Posts Tagged ‘Calidad’

Calidad en la atención de salud… un gran talón de Aquiles

Publicado en La Jornada Aguascalientes

Nunca me cansaré de opinar que no coincido en muchos de los estándares que se consideran para medir la calidad de la atención en salud. Hablar de números resulta algo cuantitativo y no cualitativo. Como científicos por lo general tendemos a buscar este tipo de variables, argumentando que los números nos resultan más substanciales, más “medibles”, entiendo y comparto esa visión para casi todo excepto cuando hablamos de calidad, donde nada mejor que la variable cualitativa para valorarla, no en vano su nombre.

PUBLICIDAD

Si bien es cierto que el tiempo que un paciente permanece en una sala de espera es importante y puede ser una de las quejas más recurrentes cuando entrevistamos a su salida de un centro de salud o una clínica, esta casi siempre va seguida de un comentario extra: “espere tantas horas, para ser atendido en 5 minutos”. Y es que la gente puede esperar solo un par de minutos o inclusive una hora o más (siempre y cuando no se trate de una emergencia, ya sea real o sentida), pero lo que realmente esta quiere es ser atendida con calidad.

¿Pero qué es calidad? El problema es que no nos hemos puesto de acuerdo en la definición de una palabra tan común. ¿Cómo expresar lo que significa calidad en la atención de un paciente o “calidad de vida”? Es realmente una situación complicada que debemos valorar muy a detalle.

Permítame hacer una analogía no muy apropiada para poder sustentar mi opinión. Cuando acudo a una tienda de computación para adquirir un nuevo equipo, espero la mejor de las atenciones, un trato cálido de quien me atiende y no que simplemente me indiquen en que pasillo las encuentro o su costo sin más detalle. Tengo la expectativa (nunca cumplida en nuestro país) de que quien intente venderme un producto de computación tendrá idea de sus características más importantes, memoria, procesador, novedades, hardware, software, garantía, etc.

No espero que me atiendan en dos segundos, sino que me dediquen el tiempo y me orienten para que pueda tomar la mejor decisión para mí. Si me veo muy exigente esperaría que no intentaran venderme el más caro solo por el costo, sino que fueran honestos y me ayudaran a elegir la que más me conviene aún si esto no representa una ganancia jugosa para la tienda.

Pues creo que esta es la primera visión que debemos de tener cuando un paciente acude a nuestro consultorio o a la clínica, privada o gubernamental, donde laboramos. El paciente acude esperando que el médico y todo el personal que labore en dicho centro tenga una sonrisa en la cara o al menos una atención cordial, atenta y sobre todo que se le de el tiempo para expresar sus angustias, dudas, etc.

Me he percatado que en su mayoría los pacientes no esperan que el médico lo sepa todo, uno puede aceptar sus limitaciones y si lo hace se le agradecerá haberlo hecho, particularmente si va acompañado por la orientación de a quién acudir para solucionar tal o cual problema, es decir si lo referimos con quien sea más factible que pueda ayudarlo. Los médicos que refieren en forma oportuna y acertada no pierden “clientes” por el contrario, se les reconoce el acierto y la honestidad.

Creo fielmente en el derecho que tiene el individuo a conservar su salud y por esta no entiendo únicamente la ausencia de enfermedad, sino como define la ONU un estado de completo bienestar tanto físico como emocional y social, lo que ya complica un poco la labor del médico y lo obliga se quiera o no, a involucrarse en campos que quizás no sospechaba cuando tomaba la carrera de Medicina como su opción vocacional. El médico deberá hacer en menor o mayor medida política social para ayudar a sus pacientes.

Dedicarle a un paciente 10 o 15 minutos de atención en la mayoría de los casos no resulta suficiente. No permite al galeno escuchar las dudas o preguntas de quien acude a él para aclarar algo que puede estar atormentándolo. Mucho menos es tiempo suficiente para establecer un interrogatorio completo sobre los signos y síntomas que presenta el paciente, una adecuada y minuciosa exploración física, elaborar la nota clínica completa y a detalle, expedir las recetas y establecer un adecuado vínculo médico paciente para lograr con ello mayor adherencia al tratamiento y un mejor resultado.

La calidad también depende del grado de preparación del médico que ejerce la atención. Desde que entramos a la carrera de Medicina se nos dice que el médico estudiará siempre, nunca se terminará su etapa de estudiante, únicamente termina su vida universitaria. El gran problema radica en que muchos médicos olvidan esta premisa, no vuelve a actualizarse o lo hacen muy superficialmente únicamente para cumplir un requisito. Si bien el conocimiento médico es tan amplio que resulta imposible dominarlo todo, no podemos quedarnos sin leer, no hay justificación para ello o para utilizar un congreso como una fuente de convivencia social más que como un espacio académico.

En conclusión, una atención de calidad no es medible por los tiempos de espera o el número de pacientes que ve un galeno (lo que solo califica productividad y no calidad), se debe de valorar la calidez de la atención, la cercanía del médico con su paciente, lo detallado de la consulta, el tiempo que le da para expresar sus dudas y la forma en que las responde, la preparación del doctor, etc. Esto únicamente hablando del médico, pero la calidad de la atención empieza muchísimo antes, incluso fuera de la clínica, empieza desde las autoridades al ejercer políticas sociales y de salud en beneficio de la población. Así mismo el paciente es corresponsable de la calidad

La bata blanca, ¿necesidad real o tradición impuesta?

Imagen: felixmaocho.wordpress.com

Recuerdo cuando era chico y acompañaba a mi padre a su trabajo, verlo caminar con ella puesta y luego voltear a mi alrededor y ver tantos entes caminando orgullos con otra igual sobre sus hombros, en realidad es que era un objeto cuasi mágico con el cual soñaba vestirme alguna vez. De niños algunos sueñan con su capa de mago, con la Superman o con infinidad de vestimentas distintas, yo siempre quise portar una bata blanca.

PUBLICIDAD

Ya en la secundaria, cuando empiezas con tus clases en los laboratorios de Biología y Química, entre las hormonas a todo lo que dan y la ignorancia de lo que esa vestimenta implica en un futuro, tu cabeza se dispara y empieza a elevarse, ¡no te la quitas ni para ir al baño! Poco a poco empiezas a aburrirte de ella, pero sigues con la ilusión de que un día esa bata se acompañe de un estetoscopio y que tenga tu nombre bordado con la abreviatura Dr. precediéndolo.

Al llegar a la facultad, ilusionado te pones los zapatos blancos, los calcetines blancos, los pantalones blancos (por su puesto los calzones blancos, sino todos verán los corazoncitos), la camisa blanca, el cinturón blanco, la corbata y por su puesto ¡la bata blanca!. Caminas cual pavorreal, urge que todo el mundo voltee hacia donde estás… llegas y ves que a tu alrededor hay más de 1000 personas que visten el tan preciado atuendo, en realidad en ese mundo, lo único que logra es opacarte, el día que te vistas de negro o de rojo, ¡ese día brillarás! ¡Ah! pero han de terminar las clases y saldrás a la vía pública con dicho atuendo (tal vez ya un poco sucio del uso diario) pero es la oportunidad perfecta para que te vean, aunque los profesores te dicen que te quites la bata al salir del hospital para evitar la contaminación (de adentro hacia afuera y visceversa), haces caso omiso y caminas con ella por todos lados, te metes al metro, te subes al autobús, manejas con ella y si pudieras duermes con ella. Cuando llevas 6.5 años viviendo con ese atuendo empiezas a aborrecerlo, de pronto se te ocurre que quieres estudiar una especialidad, así que el “disfraz” lo tendrás al menos unos 3 años sino es que una decena más. Entonces empiezas a aborrecer el blanco en tu ropa y cuando ya no quieres usarla, los zapatos blancos, las camisas blancas, las chamarras blancas, son el accesorio de moda.

Pero no empecé este artículo tan solo para hacer un anecdotario del uso de la bata en el estudiante-residente, sino por que hoy, pensando de qué escribiría para no dejar pasar mucho tiempo, vi mi bata colgada frente a mi, muy mona en un gancho y me dí cuenta que después de tanto pelear por ella, poco a poco, la he ido haciendo a un lado y quiero comentarles el por qué, para luego recibir sus impresiones.

