Archive for the ‘Geronto-Geriatría’ Category

Un toque de ciencia en las fiestas

Integrar a los adultos mayores a las fiestas decembrinas. (Imagen: Denia.es)

Publicado previamente en La Jornada Aguascalientes

Llega Diciembre y con ella una serie de fiestas, en su mayoría con un trasfondo religioso y siempre remarcadas por un espíritu de consumo en donde en ocasiones no es posible diferenciar entre uno y otro. En realidad, lejos de lo anterior lo que disfruto de estas tradiciones es la posibilidad de encontrarme de nuevo con mi familia, aunque no esperamos solo a estas fechas, siempre es bueno tener u pretexto más, particularmente aquellos que vivimos en ciudades diferentes es un motivo para tratar de coincidir.

En torno a ello, en un comunicado de prensa la Universidad de Ryerson en Toronto canda da algunas recomendaciones sobre como velar por nuestros abuelos y otros parientes mayores a quien sin duda es importante incluir en las reuniones familiares.

En primer lugar debemos tomar en cuenta que muchos de ellos necesitarán que se les recoja en coche, pudiendo ser los nietos que estrenan licencia los encargados, ofreciendo esto además una oportunidad para el contacto entre ambas generaciones.

Tenga en cuenta que la disminución de la agudeza auditiva puede ser un problema para los invitados de mayor edad. Para ello en la mesa coloque a alguien a su lado que pueda repetirles partes de la conversación o que esté atento cuando las personas mayores parezcan no formar parte de la conversación. Interactúen con ellos, puede ser de utilidad preguntarles sobre sus experiencias o recuerdos de estas fechas o bien inclusive si se presta, a bromear con ellos. Con algunos abuelos el sacar un álbum de fotos viejas es otra forma de generar participación, contándonos las historias de cada foto, quienes aparecen, cuando y dónde fueron tomadas, etc.

Por favor, recuerden que un adulto mayor no es un niño, es un error recurrente que pensemos así y en particular aquellos abuelitos más independientes no les gusta que los adultos más jóvenes los traten así. Tomar en cuenta este consejo les aseguro mejorará en forma importante la comunicación familiar y ayudará a que disfruten el tiempo que pasen juntos.

Si su familiar está en un centro de atención a largo plazo, lleve a sus hijos, incluso al perro o al gato de la familia si el lugar lo permite. Tal vez pueda llevar comida tradicional de la familia y decorar una pequeña área de la habitación con artículos que acostumbren en su casa.

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Recuerde, los adultos mayores son el pilar de nuestras casas y lamentablemente en estas fechas muchas veces son los más olvidados, lo que acarrea en ocasiones la agudización de problemas emocionales e inclusive orillan a muchos hacia el suicidio. ¡Integren a sus abuelos a la convivencia bajo el pretexto de las fiestas y siempre!

Pero si algo caracteriza estas “fiestas” son los regalos navideños. Tal vez en el único punto en donde puedo comprender un poco que se mantenga la ilusión es en los niños (aún así creo que es alentar el consumismo en torno a una fecha).

Ya entrados en gastos, ¿cuál es el regalo idóneo? Para elegirlo tal vez haya que hacernos dos preguntas, la primera si se trata de un juguete seguro para ellos y en segundo, cual es bueno para ellos.

El objetivo principal del juego queda un poco en el olvido en esta época, pero en realidad forma parte del crecimiento y desarrollo de los niños, como señala el Dr. Garry Gardner del Consejo sobre prevención de lesiones, violencia e intoxicaciones de la Academia Americana de Pediatría.

En primer lugar Gardner aconseja que los juguetes debes ser atractivos para los niños y que fomenten un juego imaginativo y creativo, que estimulen la actividad y el ejercicio.

En conjunto con Gardner, el Dr. Benjamin Hoffman del Hospital Pediátrico Doernbecher en Portland, Oregón considera que una de las mejores cosas que los padres pueden hacer es comprar juguetes que reduzcan la cantidad de tiempo que los niños pasan frente a una pantalla (televisión, computadora y dispositivos portátiles).

Los videojuegos pueden ayudar a mejorar las habilidades motrices finas de los niños, pero también roban el tiempo de actividades más creativas o saludables, señala Gardner.

Cada vez es más frecuente encontrarnos con escenas como padres frustrados llevando a su hijo aun parque para que este se la pase sentado bajo un árbol jugando con su videojuego.

“La estimulación cognitiva que los niños reciben de las pantallas es distinta, y probablemente no sea beneficiosa”, comenta Hoffman. “Nuestros cerebros humanos no evolucionaron para sentarse frente a una pantalla con luces centelleantes y sonidos altos. Es potencialmente nocivo para el desarrollo infantil”.

Entonces, ¿qué juguetes son buenos para los niños?

Los tipos de juguetes que permiten a los niños usar sus imaginaciones e intelectos incluyen, según Hoffman y Gardner:

  • Bloques para armar o Legos.
  • Pinturas, arcilla y otros suministros de arte.
  • Rompecabezas y juegos que fomenten la lógica y el razonamiento.

