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Alegrías en el consultorio

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He pasado ya mucho tiempo escribiendo sobre la calidad de la atención en el paciente, sobre la insatisfacción laboral, etc. También en Twitter y Facebook alucinan mis quejas sobre las autoridades, pero pocas veces he hablado de lo que mantiene aquí, a pesar de estar molesto, cansado y sí, en ocasiones bastante desmotivado; tal pareciese que es un suplicio levantarse en las mañanas y hacer lo que yo solo escogí hacer, aun después de que mi papá me hiciera ver una y mil veces los contras de ser médico (mismos que he escrito) y es que poco me convencía al verlo disfrutar exactamente lo mismo que yo ahora.

Pues bien, estás dos últimas semanas tras varias de quejas, dolores de cabeza (literalmente inicié con migrañas tensionales, que hasta el neurólogo fui a parar), falta de apetito, desánimo laboral, etc., fueron ellos, mis pacientes, quienes me curaron. Ya fuese Antonia con su narración de todo lo que comió, haciendo una descripción tan exquisita que me cuesta trabajo llamarle la atención porque se sale de la dieta; ya fuera doña Celia porque hiciera una pataleta (con todo y andadera) porque le avisé que se irá de alta la próxima cita y luego me soltara una sonrisa, ellas me hicieron recordar qué fue lo que me trajo hasta aquí, hasta un escritorio y oyendo cada uno de sus pesares.

Fue ese paciente que me dijo, a pesar de ser un hombre fuerte, chapado a la antigua, que yo era su ángel, que era el primero que lo oía y que de la nada un día llegó con una playera para mí. También fue aquella señora que se peleo con su hija porque la apresuraba a venir a consulta cuando todavía no terminaba de preparar sus bolsitas con dulces y que cuando le digo… ¡Doña “Sutanita” usted tiene Diabetes, no debe de comer dulces! me voltea a ver con una mirada de niña traviesa a sus 75 años, mete la mano en su bolsa y saca un paquete de dulces y un kiwi, extiende su mano y dice: No son para mí doctor, son para usted, que Dios me lo bendiga.

Ejemplos como estos tengo muchos, pero tal vez el más gratificante se dió hoy, hace 18 meses entró a mi consultorio una paciente que ya había visto yo años atrás, cargaba sobre de ella la fama de ser bastante recia, pesimista y que no seguía las indicaciones de los médicos, además de ello, de mal carácter. La verdad es que los primeros 6 meses fueron difíciles, su talante no ayudaba y estaba totalmente desmotivada; un día saco lo Torre (carácter un poco fuerte, franco y directo) que hay en mí y que me siento a hablar con ella por más de una hora, le hago ver que si no se cuida nadie de la unidad lo hará por ella y de plano le solté que lo pensara bien, que esperaba su respuesta para la próxima cita, se iba a cuidar o pedía su alta voluntaria. Recuerde que es su decisión y nadie aquí nos vamos a molestar por lo que quiera hacer, pero no podemos ocupar un lugar que otro paciente tal vez necesite y quiera aprovechar.

Pasó un mes, cuando abro la puerta del consultorio veo a “Doña Refugio” a fuera, esperando pasar a consulta; seré sincero, yo ya había tirado la toalla como se dice en el argot boxístico. Cuando entra, la saludo, eso sí, nunca dejaré de saludar, preguntar como están y tratar de ser lo más cortés, educado e inclusive agradable posible. Mientras nos sentábamos, la paciente me comentaba que bastante bien, que se sentía mejor (respuesta que no siempre va ligada con la realidad, menos en las enfermedades crónicas, como la Diabetes, la Obesidad y la Hipertensión de doña Refugio, donde los pacientes suelen “autoengañarse”). Así que no esperé mucho, directo me fui a la pregunta, ¿qué decidió Refugio? ¿Va a querer cuidarse o realizamos su alta voluntaria? Mientras tanto, abría el expediente y leía sus signos vitales y sus resultados de los estudios de laboratorio y además oía a la vez que estaba dispuesta a trabajar por su salud, que lo que le había dicho le había dolido y que tenía razón, que ella era la única responsable de su salud.

Lentamente alcé la vista para verla a los ojos, me levante y la felicité, le dije que si bien días antes había tenido que “llamarle la atención”, era también justo reconocer el esfuerzo hecho a lo largo de esos 30 días que habíamos dejado de vernos. De ahí en adelante dejó de ser Doña Refugio y se convirtió en Cuquita, quien llegaba todos los meses con menos kilogramos encima, la Diabetes cada vez mejor controlada, alcanzando cifras de HbA1c de libro, sin datos de hipoglucemia estabamos alcanzando lo que establecía la American Diabetes Association y más. La presión arterial me decía era la primera vez que la tenía normal desde que le habían diagnósticado hipertensión “y lo mejor del caso doctor es que tomo menos medicinas”.

Alguna vez de las que tuve mis ataques de migraña tuve que faltar, la atendió mi vecino, aquél de quien luego me quejo amargamente, sin ver su historial la regañó, le dijo que estaba gorda y que si no bajaba de peso tendría que darla de baja, Cuquita no tardó ni una semana en venir a verme enojada, me dijo que una cosa era la manera en que yo le había llamado la atención y otra muy distinta como mi compañero la había hecho sentir, además que con qué derecho hablaba si ni la conocía. La tranquilicé y le dí ánimos.

