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A más hambre, más obesidad. Cuando la política juega un papel en la salud.

Maravilloso resumen/comentario del Dr. Ricardo Ferreiro el que me encontré hoy en Intramed “Hambre y diferencias socioeconómicas en las enfermedades crónicas“. Toca un tema que por lo que vivimos en países “en desarrollo” es por demás conocido, el hambre y su papel en las enfermedades crónicas. En su artículo el Dr. Ferreiro analiza muy a su manera el artículo publicado en Julio por la revista New England Journal of Medicine al respecto.

Paradójico nos resulta que en México tengamos el nada honroso 2º lugar en obesidad para los adultos y el 1er lugar en obesidad infantil y que a su vez nuestros pacientes no puedan llevar una dieta adecuada porque no les alcanza el dinero que traen en su billetera, si es que lo traen. Me toca ver como el nutriólogo de la unidad donde trabajo batalla diseñando menús que se adapten a la economía de las familias, porque resulta demasiado caro comer bien, que no es lo mismo que comer abundante.

Es cierto, alguna vez oí a alguien que no es médico decir algo que tiene razón, en gran parte la el problema de nutrición en nuestro país (y en el resto de los países del 3er mundo y en “transición”) tiene un orígen en la educación, tema ya muy tocado por mí en otros blogs y en este mismo, si los gobiernos focalizran sus inversiones en salud y educación otro gallo cantaría, pero ese es harina de otro costal. Si pudieramos dejar atrás la situación de la educación y nos focalizaramos en los costos de los alimentos, podríamos desglosar como lo hace magistralmente el Dr. Ferreiro, que nos resulta más barato adquirir peso a peso o dólar a dólar, mayor cantidad de calorías en productos con bajo grado nutritivo que en un kilogramo de verduras variadas.

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Por $10.00 pesos en México podemos adquirir una barra de chocolate, una bolsa de frituras, un refresco con al menos 640 Kcal, sino es que encontramos una ganga y por una promoción especial, agregando solo $2.00 más, podremos adquirir dos de los productos ya mencionados, así que de un sentón y por $12.00 no hemos zambullido 1280 Kcal, es decir los requerimientos calóricos DIARIOS de una buena parte de la población. ¿Pero si vamos al mercado con esos mismos $10.00 podríamos hacer una dieta bien balanceada?

He de confesar que pocas veces había hecho el análisis previo, es cierto, nuestros pacientes pueden dejar de comprar el refresco de cola de su elección y con ello comprar un Kg de manzanas, aún así no suplirá toda gama de nutrientes que requiere, además de qué, su adquisición es más complicada que la de las papas fritas que encuentra en cualquier esquina, que no requieren ser lavadas y que puede consumir fácilmente mientras camina o en el corto tiempo que tiene en su trabajo para descansar.

Así pues, que tal vez una parte de la solución si está en la propuesta por el gobierno, retirar los alimentos con bajo grado nutricional, popularmente conocidos como chatarra, pero buscando disminuir los costos también de los productos saludables y aquí entramos a un juego político muy interesante, sin duda alguna se vería afectado un sector, aquél de “los intermediarios”. Sabemos de sobra que el agricultor generalmente es el menos favorecido de la cadena económica, con una paga injusta por su producto, la cual se ve inflada exponencialmente hasta llegar al comprador final, curiosamente, esto afecta al mismo campesino, que tendrá que comprar otros productos distintos a los que produce, tras haber sufrido dicha inflación.

La situación es complicada, ya que los productores de productos “chatarra” tienen un alto poder de convencimiento llamado inversiones y los gobiernos la pensarán dos veces antes de echarse la soga al cuello, pero en definitiva, una solución para el problema económico y de salud estaría en aumentar los aranceles a este tipo de productos (algunos incluídos en la canasta “básica), aquel que quiera consumirlos que le cueste y por otro lado, disminuir los costos de los alimentos nutricionalmente más apropiados.