Los padres también deben pensar en juguetes que promuevan la actividad al aire libre o el ejercicio físico, como bicicletas, patines y equipo para jugar al aire libre, señalan ambos pediatras.

Como podemos ver son opciones más económicas, sencillas y que sin lugar a dudas tendrán repercusiones positivas en nuestros niños.

 

El anciano, olvidado por la sociedad y por la ciencia.

Abuelos (Imagen: puntonoticias.com.mx)

Versión extendida del artículo publicado en Ultra Noticias

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Ayer se celebró en México el día de los abuelos, ya los comercios se han inventado el día especial para las abuelas (por lo general con mayor longevidad y más apapachadas como herencia del día de la madre… más dinero). En sí creo que cuando una sociedad inventa un día para celebrar a un grupo de personas, es un mea culpa del abandono en que se les tiene los restantes 364 días del año.

Entre médicos solemos decir mucho la frase “no hay enfermedades sino enfermos”, con ello tratamos de acentuar la importancia de valorar a nuestros pacientes, de ver que en cada individuo la enfermedad se comporta diferente, que puede estar acompañada o no de otros padecimientos que la compliquen, síntomas distintos o inclusive diferentes opciones terapéuticas tomando en cuenta los antecedentes de la persona que tenemos al frente.

A pesar de lo anterior, por lo general se formulan guías de manejo clínico para simplificar el trabajo de los que estamos en las trincheras atendiendo pacientes día a día. Dichas guías son un esbozo general de la enfermedad y un “paso a paso” desde el diagnóstico oportuno hasta la rehabilitación del paciente que presentó complicaciones. Para realizarlas, grupos de expertos se reúnen, realizan una minuciosa revisión de la literatura, de los diferentes protocolos clínicos de investigación, de los nuevos hallazgos en distintas áreas, desde moleculares hasta patológicas. Se revisan los resultados de los diferentes medicamentos, sus pros y sus contras, esto en base a un sin fin de artículos de un aún mayor número de investigaciones.

Aún con mayor índice de confiabilidad tenemos los metaanálisis, estudios estadísticos complicados, que tratan de unificar los resultados de cientos e inclusive miles de estudios, lo que en resumidas cuentas hacen que el número de pruebas o de personas cuantificadas en esos estudios sea muy grande y con ello mayor seguridad de que lo publicado tiene más probabilidades de presentarse en el individuo que acude a mi consultorio. A pesar de ello, no podemos olvidar la premisa que nos enseñaron en la Universidad y continuar buscando las diferencias que pudiesen marcar la pauta de un tratamiento diferente.

Pero como menciona Paula Span en su columna en el New York Times, en la mayoría de los estudios clínicos y por ende en la mayoría de las guías de tratamiento y metaanálisis los adultos mayores son relegados. Si analizamos los criterios de inclusión y exclusión de casi todos los protocolos de investigación, se marcan límites de edades que por lo general dejan fuera a los adultos mayores y aún más seguro a los que ahora se considera “adultos mayores más viejos”, es decir los que superan los 80 años de edad. Esto responde a múltiples factores, por un lado la mayoría de los medicamentos en sus fases iniciales de investigación no fueron probados en adultos mayores, por lo que en las fases clínicas, ya en pacientes, los investigadores no se arriesgan a probarlo en personas de mayor edad y por lo mismo, sería una falta de ética el probar un medicamento sin conocer su seguridad en dicho grupo etario y es que no podemos olvidar que fisiológicamente existen muchos cambios  a lo largo de la vida. Por otro lado, al no exigirlo los investigadores clínicos – médicos tratantes, los laboratorios no invertirán en realizar pruebas de seguridad y ensayos clínicos en pacientes de esa edad, lo que por genera un círculo vicioso.

Como ya hemos hablado, los ancianos son un grupo en crecimiento rápido, pero parece que aún no estamos concientizados de ello, al menos no en el mundo de la clínica e investigación médica, por ende, seguimos estudiando medicina en modelos jóvenes, sin acordarnos de los cambios degenerativos atribuídos a la edad y que por ende son interpretados como normales. ¿Pero realmente son normales? Les comento que no podemos ver como un hecho natural la hipoacusia (disminución de la audición) en un adulto mayor, si fuera un hecho normal o natural todos los ancianos o un buen porcentaje de ellos tendría este problema pero no es así. No todos desarrollan artritis degenerativas o infartos de miocardio, etc.

En resumen, aún falta mucho por conocer sobre el proceso de envejecimiento, pero el Dr. David Gems pone el dedo en la llaga. Gems es director adjunto del Instituto de Envejecimiento Saludable de la University College London y dirige proyectos de investigación sobre el envejecimiento en diferentes modelos animales para entender dicho proceso. En un artículo publicado en la revista American Scientist, ahonda sobre el tema de si tratar o no al envejecimiento, pues pareciese que en base  a lo que expuse en párrafos anteriores, la población en general y la mayoría del gremio médico concuerda que no al verlo como un proceso natural.

