Guía Cínica para el manejo de la depresión
De: Gerhard Heince Martin y Pedro V. Camacho Segura.
Editadas por el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”
Guía Cínica para el manejo de la depresión
De: Gerhard Heince Martin y Pedro V. Camacho Segura.
Editadas por el Instituto Nacional de Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz”
Este artículo es la segunda parte de la entrega Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida
Todos tenemos que sobrevivir, y así como el tendero tratará de vendernos sus conservas, la industria farmacológica buscará por todos los medios hacer lo propio. La investigación cuesta y mucho, miles de millones de dólares son invertidos antes de que un medicamento salga a la luz y si el laboratorio es serio, puede que al final, tras una gran suma de dinero esto ni siquiera suceda al comprobarse algún efecto colateral grave. Es por ello que invertirán otra buena suma a hacer que su producto se venda, por un lado crearán en el usuario (no siempre enfermo) la necesidad del producto, y en el médico tratarán de convencerlo de que es la panacea. Creo que hasta aquí, por muy encontra que estemos de dicha práctica, todo parece ser normal, un juego de supervivencia donde, en este momento, el laboratorio ha dejado su moneda en el aire, apostando por supuesto a que caerá la venta, pero pareciese que este juego no es tan azaroso y hay otros factores que cargan la moneda, ¿cuáles son?
Mencionaba yo a los tiempos de consulta, en definitiva, cada vez más breves, ya sea en una institución pública como inclusive en los consultorios privados (o libres como diría el Dr. Miguel Ángel Palacio). En las instituciones públicas, ya he discutido mucho al respecto, se considera de mayor calidad un menor tiempo de espera, aunque ello se refleje en un menor tiempo de antención. En la consulta privada pareciera reinar el mismo espíritu, a consecuencia del trajín diario de la vida, donde cada vez son más las actividades y menos los tiempos. Esto lleva como consecuencia que el galeno tenga poco espacio para valorar a su paciente, pero sobre todo para oirlo, comprender su problemática, y después ofertarle una solución, que no siempre tiene que llevar la prescripción de un fármaco, bien puede ser únicamente una palabra de aliento o inclusive un afectuoso “jalón de orejas”.
Hablaba también de la presión del paciente, aquí viene en parte el juego de la mercadotécnia de la industria, quienes provocan por lo general, la necesidad en el individuo de tal o cual medicamento. No es extraño en mi consulta diaria que los pacientes me pregunten si pueden utilizar tal o cual fármaco que anuncian en la televisión, muchas veces son productos que se ofertan como la solución mágica a muchos problemas de salud, que ni siquiera gozan del “beneficio” de un fármaco bien estudiado. En muchísimas más ocasiones, preguntan por las vitaminas, como si estas fueran innocuas y el remedio mágico para su cansancio, la falta de apetito o el problema común de todos los padecimientos. (Se que existen transtornos secudarios a avitaminosis, pero si siempre la solución estuviera en tomar vitaminas, no sé para qué diantres estudié 6.5 años de Medicina y luego hice una especialidad). En fin, los merolicos han incursionado ahora a la televisión.
Aquí vienen dos factores, la ignorancia y el lucro. El paciente ya viene encausado, con intención de recibir un medicamento, a veces inclusive ya tienen en mente el fármaco que quieren, como si se tratara de un platillo en un restaurant. Si el médico no está bien fundamentado, conoce bien el padecimiento o se dió el tiempo de estudiar conocer a su paciente, corre el riesgo, ya sea de caer en el juego y actuar únicamente como un “expendedor de recetas a la carta” o por falta de fundamentos clínicos y farmacológicos, caerá víctima de la publicidad de los laboratorios, recetando lo que su representante le dijo era lo mejor, el que le dió el regalo más vistoso o el medicamento que aparece escrito en la pluma con que elabora la receta. En definitiva, podrá estar actuando de buena fe, pero eso no le quita lo irresponsable, un médico tiene en primer lugar que valorar bien a su paciente, por otro lado mantenerse en continua actualización y en caso de que el padecimiento no sea de su dominio, referir a quien así lo haga y no por ocultarlo, prescribir por prescribir.