“Es que doctor usted es el único que se dió cuenta que estaba deprimida y ustedes (refiriéndose a la Baty, la psicóloga de la UNEME, a Daniel el Nutriólogo y a mí) me tuvieron la paciencia y y realmente me ayudaron, más allá de mi “gordura”, mi Diabetes o mi presión”

Así pasaron ya 18 meses desde que llegó. Hoy tuve que darla de alta, por un lado es muy satisfactorio para un médico ver que sus “metas biológicas, médicas, farmacológicas, antropométricas, químicas, etc.” han sido cubiertas, pero por otro lado cuesta trabajo despedirse de quien se ha ganado tu aprecio y cariño. También ambivalente resulta estar escribiendo un alta en la computadora y al voltear, encontrarte con que tu paciente está llorando ¿por qué? Pues porque ya se va y no quiere dejar a primer doctor que le pone atención, que con sus “regaños” le hizo entender que es importante, la verdad sea dicha, elevó mi ego al cielo y sobre todo mi satisfacción personal; por otro lado nuevamente me daba cuenta de que se iba alguien que también me había enseñado y se lo dije, le insistí que ella me recordó que cuando la gente se lo propone es capaz de cambiar, que no es válido juzgar sin oir, que no podemos prejuzgar y que sobre todo por mi consultorio pasarán muchos pacientes más que como ella, tienen historias detrás que merecen ser escuchadas y valoradas, entre esas historias, anécdotas de médicos que se olvidaron del ser humano que tienen frente y solo se limitaron a prescribir un medicamento, a ver una talla y un peso y a juzgar por un valor bioquímico a sus pacientes.

¡Sí, en definitiva estas han sido semanas de alegrías! No quería que pasara más tiempo sin compartirla, no por afán de vanagloriarme (aunque me siento cual pavorreal, el tigre puede comerme), sino porque quiero hacerles ver que si le brindamos 5 minutos más a nuestros pacientes podemos ayudar porcentualmente mucho más, que si vemos más pacientes por hora; que si nos olvidamos de las cifras y vemos a las personas, influiremos más que preocupandonos por los valores bioquímicos y que en verdad, los pacientes pagan mejor sin dinero, que cualquier billete y no me olvido de que tenemos que comer y derecho a vivir bien.

No estamos preparados para ser un país viejo

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“Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”

Hoy (cuando inicio esta nota, sé cuando empiezo, no sé cuando la voy a terminar) sale publicado en el British Medical Journal (BMJ) un artículo que comenta que en el Reino Unido, la población más vieja entre los ancianos se ha duplicado, es decir aquellos mayores de 85 años, en tan solo 25 años. Este fenómeno que ocurre en Europa, ya está más que demostrado sucederá en América Latina en los años venideros. A la experiencia vivida por el viejo continente, nosotros debimos haber tomado medidas con mayor antelación, pero parece que si algo caracteríza a la población latina (se que no es bueno generalizar, así que pido disculpas) es que caemos en la procrastinación y en el tema hemos caído en general en la apatía de ver como nuestra sociedad se envejece, en parte debido a los cambios demográficos ocasionados por el control de la natalidad y por otra parte, los avances de la Medicina que ha logrado hacer que en generar la gente viva más tiempo, ¿pero en realidad vivirá mejor?

Interesante estudio nos muestra Collerton y cols en la misma revista en Diciembre del 2009, en él buscan describir las enfermedades más frecuentes en un un grupo de personas de 85 años y más arrojando un dato curioso, la autopercepción de la salud y la conservación de la funcionalidad no están forzosamente relacionadas con el estado de salud y daño. Así que fisiológicamente no forzosamente la Medicina ha logrado mejorar la salud del adulto mayor, pero aquí agrego yo mi propia perspectiva, creo que no es lo primordial en esta edad, me explico con detenimiento:

La percepción de salud en los ancianos gira en su mayoría entorno al mantenimiento de las funciones básicas e instrumentadas que les permiten mantenerse autónomos, por otro lado a la capacidad económica para disfrutar de su autonomía, que la jubilación sea verdaderamente un “júbilo” y no una catástrofe y también el hecho de estar integrados a la sociedad, estoy seguro que si valoraran en Newcastle a quienes viven integrados a la sociedad y los compararan personas solitarias habría una diferencia en dicha percepción, todo basado en algo que en el anciano varía en su sintomatología, la depresión. En los países latinos aun perdura el sentido de la familia, así que es muy probable que juegue un papel importante para la auto-valoración de la calidad de vida, el hecho de continuar en contacto con los hijos, los nietos, etc., aunque se viva en un asilo, obvio habrá que evaluar también las condiciones del mismo.

Así pues, son muchos los factores que intervienen en el término “calidad de vida”, no solo la ausencia de enfermedad física, de hecho lo que el estudio de Collerton y cols pareciera demostrar es que al final de cuentas, la enfermedad es lo que menos merma la autopercepción de bienestar en el anciano. Entonces, ¿qué estamos haciendo en México para trabajar en mejorar dichas cirucunstancias?

Aquí está el problema y es que existen pocos proyectos para el envejecimiento de nuestro país, ya las grandes instituciones de salud y asitencia social se han encontrado con problemas ante el aumento “repentino” de pensionados, pero aún no veo que ningún candidato, ya sea a gobiernos municipales, estatales o nacionales genere verdaderos programas para el anciano. Muchos recordarán tal vez a cierto personaje político que se preocupaba por los viejitos del Distrito Federal, evitaré su nombre, pues no quiero caer en un hecho meramente político, mi crítica gira más bien en torno a que dar una “pensión” por así llamarla, sin preocuparse del problema de fondo, más pareciera una herramienta política (aprovechando que bien saben que la población de más de 60 años se incrementa en nuestro país a pasos agigantados), que un hecho guíado en búsqueda de una solución.