Gems en cambio va más allá y no solo propone tratar al envejecimiento, sino inclusive darle la escala de enfermedad. Postula que al igual que la obesidad ha presentado un cambio en su concepción como patología, el factor edad comparte con ella dichas características como factor de riesgo para muchas entidades nosológicas y que por ello no debe ser tomada a la ligera. Como el envejecimiento tiene connotaciones positivas tales como la adquisición de experiencia y sabiduría, los especialistas han acuñado al término senescencia como ese incremento de fragilidad y el aumento del riesgo de enfermedades y muerte que vienen con la edad.

¿Pero no es natural envejecer? Claro que lo es, pero no podemos olvidar que la senescencia es un proceso que implica la disfunción y deterioro a niveles molecular, celular y fisiológico, y que por ello se presentan diversas enfermedades. Por otro lado, no podemos hacer a un lado la evolución, donde el envejecimiento parecería no jugar un propósito real, de donde se desprende ¿Por qué ha evolucionado el envejecimiento? Desde J.B.S. Haldane en 1930, como por Peter Medawar ambos de la University College London y George C. Williams de la Stony Brook University en Nueva York. Estos autores manejan que en fases tempranas de la vida, una alteración genética tendrá repercusiones a la hora de la reproducción y por ende en la evolución de los seres vivos, pero ya en edades más avanzadas no es así, al grado que la evolución puede favorecer mutaciones que mejoran las condiciones de vida en la infancia pero que tengan repercusiones en la vejez. En consecuencia, las poblaciones acumulan mutaciones que tienen efectos perjudiciales en edades avanzadas de la vida, todos estos efectos en suma dan el envejecimiento. En base a esto Gems menciona que la universalidad del envejecimiento no excluye que esta sea una enfermedad, sino que es un tipo “especial” de enfermedad.

Esta visión tiene dos vertientes, una que resulta muy peligrosa, que es la posible estigmatización de las personas mayores al considerarlos enfermos por su edad pues tristemente tenemos aún una cultura de rechazo ante personas enfermas. Pero por otro lado una apertura a la investigación en el adulto mayor, mayores inversiones al estudio de las enfermedades propias de la vejez, tal y como ha ocurrido con el Alzheimer, que por la popularidad alcanzada es un ejemplo de lo que puede representar el considerar a la vejez una enfermedad. En esta misma vertiente se encontraría la regularización de los productos para tratar el envejecimiento, que hasta ahora, al no ser considerado una enfermedad se someten a menos controles que un medicamento inclusive por la Food and Drug Administration (FDA), tal es el caso del revesterol, que si bien parece un producto prometedor, los criterios para su estudio son mucho más laxos. “La redefinición de envejecimiento como una enfermedad no solo dinamiza la investigación de tratamientos, también cerraría el espacio a los vendedores de aceite de serpiente” dice Gems en su artículo.

Una realidad es que, enfermedad o no, el envejecimiento es un fenómeno que se ha estudiado poco, curiosamente es la “fuente de la eterna juventud” una mina de oro para la industria farmacéutica y la pseudocientífica, pero es esta última quien mejor a explotado el terreno. Aún tenemos mucho por hacer en este terreno, esperemos que pronto los gobiernos, los empresarios y los científicos se pongan las pilas e incrementen la investigación en el envejecer, una realidad que ya nos alcanzó.

La familia su papel en el envejecimiento social

Cada vez es más común encontrar ancianos solos... (Imagen: euroxpress.es)

Versión extendida del artículo publicado en Ultra Noticias

En la primaria se nos enseña que la familia es el núcleo de la sociedad, pero ¿qué hacer cuando es la familia el origen de un cambio demomográfico que amenaza con romper a la sociedad por su punto más frágil? La población mayor de 65 años aumenta a pasos agigantados y ni gobierno, sociedad ni familia están preparados para ello.

Quienes nacimos en las denominadas generación “X” (1970-79), “Y” (1980-89) y aquellos más jóvenes de la era del Internet y el DVD fomamos lo que muchos autores llaman el boomerangst. Si bien, como menciona George Magnus, este término se refiere más a las temores y preocupaciones tras la Segunda Guerra Mundial, también se aplica a su hijos y nietos. En ellos, los jóvenes modernos se ven expuestos a ciertas características financieras y sociales, sobre ellos recae la abrumadora carga y tarea de manejar y hacer frente al envejecimiento de la población.

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Pero esto no solo se debe al babyboom posguerra, en la gente joven se tienen los más altos índices de divorcio y separación. Con ello tenemos mujeres solteras con menos probabilidades de contar con seguridad financiera en el retiro en comparación a los hombres, en contraparte estos últimos tienen mas problemas para formar y mantener redes sociales. Además las parejas sin hijos y las familias de padres y madres solteras de mediana edad, conforme envejecen se vuelven un problema apremiante ya que no tienen hijos adultos que las ayuden. Por último y menos preocupante, el apoyo al grupo creciente de adultos mayores, donde cada vez más personas que superan los 65 años vivirán solos y pertenecerán a familias que serán grandes en términos generacionales y limitadas en función al número de hijos, hermanos y primos.