El fin de lucro es aún más triste, y se resume en el hecho de darle “al cliente lo que pida” con tal de que vuelva a regresar, esto a costa inclusive de la salud del individuo, bajo la premisa “si no se los doy yo, van a la farmacia y se lo surten o bien otro doctor se lo dará”. Tal vez sea verdad, pero como médicos, reitero, debemos velar por el bienestar del paciente, y muchas veces, simplemente con hablar y explicar, logramos que los pacientes entiendan que ese no es el tratamiento o que su padecimiento no requiere de un fármaco, inclusive, como decía inicialmente, que su síntoma no corresponde a una enfermedad sino a un hecho cotidiano de la vida.
Hablaba al inicio de la “tristeza” o depresión, y es que se tiene actualmente un abuso de los antidepresivos, en esencia, el origen es el mismo, la falta de tiempo o paciencia por parte del médico para oir y luego para explicar, hemos caído en el juego del “Prozac” y todas sus nuevas variantes (Escitalopram incluído). Otro campo que ha caído en el abuso, es el hecho de la vanidad, los médicos encuentran en ella una gallina que pone huevos de oro y los pacientes, como ya lo he comentado, prefieren invertir en ella que situaciones que realmente afectan su salud, es un fenómeno de todos los días, pero no por ello voy encontra de que existan tales tratamientos, pues reitero, puede que algunos de los casos lo ameriten, cuando ya implican un problema real para la esfera psicológica o social de paciente, aunque no forzosamente la física.
Así que en conclusión, no hay pastillas para soportar la vida, pero sí hay médicos que escuchan a sus pacientes y los ayudan a salir adelante. Espero que cada vez prescribamos más abrazos y “sopitas de pollo” que fármacos innecesarios.
En su número más reciente JAMA publica un estudio donde aparentemente el Escitalopram es eficaz para el control de los bochornos en la menopausia. No me atrevo a debatir el artículo en sí, puesto que no lo tengo a la mano y en este momento no tengo acceso a su versión on-line, prometo que al conseguirlo, agregaré en una nota al pie de esta entrada, un comentario al respecto.
En realidad es que mi análisis en este momento, va dirigida no a la publicación médica en sí, sino a la columna que se generó en torno a ella en el diario Público.es. Comparto, he de aclarar, el hecho de que en la práctica actual de la Medicina, los médicos estamos sobremedicando (no puedo excluírme, tanto porque sería vanagloriarme, como porque he caído en la práctica). Tendemos a quererlo solucionar todo, inclusive, como menciona la autora, los hechos cotidianos de la vida.
Así es, creo que hay cosas que no necesitan un fármaco, algunos son los casos que citan en la columna (calvicie, “tristeza”, menopausa, transtornos de la erección), pero creo que hay que ser un poco más cuidadosos al respecto y no irnos tan superfluos, es ahí donde creo que el artículo de Ainhoa Iriberri, si bien comparte mis ideas, podría tener, creo algunos puntos flojos, creo que le faltó algo, tal vez, al final de mi análisis logremos encontrarlo.
Empecemos, y para ello me iré directamente al tema que originó ambos artículos, ¿es la menopausia una enfermedad? En definitiva, no. Es un hecho que toda mujer pasará por un ciclo en su vida, en donde al final, se encuentra la menopausia, así que entonces, esta es una situación normal de la vida en todo ser humano del sexo femenino; poco menos estudiada está la andropausia, y probablemente el auge más grande se dió en otro caso mencionado por Iriberri, los transtornos de erección e inclusive otro de ellos, la calvicie.
Viene aquí mi reflexión, por no ser una enfermedad ¿debemos dejar que las mujeres sufran los síntomas de la menopausia? Reitero mi postura contra la medicación innecesaria, pero no por ello mi respuesta puede ser un tajante NO, creo que la necesidad o no de la terapia farmacológica en la paciente, dependerá más que nada de la intensidad de los síntomas, recordemos que salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino un completo bienestar en el aspecto físico, mental y social del individuo (OMS). Por lo tanto, si los síntomas están afectándo una o más de estas esferas y requieren una intervención, creo que es deber del médico ofertar el tratamiento más apropiado, sea cual fuere, un antidepresivo, reemplazo hormonal, ambos u otro totalmente diferente, valorando por su puesto el costo-beneficio, tomando por costo, no solo la parte económica, sino las complicaciones que la intervención pudiese tener.