Siempre he creído y lo sostengo, que países como España, tienen un sistema de salud y seguridad social mejor planeado para el adulto mayor, tal vez con defectos y huecos importantes y que a la distancia nos resulta más difícil identificar, pero que definitivamente está funcionando mucho mejor que lo que tenemos en nuestro país y en la mayoría de América Latina.

¿Qué nos hace falta? Pues bien, no hay una buena planificación, al menos no en acción de que hacer con los ancianos en diversos casos, cito ejemplos al azar.

Los hospitales cada vez se llenan más de adultos mayores, quienes generalmente requerirán más tiempo de hospitalización, situación que hace que el sobrecupo hospitalario empiece a ser un problema, en particular en los hospitales públicos y de las insituciones se seguridad social, ahí un primer detalle, no se ha planificado en los hospitales el incremento de camas o al menos de áreas específicas para el paciente viejo (a mí parecer no encuentro despectivo este término, todo depende de como se diga). Estos ancianos hosptializados tienen a complicarse aún más estando institucionalizdos, ¿por qué motivo? En general el personal, tanto médico, como de enfermería, auxiliares, cocina e incluso intendencia, no están capacitados para tratar con ellos, fácilmente se sucitan casos de úlceras de presión secundario a que no se moviliza al paciente con la frecuencia necesaria, al roce de las sábanas cuandose cambia la ropa de cama, etc. No se contempla el hecho de que si bien un paciente joven puede desorientarse estando hospitalizado, un adulto mayor fácilmente puede caer en síndrome confusional e inclusive delirum con unas cuantas horas de hospitalización. Los médicos, inclusive los internistas (a quienes la carga de trabajo por el cambio demográfico los ha obligado a ver más ancianos), se ovlidan del cálculo adecuado de líquidos, además de practicar una medicina sumamente invasiva en los pacientes y debemos recordar que cuanto más se “amarre” a un paciente a sondas, catéteres e inclusive sugeciones “gentiles” a las camas, mayor será el grado de desorientación que sufrirá. Una de las opciones que existirían para disminuir el riesgo a estos problemas sería contar con salas de día en los nosocomios, pero ni si quiera los que actualmente se están construyendo cuentan con estos espacios, al menos no en su inmensa mayoría. Podría continuar, pero no es el objetivo, estos son solo algunos ejemplos de lo que a nivel hospitalario hace falta.

Pero, ¿qué hay con la vida fuera de los hospitales? En México, al menos, contamos con muy pocos asilos y de ellos, en general, las condiciones son deprimentes, a ello hay que agregar que son todavía más extraños aquellos asilos en dónde uno pueda llevar pacientes con demencias o con alguna necesidad especial de atención. Los costos de los asilos privados son muy elevados, lo mismo que el de las cuidadoras a domicilio. En Europa existen programas de servicio social donde el gobierno provee a los ancianos de gente que se encargará de cuidarlos, en algunos casos las 24 horas, en otros solo como personas de compañía que les ayudarán en algunas tareas de la casa, la cocina o el baño, pero que les respetan su individualidad, ¿no sería mejor esto que $820.00 al mes?  Hay en algunos municipios (entre ellos en el que vivo) que cuentan con centros gerontológicos en donde acuden los pacientes con mayores capacidades funcionales a convivir y realizar actividades recreativas; es cierto, existen pero en número mucho menores a los que se requieren, el sobrecupo es inminente y es triste pero cierto, las listas de espera están como aves de rapiña, no creo que necesite explicar más.

Acciones que incentiven a los ancianos, que los hagan sentir útiles, incluidos en su sociedad, grupos de consejería por ejemplo o que los adultos mayores participen en obras benéficas para otros miembros de la sociedad, recibiendo a su vez de este modo un benefício, la sensación de importancia y la actividad, que como bien dice el estudio mencionado previemante, son fundamentales para el bien-estar del paciente.

En ocasiones como médicos, tristemente, olvidamos que la definción de salud no se limita al bienestar físico, sino también al psicológico y al social, concentrándonos en la curación de enfermedades y no en la reinserción de los pacientes a su entorno, a la readaptación y recuperación de la funcionalidad e independencia.

Por otro lado, no hay normas o leyes que regulen en sentido extricto las responsabilidades de la familia para con los adultos mayores. Esto puede ser un verdadero conflicto ético, ya que en ocasiones no podemos borrar el pasado, es decir, ¿cómo obligar a un hijo u otro familiar a que se haga responsable de su viejo, si este en el pasado no lo hizo o inclusive le “fastidio la vida”? Creo que esto resultaría legalmente imposible o sino, por lo menos, muy complicado.

Pero también es lamentable el fenómeno bien conocido en los hospitales públicos, en que cercanos a los puentes o fechas clave como Navidad, vacaciones de Semana Santa, Fiestas Patrias, etc., los servicios de urgencias se llenan de ancianos, quienes son llevados por sus hijos por dolencias, tal vez exitentes, tal vez ficticias, para ser abandonados en dicho lugar, hasta que pasa el asueto y vuelven por ellos. Una forma de solucionarlo sería implentar las casas de descanso del cuidador, tal y como existen en países europeos, donde en algunas auspiciadas por los gobiernos (cierto número de días al año y en fechas programadas), en otras por una cuota especial (variando de institución a institución) el familiar o cuidador, lleva al paciente, lo deja por un período para que ellos puedan irse de vacaciones o simplemente en sus casas, pero pasar por un tiempo de “desintoxicación”. ¿Qué sucede? En Aguascalientes, donde resido hay un centro cuya función inicial empezó a ser ese, pero acabó convirtiendose en una especie de asilo, centro de hospitalización y un lugar donde los ancianos eran olvidados por sus familiares, en ocasiones el mismo gobierno la utilizado para internar ancianos en condiciones especiales (recuerdo una maestra viejita que estaba ahí para “protección” en contra de sus hijos quienes vivían un pleito legal ¡por la herencia!).