Tal vez guiado un poco por el aburrimiento de vestirme tanto tiempo igual, particularmente al salir del internado con las guardias y los uniformes que al terminar, más que blancos parecían grises o quizás movido por el hecho de estar en el servicio social, rodeado de tierra y lodo, con un mucho calor y donde podía lavar muy poco mi ropa (la blanca recién lavada con un ventarrón quedaba peor, por lo que esa la llevaba a que me la lavaran en una lavandería una vez al mes), poco a poco fui dejando mi bata a un lado, misteriosamente empecé a notar que la gente se me acercaba más, particularmente la gente mayor y los más jóvenes. Esta serendipia me llevó a tomar una nueva actitud, me dí cuenta que más allá del estatus que me pudiese dar la bata, ese objeto de deseo infantil y puberiano, prefería la cercanía con mis pacientes. Puedo encontrar mil y un razones que justifiquen su uso y un número similar que apoyen mi noción, tal es el caso del fenómeno de hipertensión por bata blanca.

Hablemos de este último fenómeno para tratar de explicar mi teoría (que aclaro puede ser errónea):

Es cierto que el fenómeno de la hipertensión por (o de la)  bata blanca, no está forzosamente relacionada a esta prenda, sino que ha sido denominada así por el hecho de que la gran mayoría de los médicos la utilizan. Pero este fenómeno demuestra, en base a muchos estudios realizados, el efecto que el simple título de “médico” puede tener en un paciente. Si el simple hecho de saber que acuden a un consultorio puede generar tanto estrés en un paciente, ¿qué sucederá si al sentarse en el consultorio lo primero que ve es una bata blanca y un estetoscopio colgando del cuello?

La realidad sea dicha es que aunque muchos manejarán que es una cuestión de higiene, es más que nada una tradición heredada, creo inclusive más antihigiénico el uso de este implemento que se tiende a lavar menos que la ropa que nos quitamos y ponemos día a día. Es simplemente un símbolo del que ni los mismos médicos saben su signficado e historia. Además de ello es un sistema de “defensa” del médico ante cualquier imprevisto con el paciente, es poner un letrero de “yo soy el que sabe”,”yo soy el que manda” o algo así como “cuidado médico adentro”. Lo mismo sucede con el fenómeno del estetoscopio colgando del cuello, que si bien en el hospital tuve la experiencia de que era mejor usarlo así que verlo robado, no tiene mayor utilidad y bien puede guardase en la el bolsillo del mismo pantalón y en tu consultorio mantenerse en el área de exploración.

En resumen, yo soy de los que han ido rompiendo con las costumbres y suelo atender a mis pacientes sin tal vestimenta, jamás he tenido problemas en establecer los “roles” de médico y paciente, por el contrario la relación la siento más cercana, con mayor confianza. En el trabajo gubernamental llevo una, pero suelo dejarla colgada en un “perchero” improvisado en la lámpara de pie. Sin tener estudios controlados, basado en mi propia perspectiva, esto me ha dado resultado, pero en honor a la verdad otras fuentes señalan lo contrario (tengo qeu buscar el estudio original y ver si se menciona el cuestionario y este no era tendencioso).

Quiero aclarar que no es lo mismo hablar de la bata en el consultorio que de un uniforme quirúrgico donde si tiene un papel real de asepsia y antisepsia o inclusive de la bata en un laboratorio, donde esta es una vestimenta de protección.

¿Qué opinan? ¿Es la bata un implemento necesario o impuesto por la tradición o se trata de un arma egocéntrica del gremio médico?

¿Médico o surtidor de recetas?

Imagen: cooperativa.cl

PUBLICIDAD

Como lo he mencionado en otras ocasiones, siempre estaré a favor del trato cordial, cálido y cercano a los pacientes, pero también he subrayado que el paciente debe de corresponder a dicho trato de igual forma, además de responsabilizarse de su salud. El médico y el personal de salud deben de trabajar para velar por el bienestar de los pacientes, pero de nada servirá el trabajo de los galenos, enfermeras, nutriólogos, psicólogos, etc. si el paciente no lo quiere.

En reiterados artículos he escrito que la labor del médico debe ser reconocida, que si tanto se ha puesto de moda el síndrome de Burn Out, es precisamente por la falta del estímulo a la actividad del personal de salud, fuese la profesión o actividad que fuese. Pero creo que en su mayoría mis comentarios han ido dirigidos a las autoridades y compañeros, pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que también debo enfocarme en los pacientes, esto me ha extrañado hasta a mí, puesto que generalmente digo que la mejor paga que tiene el médico es el agradecimiento de sus pacientes, entonces ¿por qué concluyo esto ahora?

Sigo sosteniendo que no hay mejor paga en el mundo que ver que un paciente te sonríe, te de las gracias, o se acuerde de ti y te lleve una goma de mascar, unos dulces, un queso, una sábana hecha por ella, una bufanda, etc. (no podría enumerar todas aquellas cosas que me han dado y me motivan). Pero realmente lo que más me motiva es ver que mis pacientes responden a las acciones que yo hago. Y, ¿qué hago?

Pues bien mi labor tanto en mi trabajo en el sector público como en el privado, se centra principalmente en educar, creo que va más allá de prescribir una receta o realizar alguna intervención física. En su mayoría los pacientes que yo atiendo son adultos, así que podemos concluir por ahí, que ya son responsables o al menos eso creemos. El asunto es que educar a un adulto es muchísimo más difícil que educar a un niño, tiene usos y costumbres muy aferradas, varias de las cuales tenemos que modificar para controlar sus enfermedades, diabetes, hipertensión arterial, dislipidemias, obesidad, etc. Es por ello que hacemos muchas veces uso, no solo de las habilidades que pudieramos tener nosotros, sino de la consejería y orientación de Psicología.

Ok, sabemos entonces que los cambios serán difíciles, que no los veremos de la noche a la mañana y que requieren de constancia por parte del equipo para lograr crear conciencia, para cambiar usos y costumbres arraigados a través de los años, pero cuando se logran estos cambios, sabemos que el paciente ha entendido, se ha responsabilizado de su problema y en definitiva, significa un gran logro para todos los que integramos el equipo, algo que nos motiva a seguir trabajando. Lamentablemente reitero, no es algo sencillo y no siempre se obtiene el éxito esperado.

Pero esos “pequeños fracasos” no son los que nos derrumban, porque en sí, la gran mayoría de los pacientes, aunque no hagan cambios de 180º, si hacen pequeñas modificaciones en su estilo de vida que impactan favorablemente en su salud y conforme van viendo resultados se van motivando a seguir cambiando. Estos pacientes, que vemos tan seguido y que van sintiendo los resultados, van integrándonos a sus vidas e inclusive, resulta difícil darlos de alta para que sigan siendo manejados  en sus unidades y muchas veces vuelven.

Así pues, que un artículo que empezaba como queja parece subrayar el por qué considero la mejor paga, la que viene no de la cartera, sino de la misma salud y de la actitud del paciente. Pero era necesario ver el lado positivo para entender el obscuro. Tristemente, existen pacientes que por más que uno le busca, no encontramos la forma de cambiar nada, siguen viendo en el médico y en la Medicina, la solución exprés, tal vez motivados por todos estos pseudofármacos maravilla que “curan” todo, incluyendo la diabetes, sin el menor de los esfuerzos.  Para ejemplificar les contaré una anécdota de esta semana:

Llegó una paciente, que como muchos, acuden a consulta con una lista como si estuvieran acudiendo al supermercado, esperando que uno les surta las recetas según sus deseos y no según sus necesidades. Inclusive, cuando se les pregunta cómo se ha sentido, si no ha tenido alguna molestia, etc. lo niegan, pero solo ven que uno saca el bloc de recetas o sabe que está escribiéndolas en la computadora, después de media hora de consulta empiezan a toser y te dicen que si no tienes antibiótico, así, directo, sin titubeos.