Creo que el tema del problema de erección, si bien es muy similar, tiene connotaciones también mercadológicas, donde los laboratorios farmacéuticos han intervenido de sobremanera. Los transtornos de la erección, antes que nada deben valorarse a profundidad, la solución no únicamente (y no siempre) están en dar una pastilla ya sea azul, amarilla o naranja. Por lo general estos problemas vienen precedidos de otras enfermedades, las cuales tienen prioridad en su atención, tal es el caso de la Diabetes Mellitus, en otras ocasiones, podrá ser causa de un proceso natural de envejecimiento, es cierto, pero bajo la misma premisa que en el párrafo anterior, creo que hay que ser cuidadosos y en cada caso, valorar si es necesario o no dar el tratamiento, muchas veces bastará con hablar con el paciente y con su pareja (es un tema a tratarse con 2 individuos) y la pastilla saldrá sobrando.
Vamos, no debemos de profundizar mucho más, es cierto, como menciona al cierre el artículo de Ibarri, la industria farmaceútica no tiene toda la culpa, pero no podemos excluirla, contribuye en gran manera al problema al incentivar al paciente a buscar el medicamento y en propiciar que el médico lo prescriba. Sin duda otro responsable será el galeno, que caiga en el error, ya sea víctima de la mercadotécnia de la industria, de la falta de tiempo de consulta para valorar bien el problema, de la presión del paciente, o peor la ignorancia o el lucro. Vayamos paso a paso, que este es un círculo vicioso… (Segunda parte)
Una constante en las Facultades y Escuelas de Medicina, es el continuo preguntar de todos los profesores al alumnado ¿por qué escogieron Medicina? Y casi tan reiteradas veces como se pregunte se oyen las mismas respuestas, rara vez oímos un motivo económico, casi todos son por el interés de ayudar al prójimo y las ganas de conocer más sobre nuestro cuerpo y su funcionamiento, normalmente en este orden.
Pues bien, podría desglosar ambas respuestas en un sin fin de ejemplos en donde esto queda en el olvido a lo largo de nuestra práctica como profesionistas, pero empezaré con lo que nunca se menciona mejor. Es cierto, casi nunca se oye en las aulas el que alguien diga que estudio Medicina por intereses económicos, mucho menos que se mencione el concepto del status social que da la profesión, pero es una realidad que dichos factores juegan un papel importante, inclusive en aquellos que tienen la visión más apostólica, buscan inconscientemente tener al menos agradecimiento de la gente y para ser francos, resulta romántico pensar así, yo así lo hacía, pero te das cuenta de que va mucho más allá de eso (y no por ello dejo de considerar una sonrisa como la mejor de las recompensas).
Me ha costado mucho trabajo realizar este autoanálisis, porque en verdad creo en el trato humanitario de la carrera, pero recientemente he pasado por instantes de desánimo, inclusive por qué no decirlo, depresión y con ello ha venido la autocrítica, es necesario un viaje al interior de uno mismo para darse cuenta de donde surge dicho sentimiento, ya mencionaba yo en algun otro artículo el Síndrome de Burn-Out (una repasada rápida del síndrome en Wikipedia).
Pues bien, es cierto, como seres humanos (hablo en plural, pero es mi apreciación personal), somos criaturas que requieren del reconocimiento, aunque sea mínimo para poder continuar, no creo la verdad en aquellos que no les importa si los demás los aprecian o no, si acaso puedo decirlo por experiencia propia, cambiamos la perspectiva, hacemos que no sea el aprecio sino la crítica lo que se convierta en nuestro motor, pero en definitiva, cuando no existe ni uno ni el otro, estamos en problemas. Y es que el “desprecio” en cierta forma es sinónimo de que le importamos a alguien, ya sea por envidia o por algún otro motivo, pero la apatía hacia nuestra persona parece traducirse en que nosotros no representamos nada, que nuestra presencia o ausencia son equiparables. Así que en conclusión, como hombres y mujeres que somos los médicos, actuamos siempre guiados por lo que la sociedad nos dicta o al menos así pensamos que lo hace.
No, esto no quiere decir que seamos seres controlados por la sociedad, afortunadamente en nuestro país y en la mayoría del mundo, uno elige a voluntad su profesión (eso sí, si tiene la fortuna de aspirar a ello), pero al hacerlo, dentro de aquello que llamamos vocación, la sociedad tiene un tajo importante, nuestra vocación se dicta en primer lugar por los gustos propios, por la forma en que fuimos educados y en conjunto nos llevan al reflejo de como nos queremos ver en un futuro, siempre queda claro que felices, pero ¿qué nos lleva a ser felices? Pues bien, en mi caso particular, yo me veía vestido de blanco o al menos con una bata blanca (hoy no soy tan partidario de ellas, pero eso lo analizaremos después), ¿haciendo qué? Pues principalmente curando GENTE, sí con mayúsculas pues ahí esta la sociedad, ayudando a las PERSONAS, investigando para conocer curas y estrategias para las enfermedades que afectan a los miembros de esta COMUNIDAD. Pero no solo me veía así, sino que esa GENTE-SOCIEDAD al ser ayudados, me lo agradecían y me reconocían mi esfuerzo o aquello que yo hubiese hecho por ellos, así que en sí, mi vocación me llevaba a ser médico, pues consideraba que de esta forma ayudaría a la gente y a su vez esto me generaría satisfacción per se y también por el agradecimiento de los demás.
