a pensar inclusive en decirle lo decepcionado que estaba de su labor, de colega a colega, pero preferí salir antes de enca… de molestarme más.

Tomo el recetario mientras y extendió la receta mientras marcaba su celular y se ponía a platicar con alguien más, nuevamente a mucha risa y carcajada. La música tropical continuaba emanando de las bocinas de su computadora. Extendió la receta, la nota de incapacidad, me aventó una pluma para que la firmara y me dijo: Cuando salga llame al paciente Perenganito de Tal…

Jamás me volteo a ver, dudo que si me ve en la calle sepa quien soy, yo si reconoceré sus uñas con exceso de diamantina. Así terminó mi visita a un servicio de salud. Cuando esto sucedió me puse a analizar que tengo razón al insistir en querer hacer que los médicos atendamos con mayor calidad a los pacientes, que les demos el tiempo de expresarse, que establezcamos contacto visual y que al menos estrechemos sus manos. En su mayoría están enfermos y su enfermedad los angustia, sentidas o no, para ellos son un problema real y en ocasiones una urgencia, aunque no lo sea así. En verdad, no saben lo mal que se siente ser tratado como si se fuera criminal.

No juzgo a la doctora, en ocasiones me he quejado de las condiciones en las que trabajamos, etc. Pero creo que ella también debe de entender que el enfermo, no es culpa de él y en realidad, si ahora estaba presionada por el tiempo que tenía para atender el cerro de expedientes que tenía en su escritorio (siempre me quejaré de lo inhumano que es para el paciente y para el médico), debió preveerlo antes de estar una hora tomando su café y dialogando amenamente en el pasillo con otros miembros del personal, pues si bien es un exceso de pacientes el que se le asignan, uno también debe darles prioridad.

Por otro lado, me hizo viajar a mi práctica personal, muchas veces salgo a la sala de espera y aunque nunca se han quejado oficialmente, los pacientes te ven con cara de que apures tu consulta, en mi caso las cosas son diferentes, trabajo bajo cita, el paciente tiene una hora a la cual debe de llegar y sabe que estará al menos 2.5 horas con nosotros, tiempo que será dinámico, no estará sentado sin hacer nada, en ese tiempo se le tomarán los signos vitales, será valorado por Enfermería, Nutrición y Medicina. Cada consulta llevará al menos 30 minutos y en caso de Psicología 45 minutos, en ocasiones las mismas pueden extenderse si él o ella requieren más tiempo para oirlos o para explicarles algo, desde que llegan se los comento, todos están de acuerdo y nunca ha habido un problema, pero sí de vez en cuando quejas de “el laaargo tiempo que tienen que esparar”.

Pues bien, es cierto, tardé exactamente el mismo tiempo que ellos, pero recibí menos de la tercera parte del tiempo de atención médica que ellos reciben, sin tomar en cuenta, que en realidad no esperan, están en constante atención, a o más, si las cosas se atrasan con alguien más, tendrán que esperar, por mucho, 30 minutos en total. Es aquí que coincido con Amalia Arce (@lamamapediatra) en su artículo titulado “Humanismo Bidireccional“, así como al principio insisto en lo mal que el paciente se puede sentir por no ser atendido con respeto, creo que los pacientes, en muchas ocasiones deben ser un poco más analíticos a la hora de juzgar a los médicos que los atienden.

Para acabar de subrayar esto, hoy (incrementando mi cefalalgia) tuve una discusión con el personal de la Tarjeta de Crédito, donde no me piden grandes datos para cargarme un seguro, simplemente un sí, que quedará grabado, pero en cambio, para cancelar el servicio, “por mi seguridad” (no vaya a quejarme de que ya no me cobran), tengo que cumplir con una serie de requisitos, contestar una serie de preguntas, y no molestarme porque se me este queriendo ver la cara, o en otras palabras, robando, al cobrar un seguro “antirobo” (¿paradójico no?) Sin lugar a dudas el mismo individuo que me atendió y me trató con la punta del pie, llegará a un servicio médico queriendo ser atendido en ipso facto, y tendrá razón, pero también debería aplicar esa urgencia a la inversa… ¿o no?