Respiras profundamente y comienzas un interrogatorio, ¿desde cuando tiene tos? ¿Con o sin flemas? ¿Fiebre? Las respuestas son: Desde ayer en la noche (menos de 12 horas), sin fiebre, sin flemas. Te paras, auscultas, revisas la garganta y todo se ve a las mil maravillas. Realmente no requiere un antibiótico. Prescribes un antinflamatorio ya que te refiere “dolor en la garganta” y explicas el por qué no consideras que requiera antibiótico.

De inmediato te pregunta que si no tienes nada inyectado (resulta que la razón principal para rehuir a la insulina es el miedo al piquete, pero todos quieren antibióticos inyectados), le comentas que no y te refutan: ¡yo vi que la señora que salió antes que yo se llevaba unas inyecciones!.

Le respondes cortesmente  ”la señora que salió antes que usted llevaba insulina, es lo único inyectado que manejamos en esta clínica, si requiriera algún otro medicamento, como un antibiótico, se le enviaría a su Centro de Salud, esta Unidad está focalizada únicamente a enfermedades crónicas, cuenta con un arsenal pequeño de antibióticos y otros medicamentos para enfermedades que pudieran aparecer cuando acuden a su consulta mensual, pero resulta muy básico”.

Cuando te levantas para acompañarla a la puerta,  la paciente se para y se acuerda que le duelen las rodillas ¿no tendrá diclofenaco? y de una vez doctor, deme algo para el estómago, que me ha dado gastritis, pero que no sea ranitidina, no me hace, mejor omeprazol o pantoprazol. (El por favor a quedado borrado del léxico)

Lo siento señora, como le comenté, esta clínica tiene una función específica, además de que ya tenemos el tiempo justo y necesito pasar a los demás pacientes, acuda a su Centro de Salud para que valoren que medicamento es el mejor para usted.

(Nota: a la paciente le concedí 15 minutos más de consulta para atenderla de su supuesta infección, cada vez que terminaba una receta, tenía un nuevo padecimiento. Insisto en que defiendo el tiempo de consulta largo, pero en este caso la señora obtuvo una consulta de 45 minutos y también hay lo que se llama respeto por el paciente que espera fuera).

Termina la consulta y parece que ahí acabó el incidente, el cual ya te molestó un poco pues te hace sentir, al menos a mí, utilizado y que tu palabra y años de estudio no tienen valor ante los deseos de su majestad la paciente. Pero no, al día siguiente llegas a la sesión clínica de la unidad y frente a todo el equipo tu Director te comenta que la paciente se fue a quejar, que deberías atender todo lo que se presente aunque sea una clínica de crónicos, en resumen que no atiendes a los pacientes como se debe. Cuando preguntas por qué caso hablan, te enteras que fue la señora del antibiótico y das tu versión de los hechos, a medias porque no te dejan terminar, cuando tu Director te dice que él si le prescribió el antibiótico. Mejor no interrogar los criterios de dicha prescripción, porque sin duda no hay otro que “quitarse a la paciente de encima”.

La carga de pacientes que vienen pidiendo antibióticos ha incrementado a raíz de la política (bien impuesta), de prohibir la venta de medicamentos sin prescripción, el problema está en que los médicos seguimos prescribiendo fármacos sin tener criterio alguno, tan solo por “agradar” al paciente. Bajo mi premisa de que lo correcto es educar y no ser repartidor de fármacos, seguiré siendo criticado por mis autoridades, pero tengo evidencia que me respalda.

Cuando el médico es el paciente

Cuando el médico es el paciente. Imagen: aplamancha.blogspot.com

Hoy me tocó estar del otro lado del escritorio, suelo insistir en tratar bien al paciente y hoy vuelvo a hacerlo, ahí les va mi historia…

Desde hace ya varios años me uní al exclusivo club de pacientes con Migraña, en realidad no tenía intención de pertenecer a él, pero es que tú no lo escoges, ella te escoge a ti. Es de esos padecimientos en donde el paciente no puede hacer nada para evitarlo, simplemente se presenta. Desde hace 4 años o un poco más, los ataques empezaron a ser más frecuentes, sobre todo desencadenados en episodios de desvelo y estrés, ¿cómo médico, particularmente como residente, podía yo evitarlos? En realidad no… en los últimos años, si ven mis primeros posts en el blog, podrán ver que he estado sometido a tensiones, enojos, etc. ¿quién no?. Pero de todos modos, con o sin ellos, hay días que a mi amiga le gusta venir a visitarme.

La madrugada de hoy fue una de esas, la migraña decidió aparecer, inoportunamente despertarme y simplemente no dejarme seguir durmiendo, pero tampoco irse ni permitirme abrir siquiera los ojos. Tome mi dosis de Zoming (zolmitriptano) pero tardó un buen rato en empezar a hacer efecto, de hecho a penas logró hacer que pudiera soportar la luz del iPhone para enviar el mensaje de que no podría llegar a trabajar. Así fue que, aunque los pacientes no lo crean, un médico caía víctima de la enfermedad.

Al lograr recuperarme, tome el coche, aún con cefalalgía pero ya sin hipersensibilidad a la luz y manejé ahasta el I.S.S.S.T.E. (para mis amigos de otros países, en México la atención pública se divide en tres grandes rubros: I.M.S.S. es el servicio de Seguridad Social para trabajadores, el I.S.S.S.T.E. para los  trabajadores del Estado y aquellos que no tienen derecho a ninguno de estos, son atendidos directamente por la Secretaría de Salud (donde yo trabajo, generalmente con menores recursos económicos, como ya he hecho mención).

En fin, pude haber ido a las 13:00 que pude ponerme de pie sin molestias mayores (nunca fue un “descanso” esto de estar sin hacer nada con la luz apagada y sin ruidos), pero no tenía caso hacerlo, ya una vez me presenté y se habían acabado los turnos, y tendría que esperar a que el siguiente iniciara, así que salí a las 14:00 hrs. para tomar mi turno. Decidí ser uno más, nunca mencioné ser médico (a veces cometemos el error de dar preferencias a los colegas), hice las mismas colas que todos los demás usuarios, aún cuando algunos de enfermería me reconocieron. Quería vivir la experiencia de ser el paciente.

Pues bien, llegué a las 14:15, ya había 30 personas antes que yo, en una lista de 3 consultorios trabajando, así que tendría que esperar, eso ya lo sabía. Mientras oía protestar a algunos pacientes, pensaba para mis adentros que cuando entran, lo que quieren es que se les trate dignamente, con respeto, cariño y se les escuche, al menos así lo pregono y practico yo, la espera se hizo larga, y aunque no me sentía bien, procuraba concentrarme en ese hecho. Pasaron más de 3 horas, donde no hacía nada, no había como distraerme y el dolor de cabeza comenzaba a incrementarse nuevamente.

Identifiqué a la médico (o médica como algunas personas empiezan a poner) que me atendería, en realidad hacía una hora y media que no pasaba a nadie, todos los que deberíamos pasar a su consultorio seguíamos ahí, mientras que las personas asignadas a otros galenos continuaban pasando, ella estuvo un buen rato intercambiando risas y cotorreos con algunas personas en el pasillo. Todavía guardaba esperanzas de que al pasar al consultorio las cosas serían diferentes, que tal vez entre risas y chacoteos estaba interveniendo por un paciente, intercambiando información médica o yo que sé que pasaba, no la juzgaría.

Llego mi turno 4 horas después, entre al consultorio, donde había música tropical de fondo, jamás se me volteó a ver, extendió mi mano como esperando que le diera algo, o sí, los signos vitales que me habían tomado previamente, me arrebató el papel en cuanto se lo extendí y siguió sin verme, no volteo jamás a verme a los ojos… a los pocos segundos tras escribir en el expediente me preguntó si sufría de alguna enfermedad importante o tenía algún antencedente de importancia. A esto siguió mi comentario sobre mi operación de corazón por Tetralogía de Fallot a los 4 años y la posterior implantación de un marcapaso a los 14, de ahí en fuera, sano….

- ¡No, no! ¡Que si tiene Diabetes o Hipertensión!.