¿Pero y en México?

Según el INEGI, para 1990 el 75% de las familias en México estaban constituidas en forma tradicional, es decir, papá, mamá e hijos, 10 años más tarde ya era solo en el 69% de los casos, y en el 2005 eran el 68% de las familias (no cuento con datos actualizados sobre el más reciente censo). Por su parte, se incrementa el número de hogares unipersonales, ya que si bien en el 90 no se contabilizó, en el 2000 eran el 6.3% y en el 2005 ya representaban el 7.5%. De estos hogares el 44% eran de personas mayores de 60 años (778,000 personas).

Si en 1970 la familia estaba constituida por 5.2 personas, para 1990 disminuyó a 5.1 y aún más significativo fue el descenso en el 2000, a 4.5 miembros, para en el 2005 disminuir a 3.8%.   El número de familias extensas ha disminuido, en el 2000 representaban el 24.5% de la todos los núcleos familiares en el 2005 ya eran 23.6%.

Muchas de las causas que el INEGI reportaba en aquella ocasión, coinciden con lo propuesto previamente. Como era de esperarse, la crisis también causó estragos en la conformación de las familias, lo que orilla a las parejas jóvenes a pensar en tener menos hijos, por el costo de parto, atención, colegiaturas, etc. Así mismo aun cuando el porcentaje es pequeño, cada vez es más frecuente encontrar hogares corresidentes, donde habitan personas que no tienen ningún lazo consanguíneo entre sí, pero que comparten gastos.

Si bien son muy frecuentes, no se ha dando un apartado especial en los censos a las familias donde hay uno o dos miembros divorciados o separados, ya sea con hijos o no, quienes se unen para formar un nuevo núcleo familiar. Este tipo de familia tiende a aumentar, según confirma la CONAPO, a medida que incrementa el número de divorcios a edades más tempranas, siendo el promedio de 36 años en hombres y 33 en las mujeres.

Todos estos cambios han llevado a que nuestra sociedad se encuentre ante un nuevo reto, el envejecimiento poblacional, sin que gobiernos ni sociedad parezcan reaccionar, y es que ¿qué has hecho tú para planear tu propio envejecimiento? Pocos se han detenido a pensar en como asegurar su sustento económico y social y aún más raro es aquel que empieza a actuar en cuanto a invertir en su salud para evitar las complicaciones de enfermedades que podemos prevenir. De ello platicaremos en otra ocasión.

El último día que mi abuela me reconoció

La Yaya y Coustoeau. El último día en que me reconoció

Versión extendida del artículo publicado en Ultra Noticias

Desde chico me gustaba platicar con ella, no fue nunca de carácter fácil, pero sin duda fue de las personas más importantes de mi vida. Ya he escrito de mi abuela, esa persona que compartió conmigo cientos de fines de semana de mi infancia, que me enseñó a saludar a mi abuelo en las estrellas y que veló por mi salud en momentos importantes, cuando mis padres necesitaron de su apoyo.

Fui el mayor de sus nietos, viví a unos pasos de su casa y por ende en conjunto, fui de los que más tiempo pasaron con ella. Me contaba gustosa sus aventuras de niña en su Pendueles querido, aquel pueblo en Asturias que la vio nacer. Hija del médico de la zona, era conocida por muchos de los migrantes de la región, además de heredar el afecto que la gente le tenía a mi abuelo, lo que a pesar de su dura forma de ser, hiciera que tenga mucha gente que le guarda gran afecto.

Pícara y con facilidad para encontrarle el tono picante a cualquier cosa que encontrase o se dijese, mi abuela aprovechaba para dar un giro inesperado a cualquier comentario, creo que de ahí viene gran parte de mi “habilidad” en el albur. Compañera en muchos viajes, con grandes ocurrencias, quedaron en el tintero las promesas de ir juntos al lugar donde nació, para revivir juntos todas sus peripecias.

Mi abuela representa mucho de lo que soy y sin duda una parte importante de mi vida.

Hoy ella está y no está. Voy la veo y me encuentro con ella, pero no me reconoce. Hablamos de mil y un cosas, en ocasiones sin sentido, en otras cuantas estamos remontados en un viaje por el tiempo, siendo amigos de la infancia mientras platicamos en La Acebosa, cuando me habla de personajes, unos conocidos y otros totalmente nuevos para mí. Aún cuando en ocasiones me toca ser regañado, insultado, etc. no puedo evitar querer pararme en su casa un buen rato para verla y oírla. Se me estremece la piel y el corazón cuando muestra señales de angustia y llora, sobre todo cuando su mente la lleva a tiempos de la Guerra Civil y me ve como un “contrario”, ahí es cuando confirmo lo que ella me enseñó, ¡cuanto daño puede hacer la guerra! no importa a que bando pertenecieras, “ganadores” o “perdedores” ambos quedan con grandes estragos.