En México al menos, habría que revisar la canasta “básica”, que no incluye ni frutras, ni verduras, ni una gran cantidad de alimentos de origen animal, pero si incluye tabaco, productos enlatados, pasteles y pastelillos, reproductores de video, cerveza, refrescos envasados y otros productos no tan “básicos”. (Fuente magazinemx.com)

¿Es imposible llevar una buena dieta? Me atrevo a decir que no, yo mismo me excusaba y me encuentro escudándome aún en muchas ocasiones, en el tiempo que requiere la elaboración de una alimentación balanceada y nutritiva. Lo cierto es que cuando me lo he propuesto me ha resultado factible e inclusive sencillo llevarlo a cabo; pero es verdad también, mi bolsillo se ha visto mermado aún más que cuando establezco mi dieta en un rápido cruzar la calle y entrar al expendio frente al trabajo y comprar lo primero que encuentro, generalmente elaborado a base de carbohidratos provenientes de azúcares simples, que me dan la sensación de energía en una forma más rápida, aunque no más durarera. (Y se supone que tengo un nivel socio-cultural-económico más elevado que mis pacientes, no por ello puedo considerarme rico).

Es aquí, donde nuevamente entra la educación, hay dos sectores a analizar, situación que creo no se ha analizado en los artículos mencionados, por un lado esta el sector en el que es cierto, el factor económico juega un papel importante para la adquisición de la dieta, por otro lado, está el sector económicamente más favorecido, en dónde a pesar de contar con el poder adquisitivo suficiente para llevar una dieta apropiada, utiliza diversas barreras para justificar el no llevarla a cabo, tales barreras son el tiempo, la dificultad de elaboración o inclusive la misma economía, basta darse nuevamente una vuelta al párrafo anterior.

Esto, por su puesto, se ve reflejado en la aparición de la Obesidad y el Sobrepeso y por ende de enfermedades como la Diabetes Mellitus, la Hipertensión Arterial, las Dislipidemias, etc. que a la larga representan problemas de salud más graves, con consecuencias muchas veces faltales y desde el punto de vista económicas, sin lugar a dudas más caras que una modificación en los costos de los alimentos.

No estamos preparados para ser un país viejo

“Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”

Hoy (cuando inicio esta nota, sé cuando empiezo, no sé cuando la voy a terminar) sale publicado en el British Medical Journal (BMJ) un artículo que comenta que en el Reino Unido, la población más vieja entre los ancianos se ha duplicado, es decir aquellos mayores de 85 años, en tan solo 25 años. Este fenómeno que ocurre en Europa, ya está más que demostrado sucederá en América Latina en los años venideros. A la experiencia vivida por el viejo continente, nosotros debimos haber tomado medidas con mayor antelación, pero parece que si algo caracteríza a la población latina (se que no es bueno generalizar, así que pido disculpas) es que caemos en la procrastinación y en el tema hemos caído en general en la apatía de ver como nuestra sociedad se envejece, en parte debido a los cambios demográficos ocasionados por el control de la natalidad y por otra parte, los avances de la Medicina que ha logrado hacer que en generar la gente viva más tiempo, ¿pero en realidad vivirá mejor?

Interesante estudio nos muestra Collerton y cols en la misma revista en Diciembre del 2009, en él buscan describir las enfermedades más frecuentes en un un grupo de personas de 85 años y más arrojando un dato curioso, la autopercepción de la salud y la conservación de la funcionalidad no están forzosamente relacionadas con el estado de salud y daño. Así que fisiológicamente no forzosamente la Medicina ha logrado mejorar la salud del adulto mayor, pero aquí agrego yo mi propia perspectiva, creo que no es lo primordial en esta edad, me explico con detenimiento:

La percepción de salud en los ancianos gira en su mayoría entorno al mantenimiento de las funciones básicas e instrumentadas que les permiten mantenerse autónomos, por otro lado a la capacidad económica para disfrutar de su autonomía, que la jubilación sea verdaderamente un “júbilo” y no una catástrofe y también el hecho de estar integrados a la sociedad, estoy seguro que si valoraran en Newcastle a quienes viven integrados a la sociedad y los compararan personas solitarias habría una diferencia en dicha percepción, todo basado en algo que en el anciano varía en su sintomatología, la depresión. En los países latinos aun perdura el sentido de la familia, así que es muy probable que juegue un papel importante para la auto-valoración de la calidad de vida, el hecho de continuar en contacto con los hijos, los nietos, etc., aunque se viva en un asilo, obvio habrá que evaluar también las condiciones del mismo.