- O perdone, conteste, no, no tengo

- ¿Qué quiere?

- ¿Perdón?

- Por algo vino, ¿no?

- Mire, sufro de migraña, tomo topiramato para evitar las crisis, pero hace ya unos meses lo suspendí, al haber cedido las crisis, tal y como me lo indicó el Nuerólogo, pero hoy en la madrugada me despertó el dolor, tuve episodios de nauseas sin llegar al vómito, me molestaba la luz (no quería utilizar ninguna frase que pudiera hacer sospechar mi relación con la Medicina) y aunque tome el Zoming no se me quitó por completo el dolor, actualmente me duele, ya no tan intenso, pero sigo con dolor de cabeza.

- ¿Le duele? – Mientras lanza esta pregunta en tono sarcástico, pone una cara de extrañeza, como si estuviese mintiendo, parece que en la Escuela de Medicina le dijeron que si un paciente no está en el piso retorciéndose del dolor, no tiene dolor. Tras esto continuó. – Entonces lo que quiere es que le de más medicamento – Todo en un tono de afirmación.

- Si es lo que considera más apropiado, que así sea Doctora, además de que el día de hoy no pude ir a trabajar por el trabajo, no sé si será (jamás exigí) posible que se me extienda una incapacidad por el día de hoy.

- Pues si no fue en la mañana, tuvo que venir en la mañana.

- Doctora, tuve migraña, me dolía la cabeza, la luz me molestaba y no podía salir, por tal motivo vengo hoy, pero más tarde, se que no pueden generar incapacidades en días posteriores al problema, pero no me habían informado que tenía que venir en el momento en que tengo el problema. – Para mis adentros pensaba, ¡como si yo hubiese escogido el enfermarme! Llegué a pensar inclusive en decirle lo decepcionado que estaba de su labor, de colega a colega, pero preferí salir antes de enca… de molestarme más.

Tomo el recetario mientras y extendió la receta mientras marcaba su celular y se ponía a platicar con alguien más, nuevamente a mucha risa y carcajada. La música tropical continuaba emanando de las bocinas de su computadora. Extendió la receta, la nota de incapacidad, me aventó una pluma para que la firmara y me dijo: Cuando salga llame al paciente Perenganito de Tal…

Jamás me volteo a ver, dudo que si me ve en la calle sepa quien soy, yo si reconoceré sus uñas con exceso de diamantina. Así terminó mi visita a un servicio de salud. Cuando esto sucedió me puse a analizar que tengo razón al insistir en querer hacer que los médicos atendamos con mayor calidad a los pacientes, que les demos el tiempo de expresarse, que establezcamos contacto visual y que al menos estrechemos sus manos. En su mayoría están enfermos y su enfermedad los angustia, sentidas o no, para ellos son un problema real y en ocasiones una urgencia, aunque no lo sea así. En verdad, no saben lo mal que se siente ser tratado como si se fuera criminal.

No juzgo a la doctora, en ocasiones me he quejado de las condiciones en las que trabajamos, etc. Pero creo que ella también debe de entender que el enfermo, no es culpa de él y en realidad, si ahora estaba presionada por el tiempo que tenía para atender el cerro de expedientes que tenía en su escritorio (siempre me quejaré de lo inhumano que es para el paciente y para el médico), debió preveerlo antes de estar una hora tomando su café y dialogando amenamente en el pasillo con otros miembros del personal, pues si bien es un exceso de pacientes el que se le asignan, uno también debe darles prioridad.

Por otro lado, me hizo viajar a mi práctica personal, muchas veces salgo a la sala de espera y aunque nunca se han quejado oficialmente, los pacientes te ven con cara de que apures tu consulta, en mi caso las cosas son diferentes, trabajo bajo cita, el paciente tiene una hora a la cual debe de llegar y sabe que estará al menos 2.5 horas con nosotros, tiempo que será dinámico, no estará sentado sin hacer nada, en ese tiempo se le tomarán los signos vitales, será valorado por Enfermería, Nutrición y Medicina. Cada consulta llevará al menos 30 minutos y en caso de Psicología 45 minutos, en ocasiones las mismas pueden extenderse si él o ella requieren más tiempo para oirlos o para explicarles algo, desde que llegan se los comento, todos están de acuerdo y nunca ha habido un problema, pero sí de vez en cuando quejas de “el laaargo tiempo que tienen que esparar”.

Pues bien, es cierto, tardé exactamente el mismo tiempo que ellos, pero recibí menos de la tercera parte del tiempo de atención médica que ellos reciben, sin tomar en cuenta, que en realidad no esperan, están en constante atención, a o más, si las cosas se atrasan con alguien más, tendrán que esperar, por mucho, 30 minutos en total. Es aquí que coincido con Amalia Arce (@lamamapediatra) en su artículo titulado “Humanismo Bidireccional“, así como al principio insisto en lo mal que el paciente se puede sentir por no ser atendido con respeto, creo que los pacientes, en muchas ocasiones deben ser un poco más analíticos a la hora de juzgar a los médicos que los atienden.

Para acabar de subrayar esto, hoy (incrementando mi cefalalgia) tuve una discusión con el personal de la Tarjeta de Crédito, donde no me piden grandes datos para cargarme un seguro, simplemente un sí, que quedará grabado, pero en cambio, para cancelar el servicio, “por mi seguridad” (no vaya a quejarme de que ya no me cobran), tengo que cumplir con una serie de requisitos, contestar una serie de preguntas, y no molestarme porque se me este queriendo ver la cara, o en otras palabras, robando, al cobrar un seguro “antirobo” (¿paradójico no?) Sin lugar a dudas el mismo individuo que me atendió y me trató con la punta del pie, llegará a un servicio médico queriendo ser atendido en ipso facto, y tendrá razón, pero también debería aplicar esa urgencia a la inversa… ¿o no?

Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida (2)

Imagen: noticiaaldia.com

Este artículo es la segunda parte de la entrega Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida

Todos tenemos que sobrevivir, y así como el tendero tratará de vendernos sus conservas, la industria farmacológica buscará por todos los medios hacer lo propio. La investigación cuesta y mucho, miles de millones de dólares son invertidos antes de que un medicamento salga a la luz y si el laboratorio es serio, puede que al final, tras una gran suma de dinero esto ni siquiera suceda al comprobarse algún efecto colateral grave. Es por ello que invertirán otra buena suma a hacer que su producto se venda, por un lado crearán en el usuario (no siempre enfermo) la necesidad del producto, y en el médico tratarán de convencerlo de que es la panacea. Creo que hasta aquí, por muy encontra que estemos de dicha práctica, todo parece ser normal, un juego de supervivencia donde, en este momento, el laboratorio ha dejado su moneda en el aire, apostando por supuesto a que caerá la venta, pero pareciese que este juego no es tan azaroso y hay otros factores que cargan la moneda, ¿cuáles son?

Mencionaba yo a los tiempos de consulta, en definitiva, cada vez más breves, ya sea en una institución pública como inclusive en los consultorios privados (o libres como diría el Dr. Miguel Ángel Palacio). En las instituciones públicas, ya he discutido mucho al respecto, se considera de mayor calidad un menor tiempo de espera, aunque ello se refleje en un menor tiempo de antención. En la consulta privada pareciera reinar el mismo espíritu, a consecuencia del trajín diario de la vida, donde cada vez son más las actividades y menos los tiempos. Esto lleva como consecuencia que el galeno tenga poco espacio para valorar a su paciente, pero sobre todo para oirlo, comprender su problemática, y después ofertarle una solución, que no siempre tiene que llevar la prescripción de un fármaco, bien puede ser únicamente una palabra de aliento o inclusive un afectuoso “jalón de orejas”.