Por el momento, cada vez que la voy a visitar, mi abuela me ubica, sabe que me conoce, por lo general resulto ser un familiar muy querido, pero pocas veces me ve tan cercano como su nieto. De unos meses para acá en que el Alzheimer se ha llevado a mi abuela en forma más rápida, son menos las veces en que mi abuela me reconoce como su nieto, de hecho, ya hace varias visitas que no lo hace. Pero para mí habrá un día en especial que quedará en mi memoria.

Poco antes del día de mi boda, Talia, mi actual esposa y yo fuimos a visitarla. Si bien en ocasiones previas había sido muy clara en que quería bisnietos e inclusive fue gráfica al explicar como había que traerlos, el último día no solo me hizo reír sino tambien llorar. Estuvo muy simpática y conversadora, ya con las repeticiones de tema cada 5 minutos, donde rondaban las preguntas sobre mi trabajo, si estaba contento, si seguía viviendo en el mismo departamento que había conocido, le comentaba a Talia que yo le había prestado mi cuarto y sobre un puente que llevaba al centro de la ciudad (no todos notan ese puente). Llevaba a Cousteau mi perro, al cual tomo en su brazos y lo acariciaba continuamente, una escena que se había repetido muchas veces, pero en esa ocasión me conmovió aún más, algo estaba pasando entre los dos, él no se le alejaba y la quería besar, ella lo veía con detenimiento, tuve que tomar varias fotos, no muy buenas pues fueron esporádicas y sorpresivas para no matar el momento. Obviamente salió a la luz el hecho de tener familia, que si ibamos a tardar en “encargar”, etc.

Pero justo al despedirme de ella, como si supiera que era la última vez que tendríamos una conversación relativamente en línea y coherente de cabo a rabo, mi abuela me abrazó y con lágrimas en los ojos me dijo que jamás olvidara que me quiere mucho. No puede más que abrazarla mientras mi corazón parecía hacerse una uva pasa y mi piel se erizaba toda. Pocas veces había visto a mi abuela con tal sentimiento. Luego se volteó hacia Talia y le dijo lo especial que era yo para ella y que debía cuidarme mucho. Remató dándole autoridad para regañarme y traerme cortito (¡no lo hubiera hecho nunca!).

Este fin de semana pasado fui a visitarla, fue de esas ocasiones en donde supo que me conocía, pero ni siquiera me ubicó en su infancia, no reconoció a sus padres en la foto que tiene en su cuarto y pasó momentos de mucha angustia, caminamos un rato por el pasillo de piso rojo en su casa, tomados del brazo y ella, sin reconocerme del todo me tuvo la confianza para que revisara su cadera que le dolía, eso sí, escogiendo el comedor como el mejor punto para realizar la auscultación. Salí triste.

Resulta difícil para cualquiera ver esto en su casa, en uno que sabe lo que viene y el como se comporta la enfermedad se pensaría que sería menos amargo, pero no sé si no es todo lo contrario. El Alzheimer es una enfermedad agotadora, no tanto para el paciente, a quien si sus familiares y amigos tienen bien cuidado, puede vivir momentos muy buenos, en un mundo difícil de comprender para los que nos quedamos en la “normalidad”. Esta es una enfermedad que sufren más bien los allegados al paciente, las parejas, los hijos, los nietos, los amigos.

Reta a todos los que rodean al enfermo, en definitiva es una gran prueba de amor, de fidelidad y sobre todo de compasión. En el caso de mi familia todos han “jalado parejo”, cada quien a su estilo y con sus posibilidades, pero todos están ahí, es un hecho que eso ha facilitado un poco las cosas. En Geriatría y Gerontología se tiene contemplado el síndrome del cuidador y no es en vano, en pacientes como los que sufren demencia de Alzheimer, la familia y en particular quien funje como cuidador responsable si alguien absorbe esa carga en mayor porcentaje, puede terminar agotado, deprimido y terminar quebrándose. Esto lleva a consecuencias graves tanto al paciente que puede sufrir abandono, como al cuidador mismo en su estado anímico y físico y al entorno familiar, por ello resulta de vital importancia valorar a la familia, establecer estrategias y trabajar en equipo.

Aún estando lejos, cosa que me parte el alma, he procurado estar lo más cercano posible a la Yaya, no quiero dejarla sola, me resulta sorprendente y triste estar tan cerca y tan lejos, saber que es lo que viene y no poder hacer mucho al respecto.

Yaya, te amo.

¿Médico o surtidor de recetas?

Imagen: cooperativa.cl

Como lo he mencionado en otras ocasiones, siempre estaré a favor del trato cordial, cálido y cercano a los pacientes, pero también he subrayado que el paciente debe de corresponder a dicho trato de igual forma, además de responsabilizarse de su salud. El médico y el personal de salud deben de trabajar para velar por el bienestar de los pacientes, pero de nada servirá el trabajo de los galenos, enfermeras, nutriólogos, psicólogos, etc. si el paciente no lo quiere.