En fin, creo que América Latina y al menos puedo asegurar en México, aún falta mucho por hacer en materia del envejecimiento, un tema que sin duda alguna debería ocupar la agenda de los políticos, junto con la educación, la ciencia y la salud. Créanme, creo que todas van de la mano, más adelánte les desarrollaré mi teoría, pero mientras esto no suceda y las prioridades sean el enriquecimiento personal y el beneficio de unos cuantos, seguiremos teniendo grandes deficiencias en los programas que implican un impacto directo a la economía y desarrollo del país, sí, aunque no lo crean los ancianos influyen y lo harán aún más, en el PIB de un país.

El lavado de manos… y no el de Pilatos.

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Hace unos días en el blog Genciencia, encontraba publicado un artículo que atrajo mi atención (como varios que ahí se publican y de lo que ya hablé en la borla del ombligo), el artículo se titula ¿Por que los médicos no se lavan lo suficiente las manos? y se encuentra dividida en dos entregas.

Pues bien, esta publicación surgió a partir de un estudio realizado en el Cedars-Sinaí de Los Ángeles, California, en donde se encontró que entre otras cosas que llevan al médico a cometer esta falta grave (no podemos restarle importancia) de cuidado, poniendo en riesgo no solo al paciente, sino también al resto del personal de salud y a él mismo, puede estar ocasionada por diversos factores, como son, en primer lugar el ego del mismo galeno, en donde por arrogancia piensa que él no es un foco de contaminación, olvidando con ello los trabajos de diversos infectólogos, epidemiólogos, etc. posterior a los descubrimientos de Semmelweis; inclusive puedo señalar que en ocasiones es apatía, falta de interés y de consciencia del médico.

Pero hay factores interesantes que se logran de esta publicación, se encontraron puntos que son atribuíbles a las instituciones y no lo hago con un afán de crítica destructiva, sino para crear consciencia, muchas veces los hospitales, clínicas y centros de salud no cuentan con un lavabo accesible para al área de exploración, ya ni que decir de lugares “adaptados” como consultorio, tal es el caso de muchas casas en la práctica privada. En otros casos, el lavabo existe, pero no hay los insumos para hacer uso de él, falta el jabón, el papel secante o en otros casos las llaves no funcionan, los sistemas de apertura del agua son incorrectos (forzan al personal a contaminarse nuevamente al cerrar); sino es que es, como en muchas ocasiones sucede, la suma de todos estos factores: lavabo inaccesible, en mal estado, inapropiado y sin insumos.

Otro hallazgo importante fue demostrar que cantidad no es igual a calidad. Hacía un análisis en la segunda parte del artículo, cuando contestaba algunos comentarios de los lectores, el forzar a que el médico vea un promedio de 40 pacientes en 8 horas (cuando bien va), recae en que por cada paciente se tengan 12 minutos, de los cuales si utilizamos la técnica apropiada de limpieza de manos, le restemos a la consulta al menos 5 minutos, menos el tiempo que el paciente tarde en llegar de la sala de espera al consultorio (un adulto mayor o una persona con discapacidad tardarán más), el saludo (ya por muchos obviado), el  tiempo del interrogatorio, la exploración, realizar la nota y expedir la receta ¿en 12 minutos? Por eso muchas veces el médico obvia el paso fundamental de la higiene lo que resulta sumamente paradójico ¿no lo creen?

Insatisfacción y cansancio laboral ¿una constante en el médico?

Una constante en las Facultades y Escuelas de Medicina, es el continuo preguntar de todos los profesores al alumnado ¿por qué escogieron Medicina? Y casi tan reiteradas veces como se pregunte se oyen las mismas respuestas, rara vez oímos un motivo económico, casi todos son por el interés de ayudar al prójimo y las ganas de conocer más sobre nuestro cuerpo y su funcionamiento, normalmente en este orden.

Pues bien,  podría desglosar ambas respuestas en un sin fin de ejemplos en donde esto queda en el olvido a lo largo de nuestra práctica como profesionistas, pero empezaré con lo que nunca se menciona mejor. Es cierto, casi nunca se oye en las aulas el que alguien diga que estudio Medicina por intereses económicos, mucho menos que se mencione el concepto del status social que da la profesión, pero es una realidad que dichos factores juegan un papel importante, inclusive en aquellos que tienen la visión más apostólica, buscan inconscientemente tener al menos agradecimiento de la gente y para ser francos, resulta romántico pensar así, yo así lo hacía, pero te das cuenta de que va mucho más allá de eso (y no por ello dejo de considerar una sonrisa como la mejor de las recompensas).

Me ha costado mucho trabajo realizar este autoanálisis, porque en verdad creo en el trato humanitario de la carrera, pero recientemente he pasado por instantes de desánimo, inclusive por qué no decirlo, depresión y con ello ha venido la autocrítica, es necesario un viaje al interior de uno mismo para darse cuenta de donde surge dicho sentimiento, ya mencionaba yo en algun otro artículo el Síndrome de  Burn-Out (una repasada rápida del síndrome en Wikipedia).