Hablaba también de la presión del paciente, aquí viene en parte el juego de la mercadotécnia de la industria, quienes provocan por lo general, la necesidad en el individuo de tal o cual medicamento. No es extraño en mi consulta diaria que los pacientes me pregunten si pueden utilizar tal o cual fármaco que anuncian en la televisión, muchas veces son productos que se ofertan como la solución mágica a muchos problemas de salud, que ni siquiera gozan del “beneficio” de un fármaco bien estudiado. En muchísimas más ocasiones, preguntan por las vitaminas, como si estas fueran innocuas y el remedio mágico para su cansancio, la falta de apetito o el problema común de todos los padecimientos. (Se que existen transtornos secudarios a avitaminosis, pero si siempre la solución estuviera en tomar vitaminas, no sé para qué diantres estudié 6.5 años de Medicina y luego hice una especialidad). En fin, los merolicos han incursionado ahora a la televisión.

Aquí vienen dos factores, la ignorancia y el lucro. El paciente ya viene encausado, con intención de recibir un medicamento, a veces inclusive ya tienen en mente el fármaco que quieren, como si se tratara de un platillo en un restaurant. Si el médico no está bien fundamentado, conoce bien el padecimiento o se dió el tiempo de estudiar conocer a su paciente, corre el riesgo, ya sea de caer en el juego y actuar únicamente como un “expendedor de recetas a la carta” o por falta de fundamentos clínicos y farmacológicos, caerá víctima de la publicidad de los laboratorios, recetando lo que su representante le dijo era lo mejor, el que le dió el regalo más vistoso o el medicamento que aparece escrito en la pluma con que elabora la receta. En definitiva, podrá estar actuando de buena fe, pero eso no le quita lo irresponsable, un médico tiene en primer lugar que valorar bien a su paciente, por otro lado mantenerse en continua actualización y en caso de que el padecimiento no sea de su dominio, referir a quien así lo haga y no por ocultarlo, prescribir por prescribir.

El fin de lucro es aún más triste, y se resume en el hecho de darle “al cliente lo que pida” con tal de que vuelva a regresar, esto a costa inclusive de la salud del individuo, bajo la premisa “si no se los doy yo, van a la farmacia y se lo surten o bien otro doctor se lo dará”. Tal vez sea verdad, pero como médicos, reitero, debemos velar por el bienestar del paciente, y muchas veces, simplemente con hablar y explicar, logramos que los pacientes entiendan que ese no es el tratamiento o que su padecimiento no requiere de un fármaco, inclusive, como decía inicialmente, que su síntoma no corresponde a una enfermedad sino a un hecho cotidiano de la vida.

Hablaba al inicio de la “tristeza” o depresión, y es que se tiene actualmente un abuso de los antidepresivos, en esencia, el origen es el mismo, la falta de tiempo o paciencia por parte del médico para oir y luego para explicar, hemos caído en el juego del “Prozac” y todas sus nuevas variantes (Escitalopram incluído). Otro campo que ha caído en el abuso, es el hecho de la vanidad, los médicos encuentran en ella una gallina que pone huevos de oro y los pacientes, como ya lo he comentado, prefieren invertir en ella que situaciones que realmente afectan su salud, es un fenómeno de todos los días, pero no por ello voy encontra de que existan tales tratamientos, pues reitero, puede que algunos de los casos lo ameriten, cuando ya implican un problema real para la esfera psicológica o social de paciente, aunque no forzosamente la física.

Así que en conclusión, no hay pastillas para soportar la vida, pero sí hay médicos que escuchan a sus pacientes y los ayudan a salir adelante. Espero que cada vez prescribamos más abrazos y “sopitas de pollo” que fármacos innecesarios.

Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida (1)

Imagen: chef3d.blogspot.com

En su número más reciente JAMA publica un estudio donde aparentemente el Escitalopram es eficaz para el control de los bochornos en la menopausia. No me atrevo a debatir el artículo en sí, puesto que no lo tengo a la mano y en este momento no tengo acceso a su versión on-line, prometo que al conseguirlo, agregaré en una nota al pie de esta entrada, un comentario al respecto.

En realidad es que mi análisis en este momento, va dirigida no a la publicación médica en sí, sino a la columna que se generó en torno a ella en el diario Público.es. Comparto, he de aclarar, el hecho de que en la práctica actual de la Medicina, los médicos estamos sobremedicando (no puedo excluírme, tanto porque sería vanagloriarme, como porque he caído en la práctica). Tendemos a quererlo solucionar todo, inclusive, como menciona la autora, los hechos cotidianos de la vida.

Así es, creo que hay cosas que no necesitan un fármaco, algunos son los casos que citan en la columna (calvicie, “tristeza”, menopausa, transtornos de la erección), pero creo que hay que ser un poco más cuidadosos al respecto y no irnos tan superfluos, es ahí donde creo que el artículo de Ainhoa Iriberri, si bien comparte mis ideas, podría tener, creo algunos puntos flojos, creo que le faltó algo, tal vez, al final de mi análisis logremos encontrarlo.

Empecemos, y para ello me iré directamente al tema que originó ambos artículos, ¿es la menopausia una enfermedad? En definitiva, no. Es un hecho que toda mujer pasará por un ciclo en su vida, en donde al final, se encuentra la menopausia, así que entonces, esta es una situación normal de la vida en todo ser humano del sexo femenino; poco menos estudiada está la andropausia, y probablemente el auge más grande se dió en otro caso mencionado por Iriberri, los transtornos de erección e inclusive otro de ellos, la calvicie.

Viene aquí mi reflexión, por no ser una enfermedad ¿debemos dejar que las mujeres sufran los síntomas de la menopausia? Reitero mi postura contra la medicación innecesaria, pero no por ello mi respuesta puede ser un tajante NO, creo que la necesidad o no de la terapia farmacológica en la paciente, dependerá más que nada de la intensidad de los síntomas, recordemos que salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino un completo bienestar en el aspecto físico, mental y social del individuo (OMS). Por lo tanto, si los síntomas están afectándo una o más de estas esferas y requieren una intervención, creo que es deber del médico ofertar el tratamiento más apropiado, sea cual fuere, un antidepresivo, reemplazo hormonal, ambos u otro totalmente diferente, valorando por su puesto el costo-beneficio, tomando por costo, no solo la parte económica, sino las complicaciones que la intervención pudiese tener.

Creo que el tema del problema de erección, si bien es muy similar, tiene connotaciones también mercadológicas, donde los laboratorios farmacéuticos han intervenido de sobremanera. Los transtornos de la erección, antes que nada deben valorarse a profundidad, la solución no únicamente (y no siempre) están en dar una pastilla ya sea azul, amarilla o naranja. Por lo general estos problemas vienen precedidos de otras enfermedades, las cuales tienen prioridad en su atención, tal es el caso de la Diabetes Mellitus, en otras ocasiones, podrá ser causa de un proceso natural de envejecimiento, es cierto, pero bajo la misma premisa que en el párrafo anterior, creo que hay que ser cuidadosos y en cada caso, valorar si es necesario o no dar el tratamiento, muchas veces bastará con hablar con el paciente y con su pareja (es un tema a tratarse con 2 individuos) y la pastilla saldrá sobrando.

Vamos, no debemos de profundizar mucho más, es cierto, como menciona al cierre el artículo de Ibarri, la industria farmaceútica no tiene toda la culpa, pero no podemos excluirla, contribuye en gran manera al problema al incentivar al paciente a buscar el medicamento y en propiciar que el médico lo prescriba. Sin duda otro responsable será el galeno, que caiga en el error, ya sea víctima de la mercadotécnia de la industria, de la falta de tiempo de consulta para valorar bien el problema, de la presión del paciente, o peor la ignorancia o el lucro. Vayamos paso a paso, que este es un círculo vicioso… (Segunda parte)

Encuestas de calidad parecen no tener eco en la práctica

La comunicación médico-paciente es imprescindible. (Fuente: TodoSobreCancer.com)

Digamos que hay cosas que si sigo como un dogma y uno de ellos es el dicho que mi madre me repetía hasta el casancio: “Mal de muchos, consuelo de tontos”. Y en este caso se aplica perfectamente.