En reiterados artículos he escrito que la labor del médico debe ser reconocida, que si tanto se ha puesto de moda el síndrome de Burn Out, es precisamente por la falta del estímulo a la actividad del personal de salud, fuese la profesión o actividad que fuese. Pero creo que en su mayoría mis comentarios han ido dirigidos a las autoridades y compañeros, pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que también debo enfocarme en los pacientes, esto me ha extrañado hasta a mí, puesto que generalmente digo que la mejor paga que tiene el médico es el agradecimiento de sus pacientes, entonces ¿por qué concluyo esto ahora?

Sigo sosteniendo que no hay mejor paga en el mundo que ver que un paciente te sonríe, te de las gracias, o se acuerde de ti y te lleve una goma de mascar, unos dulces, un queso, una sábana hecha por ella, una bufanda, etc. (no podría enumerar todas aquellas cosas que me han dado y me motivan). Pero realmente lo que más me motiva es ver que mis pacientes responden a las acciones que yo hago. Y, ¿qué hago?

Pues bien mi labor tanto en mi trabajo en el sector público como en el privado, se centra principalmente en educar, creo que va más allá de prescribir una receta o realizar alguna intervención física. En su mayoría los pacientes que yo atiendo son adultos, así que podemos concluir por ahí, que ya son responsables o al menos eso creemos. El asunto es que educar a un adulto es muchísimo más difícil que educar a un niño, tiene usos y costumbres muy aferradas, varias de las cuales tenemos que modificar para controlar sus enfermedades, diabetes, hipertensión arterial, dislipidemias, obesidad, etc. Es por ello que hacemos muchas veces uso, no solo de las habilidades que pudieramos tener nosotros, sino de la consejería y orientación de Psicología.

Ok, sabemos entonces que los cambios serán difíciles, que no los veremos de la noche a la mañana y que requieren de constancia por parte del equipo para lograr crear conciencia, para cambiar usos y costumbres arraigados a través de los años, pero cuando se logran estos cambios, sabemos que el paciente ha entendido, se ha responsabilizado de su problema y en definitiva, significa un gran logro para todos los que integramos el equipo, algo que nos motiva a seguir trabajando. Lamentablemente reitero, no es algo sencillo y no siempre se obtiene el éxito esperado.

Pero esos “pequeños fracasos” no son los que nos derrumban, porque en sí, la gran mayoría de los pacientes, aunque no hagan cambios de 180º, si hacen pequeñas modificaciones en su estilo de vida que impactan favorablemente en su salud y conforme van viendo resultados se van motivando a seguir cambiando. Estos pacientes, que vemos tan seguido y que van sintiendo los resultados, van integrándonos a sus vidas e inclusive, resulta difícil darlos de alta para que sigan siendo manejados  en sus unidades y muchas veces vuelven.

Así pues, que un artículo que empezaba como queja parece subrayar el por qué considero la mejor paga, la que viene no de la cartera, sino de la misma salud y de la actitud del paciente. Pero era necesario ver el lado positivo para entender el obscuro. Tristemente, existen pacientes que por más que uno le busca, no encontramos la forma de cambiar nada, siguen viendo en el médico y en la Medicina, la solución exprés, tal vez motivados por todos estos pseudofármacos maravilla que “curan” todo, incluyendo la diabetes, sin el menor de los esfuerzos.  Para ejemplificar les contaré una anécdota de esta semana:

Llegó una paciente, que como muchos, acuden a consulta con una lista como si estuvieran acudiendo al supermercado, esperando que uno les surta las recetas según sus deseos y no según sus necesidades. Inclusive, cuando se les pregunta cómo se ha sentido, si no ha tenido alguna molestia, etc. lo niegan, pero solo ven que uno saca el bloc de recetas o sabe que está escribiéndolas en la computadora, después de media hora de consulta empiezan a toser y te dicen que si no tienes antibiótico, así, directo, sin titubeos.

Respiras profundamente y comienzas un interrogatorio, ¿desde cuando tiene tos? ¿Con o sin flemas? ¿Fiebre? Las respuestas son: Desde ayer en la noche (menos de 12 horas), sin fiebre, sin flemas. Te paras, auscultas, revisas la garganta y todo se ve a las mil maravillas. Realmente no requiere un antibiótico. Prescribes un antinflamatorio ya que te refiere “dolor en la garganta” y explicas el por qué no consideras que requiera antibiótico.

De inmediato te pregunta que si no tienes nada inyectado (resulta que la razón principal para rehuir a la insulina es el miedo al piquete, pero todos quieren antibióticos inyectados), le comentas que no y te refutan: ¡yo vi que la señora que salió antes que yo se llevaba unas inyecciones!.