Pues bien, es cierto, como seres humanos (hablo en plural, pero es mi apreciación personal), somos criaturas que requieren del reconocimiento, aunque sea mínimo para poder continuar, no creo la verdad en aquellos que no les importa si los demás los aprecian o no, si acaso puedo decirlo por experiencia propia, cambiamos la perspectiva, hacemos que no sea el aprecio sino la crítica lo que se convierta en nuestro motor, pero en definitiva, cuando no existe ni uno ni el otro, estamos en problemas. Y es que el “desprecio” en cierta forma es sinónimo de que le importamos a alguien, ya sea por envidia o por algún otro motivo, pero la apatía hacia nuestra persona parece traducirse en que nosotros no representamos nada, que nuestra presencia o ausencia son equiparables. Así que en conclusión, como hombres y mujeres que somos los médicos, actuamos siempre guiados por lo que la sociedad nos dicta o al menos así pensamos que lo hace.

No, esto no quiere decir que seamos seres controlados por la sociedad, afortunadamente en nuestro país y en la mayoría del mundo, uno elige a voluntad su profesión (eso sí, si tiene la fortuna de aspirar a ello), pero al hacerlo, dentro de aquello que llamamos vocación, la sociedad tiene un tajo importante, nuestra vocación se dicta en primer lugar por los gustos propios, por la forma en que fuimos educados y en conjunto nos llevan al reflejo de como nos queremos ver en un futuro, siempre queda claro que felices, pero ¿qué nos lleva a ser felices? Pues bien, en mi caso particular, yo me veía vestido de blanco o al menos con una bata blanca (hoy no soy tan partidario de ellas, pero eso lo analizaremos después), ¿haciendo qué? Pues principalmente curando GENTE, sí con mayúsculas pues ahí esta la sociedad, ayudando a las PERSONAS, investigando para conocer curas y estrategias para las enfermedades que afectan a los miembros de esta COMUNIDAD. Pero no solo me veía así, sino que esa GENTE-SOCIEDAD al ser ayudados, me lo agradecían y me reconocían mi esfuerzo o aquello que yo hubiese hecho por ellos, así que en sí, mi vocación me llevaba a ser médico, pues consideraba que de esta forma ayudaría a la gente y a su vez esto me generaría satisfacción per se y también por el agradecimiento de los demás.

Si algo adoro en mi profesión, aunque suene contradictorio con lo anterior, es que lo que más vale no es el dinero que te paguen por una consulta, sino el agradecimiento de un paciente, su sonrisa o que te haga sentir apreciado, no importa si no hay algo material, logran transmitirlo y eso vale más que mil costales de oro. Cuando una paciente llega y te regala una bolsa de plático llena de pastillas de dulce y un kiwi te sientes el hombre más rico del mundo. Si una mañana llegas a tu consultorio y al entrar tu paciente te da una sábana que ella misma bordó con retazos de telas con huellas de perritos, no importa que no sea de algodón egipcio de 600 hilos. La sonrisa de un paciente cuando le hablas, el abrazo que te da cuando te despides y que un hombre de más de 60 años, alto, duro, te diga que eres su ángel, no, no me suena a una insinuación, me hizo sentir grande. Que una paciente llegue de la nada y te plante un beso en la mejilla y te de las gracias, vale más que cualquier diamante. Pero todo esto fue para demostrar, que aunque yo dijera que estudiaba Medicina por el puro placer de ayudar y porque me gustaba la biología, las química y que me intrigaba el funcionamiento del cuerpo humano, lo cierto es que también me interesa el ser valorado.

Por mí con eso bastaba para levantarme cada día e ir a trabajar, pero resulta difícil llegar a un lugar, que como menciona el Dr. Piquero en su artículo ¿Es satisfactorio el trabajo hospitalario? en BitacoraMedica.com, en donde no son las pacientes ni la Medicina la que acaba con el entusiasmo del médico, sino las carencias para trabajar, ver las condiciones paupérrimas en que tenemos que desenvolvernos para poder sacar a un enfermo adelante, aun así eso no importaría sino fuese porque cuando terminas con dicha labor, en ocasiones titánica (y no lo digo por mí, he visto a compañeros y profesores realizar verdaderas proezas sacando pacientes sin ningún recurso, inclusive poniendo los propios), llegan las autoridades, quienes tienen cientos de grandes proyectos en papel, metas por cumplir, programas por realizar, con presupuestos imaginarios que nunca llegan a las manos de los galenos o a los pacientes y minan tus acciones recriminandote situaciones, en ocasiones inexistentes o simplemente preguntándote por la productividad. Y es que como lo decía ya en un artículo anterior, el número de pacientes no es sinónimo de calidad en la atención, inclusive desde mi perspectiva, es un indicador de falta de calidad, ya que a mayor número de pacientes menor el tiempo que le dedicas a ellos, lo que deberían de establecer es el tiempo que un paciente está en el consultorio, si se le explica su enfermedad y si hay todos los recursos que se requieren para su atención, detalle que curiosamente en ocasiones repetidas he notado falta en los cuestionarios de satisfacción, donde frecuentemente se centran en los tiempos de espera, en la atención del médico y de la enfermera, pero poco en los insumos o en el mantenimiento de las instalaciones.