En repetidas ocasiones he hablado que la calidad en la atención no puede, ni debe, estar basada en estadísticas, encuestas sin destino real o una aplicación tangible, y parece ser que lo mismo opinan en el estuido de RAND Corporation (el programa más grande de los E.U.A. en cuanto a políticas de salud) y publicado en el Journal of General Internal Medicine.(1)

Resulta que según este estudio, muchos médicos de Massachusetts están aplicando encuestas de opinión a sus pacientes, pero como de este otro lado del Río Bravo, estas no están siendo aplicadas en nada tangible que mejore la comunicación entre los médicos y sus pacientes.

Si bien los grupos médicos estudiados, si hicieron actividades encuanto a mejorar la cortesía con la que se trataba a los pacientes, inversiones para “tecnificar” los registros de salud y el sistema de citas (no sé por qué, pero esto me resulta muy familiar).

Y es que si bien es cierto que se está cambiando un poco la actitud, y ya mencionamos la palabra calidad en la atención, poco o nada se está haciendo cuando hablamos del papel del médico dentro de este concepto, y Dr. Mark W. Friedberg autor principal de este estudio parece estar de acuerdo: “Es alentador que la mayoría de los grupos de médicos en Massachusetts están utilizando los sistemas de cominicación con los pacientes para hacer mejores. Aún así, estamos sorprendidos de que pocos están centrandose en el rol del médico en la mejora de la atención de los pacientes”

¿Se acuerdan de que hablabamos del “empoderamiento” del paciente ante su salud? Pues este estudio también habla de ello, y resulta que pocos grupos medicos en Massachusetts se centran en crear acciones educativas que den a los pacientes armas para el mejoramiento de su salud. ¿Les suena familiar?

Los investigadores presumen que los líderes de grupos de médicos se mostraron reacios a concentrar los esfuerzos de mejora de la calidad de miembros del personal médico por el escepticismo de los médicos sobre los resultados de la experiencia del paciente, así como una sensibilidad a la baja moral entre los médicos de atención primaria.

Estamos hablando de uno de los estados que mayor nivel tiene en lo que a Medicina se refiere en los E.U.A. sino es el que más, con universidades como Harvard y la Universidad de Boston y sus hospitales donde se destacan el Children’s Hospital, el Massachusetts General Hospital, el Brigham and Women’s Hospital, centros de donde salieron varios de los investigadores de este artículo, sede de la revista New England Journal of Medicine, etc. y vemos estos problemas.

Creo que o estaba tan errado, la calidad de la atención en los pacientes no puede estar basada únicamente en números, mucho menos si estos se maquillan para quedar bien “parado” o ganar mayor presupuesto ¿para qué?. No debe ser un consuelo ver que un sistema de saldu como el de Massachusetts también falle, sino una vergüenza a nivel gremio y de índole internacional. Ser de México, Latinoamérica o de dónde se sea, no excuda en nada una atención de calidad, tal vez no con todos los recursos, pero sí con una buena comunicación entre médico y paciente, y es en ese punto donde el estudio se centra, no estan existiendo mejoras en ese ámbito, si mejores sistemas de cita, medios electrónicos, pero nada de ello sirve si no lograms comunicarnos con nuestros pacientes y para ello no se requieren grandes cantidades de dinero, y curiosamente es una labor poco llamativa y por ende políticamente poco atractiva.

  1. Friedberg MW, SteelFisher GK, Karp M, Schneider EC. Physician Groups’ Use of Data from Patient Experience Surveys. J GEN INTERN MED [Internet]. 2010 12 [cited 2010 Dic 20];Available from: http://www.springerlink.com/content/rj6l416t55441124/

Fuente: ScienceBlog.com

1. Friedberg MW, SteelFisher GK, Karp M, Schneider EC. Physician Groups’ Use of Data from Patient Experience Surveys. J GEN INTERN MED [Internet]. 2010 12 [cited 2010 Dic 20];Available from: http://www.springerlink.com/content/rj6l416t55441124/

El paciente. Dueño de su salud

Hoy en día la palabra empoderamiento está de moda. Campañas políticas hablan del empoderamiento de la mujer, del indígena, etc. En Medicina esto no podría ser la excepción y hablamos del empoderamiento del paciente, es decir, la capacidad que tiene el enfermo o usuario de un servicio a tomar decisiones entorno a su salud, a que se le tome en cuenta en la toma de decisiones y en algunos países donde la eutanasia está permitida, inclusive a la decisión de cuando y como morir.

Dejemos a un lado este último tema, un tanto cuanto escabroso y que por ello amerita un artículo para él solo. Hoy he querido hablar precisamente del empoderamiento del paciente en cuanto a su manejo, pero para hacerlo primero hay que empezar definiendo esa palabreja tan extraña, sino es que inexistente hasta hace unos años y que aún no aparece en el diccionario de la Real Academia Española.

El término empoderamiento surge inicialmente como un movimiento social, buscando dar mayor participación a los grupos vulnerables, pero desde sus orígenes, este ha ido cambiando y adoptando nuevas facetas y aplicaciones:

En este sentido, Friedman (1992) señala que el empoderamiento está relacionado con el acceso y control de tres tipos de poderes: a) el social, entendido como el acceso a la base de riqueza productiva; b) el político, o acceso de los individuos al proceso de toma de decisiones, sobre todo aquellas que afectan a su propio futuro; y c) el sicológico, entendido en el sentido de potencialidad y capacidad individual.

De forma similar, Rowlands (1997) señala tres dimensiones: a) la personal, como desarrollo del sentido del yo, de la confianza y la capacidad individual; b) la de las relaciones próximas, como capacidad de negociar e influir en la naturaleza de las relaciones y las decisiones, y c) la colectiva, como participación en las estructuras políticas y acción colectiva basada en la cooperación.

Fuente: Diccionaro de Acción Comunitaria y Cooperación al Desarrollo

Una vez aclarado el tema de que el empoderamiento puede tener una esfera individual, retomemos el tema central de nuestra columna.

Ya hemos platicado de que en la Medicina sin duda alguna hay quienes creen que lo saben todo, que con gran prepotencia manejan a sus pacientes, sin darles la oportunidad de hablar y que en consecuencia hacen que a los médicos se nos juzgue con esa vara, pero siendo sinceros no siempre es así y los mismos pacientes toman esa actitud para facilitarse encontrar una excusa para no responsabilizarse de su propia salud.

Soy un defensor convencido de brindar a todos los seres humanos a una atención médica de calidad, bajo el principio del derecho básico de la salud y en ello trabajo, pero a lo largo del tiempo que llevo trabajando en instituciones públicas (tomando mi formación como parte de dicha experiencia), me he ido dando cuenta de varios puntos débiles que se tienen, no solo en mi país sino en otros lados del mundo por lo que he podido comprobar gracias a internet.

En general es cierto, la calidad de los servicios públicos de salud es pobre, tanto por el alto índice de demanda que conlleva a tiempos de consulta mínimos que traducen en una despersonalización de la atención, riesgos inminentes de iatrogenias y muy probablemente la insatisfacción del paciente y del mismo galeno. Pero y el paciente ¿qué aporta?

Sí, generalmente he considerado que las instituciones deben de vigilar la calidad que se brinda para la atención del paciente, procurar la existencia de insumos para que esta sea completa, ya que en muchas ocasiones los médicos podremos poner de nuestra parte, pero a la hora de solicitar tal o cual medicamento la respuesta es que no hay en existencia o que no se cuenta con el material para realizar un determinado procedimiento. Pero en el caso de un mundo ideal en que esto no sucediera, si el paciente no colabora ¿qué resultado podemos esperar?

Es por ello, que las nuevas tendencias en la Medicina, tienden a responsabilizar al paciente del autocuidado de su salud, poniendo al médico como un intermediario o un consejero, dándole al usuario la capacidad de resolución en cuanto a su padecimiento y tratamiento se refiere. El concepto no fue obra de la casualidad, los médicos se dieron cuenta de que tal vez podrían poseer el conocimiento teórico, pero que a la hora de llevarlo a la práctica la realidad era otra, ¿la diferencia? Pues que en los estudios para valorar los efectos de una terapia determinada todo estaba muy controlado, inclusive la toma del fármaco por el sujeto de estudio, su dieta e inclusive su actividad física, en contraparte, en el mundo real el control del médico termina cuando el usuario sale por la puerta del consultorio/hospital con la receta en mano.