Si algo adoro en mi profesión, aunque suene contradictorio con lo anterior, es que lo que más vale no es el dinero que te paguen por una consulta, sino el agradecimiento de un paciente, su sonrisa o que te haga sentir apreciado, no importa si no hay algo material, logran transmitirlo y eso vale más que mil costales de oro. Cuando una paciente llega y te regala una bolsa de plático llena de pastillas de dulce y un kiwi te sientes el hombre más rico del mundo. Si una mañana llegas a tu consultorio y al entrar tu paciente te da una sábana que ella misma bordó con retazos de telas con huellas de perritos, no importa que no sea de algodón egipcio de 600 hilos. La sonrisa de un paciente cuando le hablas, el abrazo que te da cuando te despides y que un hombre de más de 60 años, alto, duro, te diga que eres su ángel, no, no me suena a una insinuación, me hizo sentir grande. Que una paciente llegue de la nada y te plante un beso en la mejilla y te de las gracias, vale más que cualquier diamante. Pero todo esto fue para demostrar, que aunque yo dijera que estudiaba Medicina por el puro placer de ayudar y porque me gustaba la biología, las química y que me intrigaba el funcionamiento del cuerpo humano, lo cierto es que también me interesa el ser valorado.
Por mí con eso bastaba para levantarme cada día e ir a trabajar, pero resulta difícil llegar a un lugar, que como menciona el Dr. Piquero en su artículo ¿Es satisfactorio el trabajo hospitalario? en BitacoraMedica.com, en donde no son las pacientes ni la Medicina la que acaba con el entusiasmo del médico, sino las carencias para trabajar, ver las condiciones paupérrimas en que tenemos que desenvolvernos para poder sacar a un enfermo adelante, aun así eso no importaría sino fuese porque cuando terminas con dicha labor, en ocasiones titánica (y no lo digo por mí, he visto a compañeros y profesores realizar verdaderas proezas sacando pacientes sin ningún recurso, inclusive poniendo los propios), llegan las autoridades, quienes tienen cientos de grandes proyectos en papel, metas por cumplir, programas por realizar, con presupuestos imaginarios que nunca llegan a las manos de los galenos o a los pacientes y minan tus acciones recriminandote situaciones, en ocasiones inexistentes o simplemente preguntándote por la productividad. Y es que como lo decía ya en un artículo anterior, el número de pacientes no es sinónimo de calidad en la atención, inclusive desde mi perspectiva, es un indicador de falta de calidad, ya que a mayor número de pacientes menor el tiempo que le dedicas a ellos, lo que deberían de establecer es el tiempo que un paciente está en el consultorio, si se le explica su enfermedad y si hay todos los recursos que se requieren para su atención, detalle que curiosamente en ocasiones repetidas he notado falta en los cuestionarios de satisfacción, donde frecuentemente se centran en los tiempos de espera, en la atención del médico y de la enfermera, pero poco en los insumos o en el mantenimiento de las instalaciones.
Así pues, que no son los pacientes, ni si quiera la carga de trabajo, resulta que lo que más mina el espíritu del médico, al menos a nivel institucional, para continuar trabajando son las autoridades y es que creo tienen mucho que aprender a grandes empresas que van repuntando en el mundo, como Google, en donde el trabajador es lo más importante por considerarlo el motor que mueve la empresa y buscan que se sienta orgulloso y satisfecho de trabajar en una institución como esa. Si quieren copiar otros modelos para la atención de los pacientes, dejarlos de llamar así para llamarlos clientes y “venderles un producto” llamado salud, entonces ¿por qué no copiar también todos los demás elementos? Estoy seguro que incrementarían las estadísticas de satisfacción del usuario e inclusive su famosa productividad.