Insatisfacción y cansancio laboral ¿una constante en el médico?

Una constante en las Facultades y Escuelas de Medicina, es el continuo preguntar de todos los profesores al alumnado ¿por qué escogieron Medicina? Y casi tan reiteradas veces como se pregunte se oyen las mismas respuestas, rara vez oímos un motivo económico, casi todos son por el interés de ayudar al prójimo y las ganas de conocer más sobre nuestro cuerpo y su funcionamiento, normalmente en este orden.

Pues bien,  podría desglosar ambas respuestas en un sin fin de ejemplos en donde esto queda en el olvido a lo largo de nuestra práctica como profesionistas, pero empezaré con lo que nunca se menciona mejor. Es cierto, casi nunca se oye en las aulas el que alguien diga que estudio Medicina por intereses económicos, mucho menos que se mencione el concepto del status social que da la profesión, pero es una realidad que dichos factores juegan un papel importante, inclusive en aquellos que tienen la visión más apostólica, buscan inconscientemente tener al menos agradecimiento de la gente y para ser francos, resulta romántico pensar así, yo así lo hacía, pero te das cuenta de que va mucho más allá de eso (y no por ello dejo de considerar una sonrisa como la mejor de las recompensas).

Me ha costado mucho trabajo realizar este autoanálisis, porque en verdad creo en el trato humanitario de la carrera, pero recientemente he pasado por instantes de desánimo, inclusive por qué no decirlo, depresión y con ello ha venido la autocrítica, es necesario un viaje al interior de uno mismo para darse cuenta de donde surge dicho sentimiento, ya mencionaba yo en algun otro artículo el Síndrome de  Burn-Out (una repasada rápida del síndrome en Wikipedia).

Pues bien, es cierto, como seres humanos (hablo en plural, pero es mi apreciación personal), somos criaturas que requieren del reconocimiento, aunque sea mínimo para poder continuar, no creo la verdad en aquellos que no les importa si los demás los aprecian o no, si acaso puedo decirlo por experiencia propia, cambiamos la perspectiva, hacemos que no sea el aprecio sino la crítica lo que se convierta en nuestro motor, pero en definitiva, cuando no existe ni uno ni el otro, estamos en problemas. Y es que el “desprecio” en cierta forma es sinónimo de que le importamos a alguien, ya sea por envidia o por algún otro motivo, pero la apatía hacia nuestra persona parece traducirse en que nosotros no representamos nada, que nuestra presencia o ausencia son equiparables. Así que en conclusión, como hombres y mujeres que somos los médicos, actuamos siempre guiados por lo que la sociedad nos dicta o al menos así pensamos que lo hace.

No, esto no quiere decir que seamos seres controlados por la sociedad, afortunadamente en nuestro país y en la mayoría del mundo, uno elige a voluntad su profesión (eso sí, si tiene la fortuna de aspirar a ello), pero al hacerlo, dentro de aquello que llamamos vocación, la sociedad tiene un tajo importante, nuestra vocación se dicta en primer lugar por los gustos propios, por la forma en que fuimos educados y en conjunto nos llevan al reflejo de como nos queremos ver en un futuro, siempre queda claro que felices, pero ¿qué nos lleva a ser felices? Pues bien, en mi caso particular, yo me veía vestido de blanco o al menos con una bata blanca (hoy no soy tan partidario de ellas, pero eso lo analizaremos después), ¿haciendo qué? Pues principalmente curando GENTE, sí con mayúsculas pues ahí esta la sociedad, ayudando a las PERSONAS, investigando para conocer curas y estrategias para las enfermedades que afectan a los miembros de esta COMUNIDAD. Pero no solo me veía así, sino que esa GENTE-SOCIEDAD al ser ayudados, me lo agradecían y me reconocían mi esfuerzo o aquello que yo hubiese hecho por ellos, así que en sí, mi vocación me llevaba a ser médico, pues consideraba que de esta forma ayudaría a la gente y a su vez esto me generaría satisfacción per se y también por el agradecimiento de los demás.