Así pues, la adherencia al tratamiento dependerá de la decisión del paciente y por ende de si quiere o no seguir las indicaciones de su galeno, es por ello que el empoderamiento del paciente resulta tan importante hoy en día. No es de sorprendernos entonces que un tema de boga en las revistas médicas sea precisamente el apego al tratamiento, en particular en enfermedades crónicas: Diabetes, Hipertensión, VIH, Tuberculosis, Artrititis, Psoriasis, etc.

¿La fórmula? Una buena relación médico-paciente, si el profesionista de la salud (no importa la carrera), se toma el tiempo de explicarle al enfermo su padecimiento, las opciones de tratamiento, las ventajas de cada uno de ellos así como sus efectos secundarios, etc., es factible que el paciente tomará una decisión con convicción de seguirla, en muchas ocasiones inclusive guíados por la decisión de su “orientador” y que esto conlleve el alcanzar las metas.

En resumen, como lo he insitido siempre, es necesario darle el tiempo a un paciente, no únicamente una receta para conseguir el objetivo principal, el beneficio del “usuario”, estoy seguro que en general los pacientes prefieren esperar y saber que serán bien atendidos, que ni siquiera hacer uso de la sala de espera o ser atendidos en un sistema de “cola” como en el banco, nada más parecido a una producción en serie.

Medicina 2.0 Pros y contras

He tratado de escribir este artículo de distintas maneras, en general ninguna me ha “llenado el ojo”, tal vez porque he querido seguir reglas de redacción y no he dejado que las ideas fluyan, es por ello que retomaré ese estilo.

La Ciencia y la Tecnología han dado avances muy importantes, tal pareciese que pasa el tiempo y la cantidad de descubrimientos y novedades se exponencía, esto guarda una lógica, conforme la bases son más sólidas, es más fácil seguir creciendo, por ejemplo, los cálculos que antes se hacían manualmente y requerirían días de trabajo, hoy una computadora los realiza con tan solo apretar un botón y no, no podemos decir que lo está haciendo por sí misma, puesto que fue inventada, diseñada, modificada y programada por seres humanos, pero el tiempo en la “línea de producción” se ve afectada. Así pues, que estamos innertes en las nuevas tecnologías, incluisve aquellos más apáticos ante el tema, sin querer participan en este círculo.

Leía el artículo publicado por el Dr. Jair García-Guerrero en el Maletín Cultural de la AMIDA Oaxaca A.C. No. 34, en él toca un tema que a mí particularmente me apasiona, el internet, en particular la Web 2.0 y su uso en la Medicina, especialmente en la Medicina Integrada. Esto me remontó a la historia de la especialidad, donde los miembros de la primera generación nos enteramos de su existencia gracias a internet y también a través de este medio, ahora sí una Web 2.0, se lanzaba la convocatoria a reunirnos y conocernos, es decir la Medicina Integrada ha estado desde sus orígenes ligada a las nuevas tecnologías.

Como menciona el Dr. Jair García-Guerrero, esta especialidad, por nacier en esta era, está por orígen y necesidad, vinculada a las nuevas tecnologías, pero no solo ella, sino cualquier médico en formación e inclusive los actualmente activos. El uso de las redes sociales ya no puede ser una opción más, sino una herramienta cotidiana en la Medicina, los médicos tenemos la obligación de generar nuevos conocimientos, pero en particular en compartirlos, es por ello que la Web 2.0 ofrece una plataforma sólida, dónde el intercambio de opiniones, experiencias y evidencias entre colegas puede realizarse de una manera fluída, sencilla y rápida, acortando las distancias y disminuyendo los costes que esto implicaba, sin sustituir por supuesto la comunicación personal.

¿Deshumaniza el internet? Estoy convencido de que no, es más a través de Medtropoli.net y otras redes sociales, he tenido el honor de conocer a distintas personas, médicos y ajenos a la Medicina, preocupados por mejorar el trato entre los seres humanos. Inclusive me atrevería a decir que a facilitado el diálogo entre las personas, quienes antes por su postura no se hubiesen sentado a dialogar; aunque curiosamente estudios en la Universidad de Michigan muestran que no ha logrado romper con barreras políticas (y muy probablemente lo mismo suceda con situaciones similares).

Tal vez la mayor limitante en nuestro país para el desarrollo del internet sean las diferencias socioeconómicas, una realidad es que el uso del internet y en particular de las redes sociales está concentrado en las grandes urbes y en cambio en la población rural, particularmente las indígenas, esta realidad parecería muy lejana. Aún así, estoy convencido que en forma indirecta pueden beneficiarse de ellas, por citar un ejemplo, el médico estará más actualizado y obviamente ello se verá reflejado en la efectividad de sus acciones (no hablo de calidad, pues es un término más engloba desde el trato al paciente que con el conocimiento cientfíco).

En cuanto al intercambio de conocimiento a través de las redes sociales, un estudio reciente realizado por el Pew Research Center’s Project for Excellence in Jornalism revela que la publicación de conocimientos científicos en forma general, es mayor en la blogsfera que en los medios tradicionales, ahora bien, si se analiza la Medicina aún es mayor el porcentaje de artículos médicos publicados en prensa tradicional en relación a otras temas, cuando lo comparamos con la proporción que tiene esta en las redes sociales, tal vez por una parte guíados por las barreras autoimpuestas por los médicos, en ocasiones en forma justificada, a evitar publicar en Internet información que luego el público pudiera utilizar sin experiencia, provocando mayores daños. Aún así hay un incremento importante y sin duda conforme se pueda tener un mayor control  sobre lo publicado y su disponibilidad a un público seleccionado se incrementará aún más; esto me pone a pensar en que los gobiernos de los diferentes países deberán generar una especie de homolgación de claves profesionales, ya que el acceso a internet es universal y libre de fronteras.

De la importancia del conocimiento sobre Internet y cómputo, habla el Dr. José Narro Robles, rector de la U.N.A.M. al poner en marcha una red inalábrica de Internet en Ciudad Universitaria el día de hoy:

La nueva sociedad de la información que se ha gstado durante los últimos años, cada vez más interactuante, enfrenta la amenaza de nuevas formas de analfabetismo, como el informático.

Sin embargo,  junto a este peligro se tienen grandes posibilidades de aprovechar las nuevas tecnologías que deben ser incluyentes y contribuir al desarrollo de un mayor número de núcleos poblacionales.

Es así que los avances tecnológicos deberían ponerse al servicio del hombre, pero con el cuidado tal de que realmente funcionen en pro de la humanidad y no en un deterioro de las relaciones interpersonales. Ahora bien, tenemos contrapartes, como nos lo hace ver Rick Payne, donde considera que el uso de los expedientes electrónicos puede afectar la consulta médica y es que definitivamente la tecnología guarda riesgos y será responsabilidad de cada uno de nosotros la manera en que los usamos. Comentaba ya en algún artículo anterior en Medtropoli.net que la tecnología puede ser una limitante en la consulta médica, llegando a menoscabar la interacción que guarda el galeno con su consultante. Es por ello que no debemos dejar a un lado estos aspectos, ni querer basar tampoco toda nuestra actividad a una computadora.

Trataré de marcar una postura clara, la informática es de utilidad para la actualización, para establecer vínculos, pero jamás podrá suplir una consulta frente a frente, si bien no estoy en contra de que se pueda hacer una consulta rápida o por ejemplo vigilar el estado de algún paciente, si tuvo dudas sobre la administración de un medicamento o inclusive como herramienta en la adherencia terapeútica (ya utilizado en algunos países con pacientes ancianos), las nuevas tecnologías no puede sustituir a la consulta clínica, desde la recepción hasta la prescripción del tratamiento, pasando por la exploración.

Es bajo esta postura, que considero el médico puede fotalecer los vínculos con sus colegas, pacientes y la sociedad en general, incrementando sus conocimientos, ofreciendo nuevas formas de atención, pero sin que ello implique un distanciamiento como individuos, mas bien por el contrario, siendo un fortalecimiento, estrechando las barreras de la distancia, razas, credos e idiologías políticas. Es por ello que la formación de los nuevos médicos, de los especialistas y en particular la Medicina Integrada, deben estar preparados en el uso de estas nuevas herramientas.