Le respondes cortesmente  ”la señora que salió antes que usted llevaba insulina, es lo único inyectado que manejamos en esta clínica, si requiriera algún otro medicamento, como un antibiótico, se le enviaría a su Centro de Salud, esta Unidad está focalizada únicamente a enfermedades crónicas, cuenta con un arsenal pequeño de antibióticos y otros medicamentos para enfermedades que pudieran aparecer cuando acuden a su consulta mensual, pero resulta muy básico”.

Cuando te levantas para acompañarla a la puerta,  la paciente se para y se acuerda que le duelen las rodillas ¿no tendrá diclofenaco? y de una vez doctor, deme algo para el estómago, que me ha dado gastritis, pero que no sea ranitidina, no me hace, mejor omeprazol o pantoprazol. (El por favor a quedado borrado del léxico)

Lo siento señora, como le comenté, esta clínica tiene una función específica, además de que ya tenemos el tiempo justo y necesito pasar a los demás pacientes, acuda a su Centro de Salud para que valoren que medicamento es el mejor para usted.

(Nota: a la paciente le concedí 15 minutos más de consulta para atenderla de su supuesta infección, cada vez que terminaba una receta, tenía un nuevo padecimiento. Insisto en que defiendo el tiempo de consulta largo, pero en este caso la señora obtuvo una consulta de 45 minutos y también hay lo que se llama respeto por el paciente que espera fuera).

Termina la consulta y parece que ahí acabó el incidente, el cual ya te molestó un poco pues te hace sentir, al menos a mí, utilizado y que tu palabra y años de estudio no tienen valor ante los deseos de su majestad la paciente. Pero no, al día siguiente llegas a la sesión clínica de la unidad y frente a todo el equipo tu Director te comenta que la paciente se fue a quejar, que deberías atender todo lo que se presente aunque sea una clínica de crónicos, en resumen que no atiendes a los pacientes como se debe. Cuando preguntas por qué caso hablan, te enteras que fue la señora del antibiótico y das tu versión de los hechos, a medias porque no te dejan terminar, cuando tu Director te dice que él si le prescribió el antibiótico. Mejor no interrogar los criterios de dicha prescripción, porque sin duda no hay otro que “quitarse a la paciente de encima”.

La carga de pacientes que vienen pidiendo antibióticos ha incrementado a raíz de la política (bien impuesta), de prohibir la venta de medicamentos sin prescripción, el problema está en que los médicos seguimos prescribiendo fármacos sin tener criterio alguno, tan solo por “agradar” al paciente. Bajo mi premisa de que lo correcto es educar y no ser repartidor de fármacos, seguiré siendo criticado por mis autoridades, pero tengo evidencia que me respalda.

¿Cuándo somos viejos?

Foto por Roberto Sánchez

Tal y como lo comenta el Dr. O’Neill en el Blog del BMJ, resulta muy frecuente que se nos plantee, o inclusive nos hagamos a nosotros mismos la pregunta ¿cuándo empezamos a ser viejos?

Podemos encontrar muy distintas respuestas, todo depende de qué matiz queramos tomar en el momento en que la planteamos, es por ello que el autor sugiere realizar la contra-pregunta, ¿para qué o por qué quieres saberlo? Y es que es muy distinto contestarle a alguien que busca la respuesta, ya sea por cuestiones médicas o gubernamentales, en donde el la definición de vejez cual varía entre países, para México es a partir de los 60 años, pero en Europa ya hay países que lo toman desde los 70 e inclusive más. O bien, cuando se busca empleo, parece ser que las empresas consideran viejo a quien tiene 40 años a veces hasta menos. Podemos también evaluar el término de envejecimiento desde un aspecto biomolecular, si lo vemos así, todo ser vivo, incluído el hombre por su puesto, envejece desde la fecundación misma. Existen cambios físicos y bioquímicos en los organismos conforme pasa el tiempo, que nos permiten adaptarnos al ambiente que nos rodea. Algunos de estos cambios afectan en momentos distintos a diferentes órganos y sistemas, conllevando con ello, que existan enfermedades distintas en la niñez, la juventud, la edad adulta y la vejez. Pero la vejez también tiene aspectos como lo mencionaba anteriormente, sociales y psicológicos, lo que hace muy difícil precisar un instante en el que podamos catalogar a alguien como viejo, senecto, adulto mayor, o un largo etc.

La Ciencia a través de la Medicina a logrado prolongar cada vez más la vida de los seres humanos, mejorando su estado de salud física, a través de diferentes estrategias, un ejemplo notable es el cambio en la mortalidad surgida después de la aparición de los antibióticos, todo ello ha venido seguido de un cambio sociodemográfico, en donde la población se vuelve cada vez más vieja, ya que en conjunto con las estrategias de mejora de la salud, vinieron las del control de la natalidad. El problema ahora radica en que ya logramos vivir más, pero a costa ¿de qué?. Varios países se plantean y acuden cada vez más a postergar las edades de retiro, ejemplos los tenemos en México y más recientemente en Francia, no estoy para analizar ahorita las políticas económicas que lleva de transfondo, pero lo cierto es que al envejecer la población, cada vez se hace más difícil sostenerla.