Si algo adoro en mi profesión, aunque suene contradictorio con lo anterior, es que lo que más vale no es el dinero que te paguen por una consulta, sino el agradecimiento de un paciente, su sonrisa o que te haga sentir apreciado, no importa si no hay algo material, logran transmitirlo y eso vale más que mil costales de oro. Cuando una paciente llega y te regala una bolsa de plático llena de pastillas de dulce y un kiwi te sientes el hombre más rico del mundo. Si una mañana llegas a tu consultorio y al entrar tu paciente te da una sábana que ella misma bordó con retazos de telas con huellas de perritos, no importa que no sea de algodón egipcio de 600 hilos. La sonrisa de un paciente cuando le hablas, el abrazo que te da cuando te despides y que un hombre de más de 60 años, alto, duro, te diga que eres su ángel, no, no me suena a una insinuación, me hizo sentir grande. Que una paciente llegue de la nada y te plante un beso en la mejilla y te de las gracias, vale más que cualquier diamante. Pero todo esto fue para demostrar, que aunque yo dijera que estudiaba Medicina por el puro placer de ayudar y porque me gustaba la biología, las química y que me intrigaba el funcionamiento del cuerpo humano, lo cierto es que también me interesa el ser valorado.

Por mí con eso bastaba para levantarme cada día e ir a trabajar, pero resulta difícil llegar a un lugar, que como menciona el Dr. Piquero en su artículo ¿Es satisfactorio el trabajo hospitalario? en BitacoraMedica.com, en donde no son las pacientes ni la Medicina la que acaba con el entusiasmo del médico, sino las carencias para trabajar, ver las condiciones paupérrimas en que tenemos que desenvolvernos para poder sacar a un enfermo adelante, aun así eso no importaría sino fuese porque cuando terminas con dicha labor, en ocasiones titánica (y no lo digo por mí, he visto a compañeros y profesores realizar verdaderas proezas sacando pacientes sin ningún recurso, inclusive poniendo los propios), llegan las autoridades, quienes tienen cientos de grandes proyectos en papel, metas por cumplir, programas por realizar, con presupuestos imaginarios que nunca llegan a las manos de los galenos o a los pacientes y minan tus acciones recriminandote situaciones, en ocasiones inexistentes o simplemente preguntándote por la productividad. Y es que como lo decía ya en un artículo anterior, el número de pacientes no es sinónimo de calidad en la atención, inclusive desde mi perspectiva, es un indicador de falta de calidad, ya que a mayor número de pacientes menor el tiempo que le dedicas a ellos, lo que deberían de establecer es el tiempo que un paciente está en el consultorio, si se le explica su enfermedad y si hay todos los recursos que se requieren para su atención, detalle que curiosamente en ocasiones repetidas he notado falta en los cuestionarios de satisfacción, donde frecuentemente se centran en los tiempos de espera, en la atención del médico y de la enfermera, pero poco en los insumos o en el mantenimiento de las instalaciones.

Así pues, que no son los pacientes, ni si quiera la carga de trabajo, resulta que lo que más mina el espíritu del médico, al menos a nivel institucional, para continuar trabajando son las autoridades y es que creo tienen mucho que aprender a grandes empresas que van repuntando en el mundo, como Google, en donde el trabajador es lo más importante por considerarlo el motor que mueve la empresa y buscan que se sienta orgulloso y satisfecho de trabajar en una institución como esa. Si quieren copiar otros modelos para la atención de los pacientes, dejarlos de llamar así para llamarlos clientes y “venderles un producto” llamado salud, entonces ¿por qué no copiar también todos los demás elementos? Estoy seguro que incrementarían las estadísticas de satisfacción del usuario e inclusive su famosa productividad.

Situación diferente se vive en el medio privado, en donde es cierto, no soy partidario de la mercantilización de la salud, como lo marcaba yo en otros artículos y en este mismo líneas atrás, pero también es verdad que como seres vivos requerimos de alimento y un techo y como seres humanos además nos hemos creado necesidades, tal vez no vitales, pero que ahora si hablan de una calidad de vida y no hablo de lujos, sino de requerimientos básicos, luz, agua, gas, gasolina para el vehículo o pagar el transporte, la educación de nuestros hijos y nuestra propia educación continua y en este mundo todo tiene un costo, hace mucho tiempo atrás era frecuente el intercambio de servicios, posteriormente o a la par existía el trueque, pero hoy por hoy lo único que nos mueve es el dinero, no conozco un régimen, ya sea de izquierda o capitalista, que no use una moneda para el pago de servicios.