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Así pues, son muchos los factores que intervienen en el término “calidad de vida”, no solo la ausencia de enfermedad física, de hecho lo que el estudio de Collerton y cols pareciera demostrar es que al final de cuentas, la enfermedad es lo que menos merma la autopercepción de bienestar en el anciano. Entonces, ¿qué estamos haciendo en México para trabajar en mejorar dichas cirucunstancias?

Aquí está el problema y es que existen pocos proyectos para el envejecimiento de nuestro país, ya las grandes instituciones de salud y asitencia social se han encontrado con problemas ante el aumento “repentino” de pensionados, pero aún no veo que ningún candidato, ya sea a gobiernos municipales, estatales o nacionales genere verdaderos programas para el anciano. Muchos recordarán tal vez a cierto personaje político que se preocupaba por los viejitos del Distrito Federal, evitaré su nombre, pues no quiero caer en un hecho meramente político, mi crítica gira más bien en torno a que dar una “pensión” por así llamarla, sin preocuparse del problema de fondo, más pareciera una herramienta política (aprovechando que bien saben que la población de más de 60 años se incrementa en nuestro país a pasos agigantados), que un hecho guíado en búsqueda de una solución.

Siempre he creído y lo sostengo, que países como España, tienen un sistema de salud y seguridad social mejor planeado para el adulto mayor, tal vez con defectos y huecos importantes y que a la distancia nos resulta más difícil identificar, pero que definitivamente está funcionando mucho mejor que lo que tenemos en nuestro país y en la mayoría de América Latina.

¿Qué nos hace falta? Pues bien, no hay una buena planificación, al menos no en acción de que hacer con los ancianos en diversos casos, cito ejemplos al azar.

Los hospitales cada vez se llenan más de adultos mayores, quienes generalmente requerirán más tiempo de hospitalización, situación que hace que el sobrecupo hospitalario empiece a ser un problema, en particular en los hospitales públicos y de las insituciones se seguridad social, ahí un primer detalle, no se ha planificado en los hospitales el incremento de camas o al menos de áreas específicas para el paciente viejo (a mí parecer no encuentro despectivo este término, todo depende de como se diga). Estos ancianos hosptializados tienen a complicarse aún más estando institucionalizdos, ¿por qué motivo? En general el personal, tanto médico, como de enfermería, auxiliares, cocina e incluso intendencia, no están capacitados para tratar con ellos, fácilmente se sucitan casos de úlceras de presión secundario a que no se moviliza al paciente con la frecuencia necesaria, al roce de las sábanas cuandose cambia la ropa de cama, etc. No se contempla el hecho de que si bien un paciente joven puede desorientarse estando hospitalizado, un adulto mayor fácilmente puede caer en síndrome confusional e inclusive delirum con unas cuantas horas de hospitalización. Los médicos, inclusive los internistas (a quienes la carga de trabajo por el cambio demográfico los ha obligado a ver más ancianos), se ovlidan del cálculo adecuado de líquidos, además de practicar una medicina sumamente invasiva en los pacientes y debemos recordar que cuanto más se “amarre” a un paciente a sondas, catéteres e inclusive sugeciones “gentiles” a las camas, mayor será el grado de desorientación que sufrirá. Una de las opciones que existirían para disminuir el riesgo a estos problemas sería contar con salas de día en los nosocomios, pero ni si quiera los que actualmente se están construyendo cuentan con estos espacios, al menos no en su inmensa mayoría. Podría continuar, pero no es el objetivo, estos son solo algunos ejemplos de lo que a nivel hospitalario hace falta.