Así pues, que no son los pacientes, ni si quiera la carga de trabajo, resulta que lo que más mina el espíritu del médico, al menos a nivel institucional, para continuar trabajando son las autoridades y es que creo tienen mucho que aprender a grandes empresas que van repuntando en el mundo, como Google, en donde el trabajador es lo más importante por considerarlo el motor que mueve la empresa y buscan que se sienta orgulloso y satisfecho de trabajar en una institución como esa. Si quieren copiar otros modelos para la atención de los pacientes, dejarlos de llamar así para llamarlos clientes y “venderles un producto” llamado salud, entonces ¿por qué no copiar también todos los demás elementos? Estoy seguro que incrementarían las estadísticas de satisfacción del usuario e inclusive su famosa productividad.

Situación diferente se vive en el medio privado, en donde es cierto, no soy partidario de la mercantilización de la salud, como lo marcaba yo en otros artículos y en este mismo líneas atrás, pero también es verdad que como seres vivos requerimos de alimento y un techo y como seres humanos además nos hemos creado necesidades, tal vez no vitales, pero que ahora si hablan de una calidad de vida y no hablo de lujos, sino de requerimientos básicos, luz, agua, gas, gasolina para el vehículo o pagar el transporte, la educación de nuestros hijos y nuestra propia educación continua y en este mundo todo tiene un costo, hace mucho tiempo atrás era frecuente el intercambio de servicios, posteriormente o a la par existía el trueque, pero hoy por hoy lo único que nos mueve es el dinero, no conozco un régimen, ya sea de izquierda o capitalista, que no use una moneda para el pago de servicios.

Si un ingeniero tiene derecho a cobrarme por levantar mi casa, un jardinero por cuidar el jardín, un mecánico por arreglar mi coche ¿por qué es mal visto que un médico cobre por brindarte sus servicios? Somos capaces de gastar mucho dinero, a veces desmedido en situaciones que no interfieren en nuestra vida en forma directa, gadgets, entretemiento, comida especial, autos, ropa, etc. ¿Por qué no pagar la atención que te brinda un galeno? Y entre ellos, hay escalas, siempre será más fácil que un cirujano cobre más (aunque también será regateado o criticado por sus costos) a que un clínico que no realice procedimientos quirúrgicos lo haga, tal vez por lo tangible de la acción, pero no quiere decir que quien te auscultó, interrogó y extendió una receta (espero que también explicase la enfermedad y tratara con cordialidad), este haciendo algo sencillo y que no tenga valor, para poder hacer eso, mínimo estudio en la mayoría de los países un promedio de 6 años y si realizó una especialidad incrementó aproximadametne de 3 a 6 años más su preparación, inviritiendo tiempo y dinero. Pero ahí no terminó, un buen médico deberá continuar actualizandose y el costo de los cursos y revistas médicas es muy elevado, sin mencionar el material que se utiliza para ello, pero esto es poco valorado, lo más curioso, es que son, por lo general, quienes más tienen, los que más protestan los costos de una consulta médica o de un medicamento (asunto álgido que analizaremos a posteriori). Es frecuente escuchar que si mencionas que no dormiste bien porque atendiste a un paciente en la madrugada, te digan “pues para eso eres médico ¿no?” y es cierto, cuando ingrese a Medicina era de esos pocos “contras” que todos conocíamos de la carrera, pero hagamos un ejercicio de análisis, mi auto se avería a media noche y un paciente me habla para que vaya a verlo, para mí el vehículo se ha convertido en una herramienta de trabajo, así que tendría derecho de hablarle al mecánico a media noche, que para eso es mecánico, a que solucione mi problema, porque sino no podré atender al enfermo que para eso soy médico, pues pocos son los servicios que conozco de atención vehícular las 24 horas (y eso porque creo haber oído que hay) y suelen ser muy caros, porque cobran el plus de las 24 horas.

Es aquí entonces donde también juega la parte económica, aunque no lo queramos ver o aceptar, el médico también quiere y necesita ser recompensado por sus esfuerzos y su preparación, por los sacrificios que hizo y que hará. Pero las insituciones públicas pagan mal al profesionista de la salud (no solamente al médico), reconoce poco y exige mucho y ¿al exteriror? No es valorado como un profesionista que presta un servicio, sino criticado como un mercader de la salud, se da por hecho que por tener un título es su obligación hacer muchas cosas y no percibir salario por ello y entonces vienen los problemas, el médico entra en decepción de su carrera, se deprime y en ocasiones aprende ahora sí a “vender salud”, prestando un servicio déspota y una mala calidad en la atención, disminuye  su rendimiento en el trabajo institucional, si es cirujano aprende a cobrar por adelantado en una cirugía programada (como lo hacen los ingenieros, arquitectos, mecánicos, obreros), pero si es clínico todavía tendrá que arriesgarse a que se le pague al final de la consulta o de la hospitalización.

No, la verdad es que yo sigo creyendo en mi sueño de cristal, a pesar que ya me he llevado varios topes, a pesar de que me quejo amargamente que mis autoridades no hacen nada por el paciente y mucho menos por el médico, que me cansé de que se me vea como un robot que produce números provenientes de la ecuación de consulta/día y que en la consulta privada se me regatee mi trabajo, ¡hay días como hoy en que una paciente llega con un Kiwi y me levanta el ánimo!