Si un ingeniero tiene derecho a cobrarme por levantar mi casa, un jardinero por cuidar el jardín, un mecánico por arreglar mi coche ¿por qué es mal visto que un médico cobre por brindarte sus servicios? Somos capaces de gastar mucho dinero, a veces desmedido en situaciones que no interfieren en nuestra vida en forma directa, gadgets, entretemiento, comida especial, autos, ropa, etc. ¿Por qué no pagar la atención que te brinda un galeno? Y entre ellos, hay escalas, siempre será más fácil que un cirujano cobre más (aunque también será regateado o criticado por sus costos) a que un clínico que no realice procedimientos quirúrgicos lo haga, tal vez por lo tangible de la acción, pero no quiere decir que quien te auscultó, interrogó y extendió una receta (espero que también explicase la enfermedad y tratara con cordialidad), este haciendo algo sencillo y que no tenga valor, para poder hacer eso, mínimo estudio en la mayoría de los países un promedio de 6 años y si realizó una especialidad incrementó aproximadametne de 3 a 6 años más su preparación, inviritiendo tiempo y dinero. Pero ahí no terminó, un buen médico deberá continuar actualizandose y el costo de los cursos y revistas médicas es muy elevado, sin mencionar el material que se utiliza para ello, pero esto es poco valorado, lo más curioso, es que son, por lo general, quienes más tienen, los que más protestan los costos de una consulta médica o de un medicamento (asunto álgido que analizaremos a posteriori). Es frecuente escuchar que si mencionas que no dormiste bien porque atendiste a un paciente en la madrugada, te digan “pues para eso eres médico ¿no?” y es cierto, cuando ingrese a Medicina era de esos pocos “contras” que todos conocíamos de la carrera, pero hagamos un ejercicio de análisis, mi auto se avería a media noche y un paciente me habla para que vaya a verlo, para mí el vehículo se ha convertido en una herramienta de trabajo, así que tendría derecho de hablarle al mecánico a media noche, que para eso es mecánico, a que solucione mi problema, porque sino no podré atender al enfermo que para eso soy médico, pues pocos son los servicios que conozco de atención vehícular las 24 horas (y eso porque creo haber oído que hay) y suelen ser muy caros, porque cobran el plus de las 24 horas.

Es aquí entonces donde también juega la parte económica, aunque no lo queramos ver o aceptar, el médico también quiere y necesita ser recompensado por sus esfuerzos y su preparación, por los sacrificios que hizo y que hará. Pero las insituciones públicas pagan mal al profesionista de la salud (no solamente al médico), reconoce poco y exige mucho y ¿al exteriror? No es valorado como un profesionista que presta un servicio, sino criticado como un mercader de la salud, se da por hecho que por tener un título es su obligación hacer muchas cosas y no percibir salario por ello y entonces vienen los problemas, el médico entra en decepción de su carrera, se deprime y en ocasiones aprende ahora sí a “vender salud”, prestando un servicio déspota y una mala calidad en la atención, disminuye  su rendimiento en el trabajo institucional, si es cirujano aprende a cobrar por adelantado en una cirugía programada (como lo hacen los ingenieros, arquitectos, mecánicos, obreros), pero si es clínico todavía tendrá que arriesgarse a que se le pague al final de la consulta o de la hospitalización.

No, la verdad es que yo sigo creyendo en mi sueño de cristal, a pesar que ya me he llevado varios topes, a pesar de que me quejo amargamente que mis autoridades no hacen nada por el paciente y mucho menos por el médico, que me cansé de que se me vea como un robot que produce números provenientes de la ecuación de consulta/día y que en la consulta privada se me regatee mi trabajo, ¡hay días como hoy en que una paciente llega con un Kiwi y me levanta el ánimo!