Algunos países como España nos llevan la delantera, pero estoy convencido de que en México vamos por buen camino, a veces pensaría que con cierta apatía, pero artículos como el de Aitor Guitarte, me deja ver que allá sucede lo mismo, aún cuando ya tuvieron el I Congreso de la Blogosfera Sanitaria

Lecturas recomendadas:

Alegrías en el consultorio

He pasado ya mucho tiempo escribiendo sobre la calidad de la atención en el paciente, sobre la insatisfacción laboral, etc. También en Twitter y Facebook alucinan mis quejas sobre las autoridades, pero pocas veces he hablado de lo que mantiene aquí, a pesar de estar molesto, cansado y sí, en ocasiones bastante desmotivado; tal pareciese que es un suplicio levantarse en las mañanas y hacer lo que yo solo escogí hacer, aun después de que mi papá me hiciera ver una y mil veces los contras de ser médico (mismos que he escrito) y es que poco me convencía al verlo disfrutar exactamente lo mismo que yo ahora.

Pues bien, estás dos últimas semanas tras varias de quejas, dolores de cabeza (literalmente inicié con migrañas tensionales, que hasta el neurólogo fui a parar), falta de apetito, desánimo laboral, etc., fueron ellos, mis pacientes, quienes me curaron. Ya fuese Antonia con su narración de todo lo que comió, haciendo una descripción tan exquisita que me cuesta trabajo llamarle la atención porque se sale de la dieta; ya fuera doña Celia porque hiciera una pataleta (con todo y andadera) porque le avisé que se irá de alta la próxima cita y luego me soltara una sonrisa, ellas me hicieron recordar qué fue lo que me trajo hasta aquí, hasta un escritorio y oyendo cada uno de sus pesares.

Fue ese paciente que me dijo, a pesar de ser un hombre fuerte, chapado a la antigua, que yo era su ángel, que era el primero que lo oía y que de la nada un día llegó con una playera para mí. También fue aquella señora que se peleo con su hija porque la apresuraba a venir a consulta cuando todavía no terminaba de preparar sus bolsitas con dulces y que cuando le digo… ¡Doña “Sutanita” usted tiene Diabetes, no debe de comer dulces! me voltea a ver con una mirada de niña traviesa a sus 75 años, mete la mano en su bolsa y saca un paquete de dulces y un kiwi, extiende su mano y dice: No son para mí doctor, son para usted, que Dios me lo bendiga.

Ejemplos como estos tengo muchos, pero tal vez el más gratificante se dió hoy, hace 18 meses entró a mi consultorio una paciente que ya había visto yo años atrás, cargaba sobre de ella la fama de ser bastante recia, pesimista y que no seguía las indicaciones de los médicos, además de ello, de mal carácter. La verdad es que los primeros 6 meses fueron difíciles, su talante no ayudaba y estaba totalmente desmotivada; un día saco lo Torre (carácter un poco fuerte, franco y directo) que hay en mí y que me siento a hablar con ella por más de una hora, le hago ver que si no se cuida nadie de la unidad lo hará por ella y de plano le solté que lo pensara bien, que esperaba su respuesta para la próxima cita, se iba a cuidar o pedía su alta voluntaria. Recuerde que es su decisión y nadie aquí nos vamos a molestar por lo que quiera hacer, pero no podemos ocupar un lugar que otro paciente tal vez necesite y quiera aprovechar.

Pasó un mes, cuando abro la puerta del consultorio veo a “Doña Refugio” a fuera, esperando pasar a consulta; seré sincero, yo ya había tirado la toalla como se dice en el argot boxístico. Cuando entra, la saludo, eso sí, nunca dejaré de saludar, preguntar como están y tratar de ser lo más cortés, educado e inclusive agradable posible. Mientras nos sentábamos, la paciente me comentaba que bastante bien, que se sentía mejor (respuesta que no siempre va ligada con la realidad, menos en las enfermedades crónicas, como la Diabetes, la Obesidad y la Hipertensión de doña Refugio, donde los pacientes suelen “autoengañarse”). Así que no esperé mucho, directo me fui a la pregunta, ¿qué decidió Refugio? ¿Va a querer cuidarse o realizamos su alta voluntaria? Mientras tanto, abría el expediente y leía sus signos vitales y sus resultados de los estudios de laboratorio y además oía a la vez que estaba dispuesta a trabajar por su salud, que lo que le había dicho le había dolido y que tenía razón, que ella era la única responsable de su salud.

Lentamente alcé la vista para verla a los ojos, me levante y la felicité, le dije que si bien días antes había tenido que “llamarle la atención”, era también justo reconocer el esfuerzo hecho a lo largo de esos 30 días que habíamos dejado de vernos. De ahí en adelante dejó de ser Doña Refugio y se convirtió en Cuquita, quien llegaba todos los meses con menos kilogramos encima, la Diabetes cada vez mejor controlada, alcanzando cifras de HbA1c de libro, sin datos de hipoglucemia estabamos alcanzando lo que establecía la American Diabetes Association y más. La presión arterial me decía era la primera vez que la tenía normal desde que le habían diagnósticado hipertensión “y lo mejor del caso doctor es que tomo menos medicinas”.

Alguna vez de las que tuve mis ataques de migraña tuve que faltar, la atendió mi vecino, aquél de quien luego me quejo amargamente, sin ver su historial la regañó, le dijo que estaba gorda y que si no bajaba de peso tendría que darla de baja, Cuquita no tardó ni una semana en venir a verme enojada, me dijo que una cosa era la manera en que yo le había llamado la atención y otra muy distinta como mi compañero la había hecho sentir, además que con qué derecho hablaba si ni la conocía. La tranquilicé y le dí ánimos.

“Es que doctor usted es el único que se dió cuenta que estaba deprimida y ustedes (refiriéndose a la Baty, la psicóloga de la UNEME, a Daniel el Nutriólogo y a mí) me tuvieron la paciencia y y realmente me ayudaron, más allá de mi “gordura”, mi Diabetes o mi presión”

Así pasaron ya 18 meses desde que llegó. Hoy tuve que darla de alta, por un lado es muy satisfactorio para un médico ver que sus “metas biológicas, médicas, farmacológicas, antropométricas, químicas, etc.” han sido cubiertas, pero por otro lado cuesta trabajo despedirse de quien se ha ganado tu aprecio y cariño. También ambivalente resulta estar escribiendo un alta en la computadora y al voltear, encontrarte con que tu paciente está llorando ¿por qué? Pues porque ya se va y no quiere dejar a primer doctor que le pone atención, que con sus “regaños” le hizo entender que es importante, la verdad sea dicha, elevó mi ego al cielo y sobre todo mi satisfacción personal; por otro lado nuevamente me daba cuenta de que se iba alguien que también me había enseñado y se lo dije, le insistí que ella me recordó que cuando la gente se lo propone es capaz de cambiar, que no es válido juzgar sin oir, que no podemos prejuzgar y que sobre todo por mi consultorio pasarán muchos pacientes más que como ella, tienen historias detrás que merecen ser escuchadas y valoradas, entre esas historias, anécdotas de médicos que se olvidaron del ser humano que tienen frente y solo se limitaron a prescribir un medicamento, a ver una talla y un peso y a juzgar por un valor bioquímico a sus pacientes.

¡Sí, en definitiva estas han sido semanas de alegrías! No quería que pasara más tiempo sin compartirla, no por afán de vanagloriarme (aunque me siento cual pavorreal, el tigre puede comerme), sino porque quiero hacerles ver que si le brindamos 5 minutos más a nuestros pacientes podemos ayudar porcentualmente mucho más, que si vemos más pacientes por hora; que si nos olvidamos de las cifras y vemos a las personas, influiremos más que preocupandonos por los valores bioquímicos y que en verdad, los pacientes pagan mejor sin dinero, que cualquier billete y no me olvido de que tenemos que comer y derecho a vivir bien.