Situación diferente se vive en el medio privado, en donde es cierto, no soy partidario de la mercantilización de la salud, como lo marcaba yo en otros artículos y en este mismo líneas atrás, pero también es verdad que como seres vivos requerimos de alimento y un techo y como seres humanos además nos hemos creado necesidades, tal vez no vitales, pero que ahora si hablan de una calidad de vida y no hablo de lujos, sino de requerimientos básicos, luz, agua, gas, gasolina para el vehículo o pagar el transporte, la educación de nuestros hijos y nuestra propia educación continua y en este mundo todo tiene un costo, hace mucho tiempo atrás era frecuente el intercambio de servicios, posteriormente o a la par existía el trueque, pero hoy por hoy lo único que nos mueve es el dinero, no conozco un régimen, ya sea de izquierda o capitalista, que no use una moneda para el pago de servicios.
Si un ingeniero tiene derecho a cobrarme por levantar mi casa, un jardinero por cuidar el jardín, un mecánico por arreglar mi coche ¿por qué es mal visto que un médico cobre por brindarte sus servicios? Somos capaces de gastar mucho dinero, a veces desmedido en situaciones que no interfieren en nuestra vida en forma directa, gadgets, entretemiento, comida especial, autos, ropa, etc. ¿Por qué no pagar la atención que te brinda un galeno? Y entre ellos, hay escalas, siempre será más fácil que un cirujano cobre más (aunque también será regateado o criticado por sus costos) a que un clínico que no realice procedimientos quirúrgicos lo haga, tal vez por lo tangible de la acción, pero no quiere decir que quien te auscultó, interrogó y extendió una receta (espero que también explicase la enfermedad y tratara con cordialidad), este haciendo algo sencillo y que no tenga valor, para poder hacer eso, mínimo estudio en la mayoría de los países un promedio de 6 años y si realizó una especialidad incrementó aproximadametne de 3 a 6 años más su preparación, inviritiendo tiempo y dinero. Pero ahí no terminó, un buen médico deberá continuar actualizandose y el costo de los cursos y revistas médicas es muy elevado, sin mencionar el material que se utiliza para ello, pero esto es poco valorado, lo más curioso, es que son, por lo general, quienes más tienen, los que más protestan los costos de una consulta médica o de un medicamento (asunto álgido que analizaremos a posteriori). Es frecuente escuchar que si mencionas que no dormiste bien porque atendiste a un paciente en la madrugada, te digan “pues para eso eres médico ¿no?” y es cierto, cuando ingrese a Medicina era de esos pocos “contras” que todos conocíamos de la carrera, pero hagamos un ejercicio de análisis, mi auto se avería a media noche y un paciente me habla para que vaya a verlo, para mí el vehículo se ha convertido en una herramienta de trabajo, así que tendría derecho de hablarle al mecánico a media noche, que para eso es mecánico, a que solucione mi problema, porque sino no podré atender al enfermo que para eso soy médico, pues pocos son los servicios que conozco de atención vehícular las 24 horas (y eso porque creo haber oído que hay) y suelen ser muy caros, porque cobran el plus de las 24 horas.
Es aquí entonces donde también juega la parte económica, aunque no lo queramos ver o aceptar, el médico también quiere y necesita ser recompensado por sus esfuerzos y su preparación, por los sacrificios que hizo y que hará. Pero las insituciones públicas pagan mal al profesionista de la salud (no solamente al médico), reconoce poco y exige mucho y ¿al exteriror? No es valorado como un profesionista que presta un servicio, sino criticado como un mercader de la salud, se da por hecho que por tener un título es su obligación hacer muchas cosas y no percibir salario por ello y entonces vienen los problemas, el médico entra en decepción de su carrera, se deprime y en ocasiones aprende ahora sí a “vender salud”, prestando un servicio déspota y una mala calidad en la atención, disminuye su rendimiento en el trabajo institucional, si es cirujano aprende a cobrar por adelantado en una cirugía programada (como lo hacen los ingenieros, arquitectos, mecánicos, obreros), pero si es clínico todavía tendrá que arriesgarse a que se le pague al final de la consulta o de la hospitalización.
No, la verdad es que yo sigo creyendo en mi sueño de cristal, a pesar que ya me he llevado varios topes, a pesar de que me quejo amargamente que mis autoridades no hacen nada por el paciente y mucho menos por el médico, que me cansé de que se me vea como un robot que produce números provenientes de la ecuación de consulta/día y que en la consulta privada se me regatee mi trabajo, ¡hay días como hoy en que una paciente llega con un Kiwi y me levanta el ánimo!