La Medicina Basada en el Trato Humano

Ciència i Caritat. Pablo Picasso. Barcelona 1897

Fue gracias a @pastanaga que conocí al doctor Carlos Matabuena, mejor conocido en Twitter como @CarlosMatabuena, inicialmente lo empecé a seguir por ser médico, porque además decía amar la tecnología, así que empezaba a sentirme identificado con él, pero de pronto me dí cuenta que compartíamos algo más, ambos buscámos en la Medicina el lado más humano, disfrutamos con la relación médico-paciente de forma más cercana. Me doy cuenta a través de su blog carlosmatabuena.com que busca eso, precisamente una Medicina más cercana al paciente, lleva tiempo sin actualizarse ese espacio (seguro como yo, quisieramos escribir a diario pero de pronto hay cosas que nos impiden hacerlo), pero es posible seguir sus comentarios en Twitter o en algunas otras publicaciones y en verdad, darme cuenta que la Medicina “humana” no ha perdido adeptos a lo largo del mundo, me hace tener esperanzas en este punto en el que siento se ha tecnificado demasiado la atención de los pacientes.

Ya comentaba antes, que el término usuario, para referirse a quien acude a un centro de salud, ya sea una clínica comuninataria o un hospital de alta especialidad, en lugar de paciente, me causa algo de escozor, es verdad también que el término de paciente resulta algo contradictorio, entiendo que surge de aquél que espera “paciente” la cura de su padecimiento, pero también es cierto que por más que queramos no siempre gozan, por razones obvias y comprensibles, de dicha virtud o característica, pero el llamarles usuarios, siento que convierte a la Medicina únicamente en un servicio y pierde todo el contexto humanitario, casi apostólico que tiene. Un riesgo, cierto es, de que se vea tan caritativo, es que la gente pocas veces comprende que los médicos también somos seres humanos, que tenemos necesidades, que comemos, tenemos familias que atender y mantener, nos cansamos, nos enfermamos, etc. pero al menos yo y sé que mi padre y otros como Carlos Matabuena, todavía guardamos ese sentimiento cuasi mágico del médico cercano al enfermo.

Al menos para mí, es sumamente gratificante sentir el aprecio de la gente, el abrazo que te da un paciente al salir del consultorio, a pesar de que tal vez no le diste la mejor de las noticias, el que te digan que eres un ángel (creas o no en ellos), el que te colmen de bendiciones (seas o no agnóstico), en fin, esos pequeños detalles, suplen muchas veces lo mal remunerado de la carrera, al menos en mi país a nivel institucional, pero veo con tristeza que muchos de mis compañeros no lo creen o no lo sienten así y muchísimo menos los burócratas encargados de las áreas de planeación en salud, en dónde buscan reducir los tiempos de consulta, con la finalidad de obtener mayor productividad como si esto hablara de mayor calidad en la atención, como ya decía en mi artículo previo, eso definitivamente no es un parámetro. (Aclaro que en este caso hablo en particular de otras instituciones y no en la que laboro, aunque sí entran en quienes piensan que a más pacientes mejor servicio).

Hablar de que el médico ve enfermos, también resulta algo complicado, pues solemos pensar que el galeno únicamente cura enfermedades, no alcanzamos muchas veces, inclusive los mismos galenos a concebir la función de prevenir, la de rehabilitar y mucho menos la de acompañar, esta última que a mí tanto me ha gustado y creo que de ahí mi gusto por las enfermedades crónicas y los pacientes ancianos. Resulta que cuando uno acompaña a su paciente, recibe más de lo que puede dar, es el paciente quien le enseña al médico y no el galeno quien atiende al enfermo.

Veo a veces con nostalgia, películas del pasado en el que el médico era visto como una persona importante en el pueblo, no porque quiera el reconocimiento, los aplausos o la admiración, sino porque en aquél entonces el médico realmente era cercano a su gente, hoy en día, lo que oímos de los doctores son quejas sobre sus costos, sobre lo mal qu los atendieron, etc. Muchas veces creo que injustificadamente, pues como menciono, también merecemos cobrar, ganar por nuestro trabajo, por el esfuerzo que realizamos día a día por mantenernos actualizados (ya hablaré en otra ocasión de esta otra parte que me fascina) y porque al igual que el paciente, somos seres humanos. Pero estoy seguro que si el médico no hubiera perdido y hablo en forma general, el sentido humanitario de la Medicina, si dejase de ver a la persona que tiene en frente como una enfermedad o un órgano y se diera tiempo de adentrarse en sus sentimientos y pensamientos, no solo sería mejor profesionista, sino que más fácilmente podría inclusive cobrar por ello y el paciente gustoso lo pagaría, como quien paga dinerales por un servicio más vanal que la salud misma.

Soy amante confeso de la tecnología, de los avances de la ciencia y de la computación, pero a veces no me gusta ver que los doctores ya solo ven a sus pacientes a través de un tomógrafo, saben de él por lo que leen en la computadora y si les preguntas por el color de sus ojos, a veces ni el oftalmólogo mismo puede decírtelo. Creo que la tecnología y las herramientas que nos brinda, debemos tomarlas como eso, como herramientas, me gusta el hecho del expediente electrónico y espero con ansias que en México se de ese paso que lleva detenido tanto tiempo por los legisladores para que se acepte como un medio de resguardo de la información y dejemos de tener que depender de computadoras y papel al mismo tiempo (para quienes no me entiendan, en mi país aunque ya se tiene el expediente electrónico, hay que imprimir todo, puesto que no es aún legalmente reconocido como un medio de resguardo de la información), pero le veo una dificultad, un pero, como todo en esta vida, el paciente siente en ocasiones lejano a su médico porque ve más el monitor de su computadora que su cara, he buscado formas, que creo han solucionado esta situación en mi consulta, pero porque en parte, afortunadamente, sigo gozando de “tiempo” para atenderlos, así que si les dedico un rato y luego volteo al monitor, no se sienten excluidos, además de que siempre les recalco la importancia de anotarlo todo.