Pero, ¿qué hay con la vida fuera de los hospitales? En México, al menos, contamos con muy pocos asilos y de ellos, en general, las condiciones son deprimentes, a ello hay que agregar que son todavía más extraños aquellos asilos en dónde uno pueda llevar pacientes con demencias o con alguna necesidad especial de atención. Los costos de los asilos privados son muy elevados, lo mismo que el de las cuidadoras a domicilio. En Europa existen programas de servicio social donde el gobierno provee a los ancianos de gente que se encargará de cuidarlos, en algunos casos las 24 horas, en otros solo como personas de compañía que les ayudarán en algunas tareas de la casa, la cocina o el baño, pero que les respetan su individualidad, ¿no sería mejor esto que $820.00 al mes?  Hay en algunos municipios (entre ellos en el que vivo) que cuentan con centros gerontológicos en donde acuden los pacientes con mayores capacidades funcionales a convivir y realizar actividades recreativas; es cierto, existen pero en número mucho menores a los que se requieren, el sobrecupo es inminente y es triste pero cierto, las listas de espera están como aves de rapiña, no creo que necesite explicar más.

Acciones que incentiven a los ancianos, que los hagan sentir útiles, incluidos en su sociedad, grupos de consejería por ejemplo o que los adultos mayores participen en obras benéficas para otros miembros de la sociedad, recibiendo a su vez de este modo un benefício, la sensación de importancia y la actividad, que como bien dice el estudio mencionado previemante, son fundamentales para el bien-estar del paciente.

En ocasiones como médicos, tristemente, olvidamos que la definción de salud no se limita al bienestar físico, sino también al psicológico y al social, concentrándonos en la curación de enfermedades y no en la reinserción de los pacientes a su entorno, a la readaptación y recuperación de la funcionalidad e independencia.

Por otro lado, no hay normas o leyes que regulen en sentido extricto las responsabilidades de la familia para con los adultos mayores. Esto puede ser un verdadero conflicto ético, ya que en ocasiones no podemos borrar el pasado, es decir, ¿cómo obligar a un hijo u otro familiar a que se haga responsable de su viejo, si este en el pasado no lo hizo o inclusive le “fastidio la vida”? Creo que esto resultaría legalmente imposible o sino, por lo menos, muy complicado.

Pero también es lamentable el fenómeno bien conocido en los hospitales públicos, en que cercanos a los puentes o fechas clave como Navidad, vacaciones de Semana Santa, Fiestas Patrias, etc., los servicios de urgencias se llenan de ancianos, quienes son llevados por sus hijos por dolencias, tal vez exitentes, tal vez ficticias, para ser abandonados en dicho lugar, hasta que pasa el asueto y vuelven por ellos. Una forma de solucionarlo sería implentar las casas de descanso del cuidador, tal y como existen en países europeos, donde en algunas auspiciadas por los gobiernos (cierto número de días al año y en fechas programadas), en otras por una cuota especial (variando de institución a institución) el familiar o cuidador, lleva al paciente, lo deja por un período para que ellos puedan irse de vacaciones o simplemente en sus casas, pero pasar por un tiempo de “desintoxicación”. ¿Qué sucede? En Aguascalientes, donde resido hay un centro cuya función inicial empezó a ser ese, pero acabó convirtiendose en una especie de asilo, centro de hospitalización y un lugar donde los ancianos eran olvidados por sus familiares, en ocasiones el mismo gobierno la utilizado para internar ancianos en condiciones especiales (recuerdo una maestra viejita que estaba ahí para “protección” en contra de sus hijos quienes vivían un pleito legal ¡por la herencia!).

En fin, creo que América Latina y al menos puedo asegurar en México, aún falta mucho por hacer en materia del envejecimiento, un tema que sin duda alguna debería ocupar la agenda de los políticos, junto con la educación, la ciencia y la salud. Créanme, creo que todas van de la mano, más adelánte les desarrollaré mi teoría, pero mientras esto no suceda y las prioridades sean el enriquecimiento personal y el beneficio de unos cuantos, seguiremos teniendo grandes deficiencias en los programas que implican un impacto directo a la economía y desarrollo del país, sí, aunque no lo crean los ancianos influyen y lo harán aún más, en el PIB de un país.