En fin, parte de este espacio, como se habrá visto, será destinado a defender lo que para mí es vital en la Medicina, el trato humanista, que más allá del científico que llevo en mí, que exige pruebas de todo, que ama la Medicina Basada en la Evidencia, que reclama por estudios metodológicamente bien planteados, estoy convencido de que si el galeno a la hora de estar frente a su paciente, no logra ser humano y estar al nivel del enfermo, de nada sirve ninguna publicación, ninguna guía internacional o el método diagnóstico con mayor especifidad y sensibilidad demostrados.

Hablaré también de la Medicina Basada en la Evidencia, puntos que en el pasado de la Medtropoli.net eran muy importantes y dónde el doctor Rafael Bravo (@rafabravo) a sido un ejemplo desde que empecé con este proyecto, interrumpido muchas veces en 1999.

Positivismo en el Humanismo

Querer imponer un método científico y riguroso a todo, es decir caer en la tendencia positivista, suele ser un error de los médicos, matemáticos, etc. En general todo aquel que hace Ciencia, aunque en realidad aquí empieza a crearme ámpula el hecho de que lo humanístico, no sea Ciencia, yo creo que sí lo es, pero bueno, hablemos pues de el hecho de tener que seguir un paso determinado, al que conocemos como método, para alcanzar un fin, que generalmente debe de poder ser medible y demostrable.

Es curioso para mí ver, que algo que es realmente cualitativo, como es la calidad de la atención, no solo en la Medicina, sino en cualquier servicio en donde existe una interacción entre el prestador de un servicio y el usuario del mismo, querámos medirlo en forma cuantitativa, asignándole un número a nuestro “grado de satisfacción”, como si esto pudiese representar algo, comentaba con gente de dedicada a realizar encuestas, me comentaban que lo único que significa es que tú comparas con un determinado número por ejemplo del 0 al 10 tu agrado, alegría, enojo, etc. y es nuevamente bajo tu perspectiva que escoges un número, muy diferente a la forma de verlo de otro, pero si ambos toman por ejemplo el 7, serán catalogádos dentro del mismo grupo, al final de cuentas si yo llegó y te digo, estoy 7 ¿significa algo para tí?

Actualmente, en la maestría estoy viendo precisamente diseño cuestionarios que nos ofrezcan la posibilidad de transformar lo cualitativo a cuantitativo ¿pero realmente podemos volver un número nuestras opiniones y sentimientos? ¿Un paciente puede decir cuan contento se encuentra por la atención recibida de su médico? ¿Es más importante el tiempo que el paciente espera en la sala de espera o la calidez o frialdad con que su médico lo atiende? ¿Un número puede calificar realmente la efectividad de un tratamiento determinado o la agudeza de un galeno para llegar al diagnóstico?

La verdad es que más allá de mi espíritu científico, en donde el positivismo reina y las matemáticas gobiernan a través de la estadística y todo busca ser demostrable, creo que la calidad de la atención, ya sea en un consultorio médico, un hospital o en el supermercado, no puede ser medido con escalas numéricas, no hay un sistema que pueda expresar lo que yo siento que no sean las palabras, aunque soy consciente de que eso hace más difícil a cualquiera que quiera ejercer su labor dentro del área de Calidad de medir la satisfacción de toda una población, ello me justifica el uso de las encuestas y las variables numéricas, pero me aleja de la cercanía de lo que desde siempre he comprendido como la relación médico-paciente.

Últimamente en mi cuenta de Twitter, he comentado infinidad de veces que no me agrada el hecho de que se mida la calidad de la atención que se brinda, en función de la “productividad” obtenida, inclusive en cuanto al tiempo que un paciente se encuentra esperando en la sala de espera, ello no habla para nada de cómo se siente en mi consultorio, si para él o ella resulta un martírio esperar 10 minutos de más o como lo he visto en muchos de los “usuarios” (hablaré después de estos términos) de la unidad donde trabajo, no les pesa esperar ese tiempo, porque saben perfectamente que será retribuído en su atención, puesto que si un día necesitan más tiempo para que les explique y aclare todas sus dudas podrán tenerlo y no serán corridos del consultorio con un hasta dentro de un mes, frío y sin más, y eso si es que acaso les dirigen la palabra, porque ya está el otro paciente entrando al consultorio.

En fin, no hay encuestas que lo valoren, pero creo que más vale la palmada en la espalda del paciente cuando se retira, la sonrisa afectuosa cuando llega, el trato cálido y amable cuando entra al consultorio y que de pronto vean que el médico está tan interesado por ellos que hasta se acuerda del nombre de alguno de sus nietos o que se iban a ir a la playa después de haber ahorrado toda la vida y les pregunte por ello. Lo siento, voy encontra de mi propia mentalidad positivista en donde pido demostración de muchas cosas y sigo un método para casi todo lo que hago y me gusta sí, pero curiosamente si aquello me apasiona, me llena más y realmente cumple con mi vocación el hecho de poder ayudar y ser apreciado por mis pacientes y ello no se mide en grados de confiaza de una prueba ni lo encuentro en las tablas de Z, no hay rho de Spearman que lo mida, ni nada por el estilo, simplemente es valorable con el abrazo, el beso, o simplemente el cariño que tus pacientes te puedan demostrar.