Ni siquiera los países más avanzados se han preparado adecuadamente para este fenómeno, los ancianos se enferman diferente a los adultos jóvenes o a los niños, sus problemas radican en situaciones muy distintas. Tal vez, es cierto, la Medicina a logrado contrarrestar algunos de estos problemas, pero, basados en la definción de salud que aparece en la Constitución de la OMS desde 1946, no hemos alcanzado la salud plena de la población mayor, y es que dicha Organización define a la salud como “un estado de completo bienestar físico, mental y social, y no solamente la ausencia de afecciones o enfermedades”. Se han acabado las épocas en que los ancianos eran los líderes, los guías y por ende el centro de atención de la comunidad, hoy ya no hay senados como los romanos los conocían, ni se les dá el lugar que las culturas prehispánicas les otorgaban en sus comunidades, por el contrario, son objeto de olvido, tanto por las autoridades como, inclusive, por sus propias familias.

Viene a mi memoria la frase “la edad está en la mente y no en el cuerpo”, pues bien, es cierto, ¿cuántos no se sienten viejos a edades, llamémoslas, tempranas? En cambio no es extraño encontrar en los parques, personas de la tercera edad haciendo ejercicio o trabajando aún, inclusive a pesar de tener un seguro de retiro, esto porque la salud física se los permite y emocionalmente se mantienen activos y con sentimiento de utilidad. Lo que es una realidad ahora, es que debemos prepararnos desde jóvenes para este momento, ya sea que lo veamos desde el aspecto físico, psicológico o social, hablando de este último, creo que falta mucho por hacer, pareciese que los programas de atención al anciano son una mera campaña política, son utilizados por los candidatos y los partidos como un medio para lograr más votos (cada vez más, se conviertene el sector con mayor peso electoral) pero una vez alcanzado el poder, los gobernantes se olvidan del sector. Vámos más allá, nosotros mismos poco hacemos para mejorar el ambiente para los ancianos, sin darnos cuenta de que todos estamos destinados a llegar a ese punto (si no nos topamos con la muerte antes).

En realidad no pretendo copiar el artículo del Dr. O’Neill así que los invito a leerlo, algo de la temática fue tocada en esta entrega aquí, pero él hace una interesante comparativa con la música y autores como Strauss y Mozart, así que vale la pena echarle un vistazo.

Tras una reflexión ¡otra!

Hace apenas unos días escribía aquí mismo sobre mi abuela y la frustración que genera como nieto el no poder hacer nada como médico. Comprendía en aquel entonces y lo hago ahora de nuevo el porque es recomendable que evitemos tratar familiares. Nuevamente pido disculpas si este artículo poco o nada tuviese que ver con lo que se espera de este blog, en realidad defiendo mi postura de mantenerlo en mi “blog profesional” y no en el “personal” ya que si bien trato asuntos que me inmiscuyen a mí y a mis familiares, creo que esto se refleja en todos los médicos y en sus familias y amigos.

Pedidas las disculpas, les comento que he tratado de estructurar este artículo de diversas maneras, como presentación de un caso, como narrativa, como análisis, como ensayo, no sé en realidad en que forma salga porque todas las he borrado, pero me he decidido que esta es la última vez que escribo este artículo antes de publicarlo.

En realidad, retomo lo dicho, es triste para mí ver que puedo ayudar a otros y que a mi propia familia no, no únicamente por la distancia sino por los sentimientos que se entrometen. El fin de semana pasado fue un caso “bipolar” donde por un lado tenía el sentimiento ya descrito, pero por otro me pude sentir útil para con mi abuela, ese día posterior a una noche en donde estuvo muy inquieta e incluso agresiva, sus hijos (entre ellos mi madre) decidieron que habría que dar un paso muy difícil, el cual habían querido esquivar, como muchos otras familias en casos similares. Ese día se hospitalizaría a la abuelita para darle un tratamiento inicial y buscar continuar dándole cuidados en casa.

Cuando fuimos a buscarla, preparados para tal vez tener que sedarla, la encontré en el piso, para algunos será obra de un dios, para otros producto del destino y muchos más dirán que son dos eventos independientes unidos por el azar, pero justo el día que se pensaba dar ese paso difícil, mi abuela se cayó y fracturó la cadera izquierda. Tal vez pueda sonar contradictorio, irónico y hasta cruel, pero dicho evento aminoró el sentimiento de llevarla al hospital para continuar con la impregnación en este caso de halopurinol, para tal vez después, cambiarlo por algún otro.

Mi abuela fue operada antier, con éxito y es que en realidad no había nada que contraindicara la cirugía, a excepción de la demencia, esta completamente sana, sin ningún otro antecedente de importancia, de no ser de una infección en las vías urinarias.

La carga sentimental en la familia, parte fundamental en el tratamiento de los pacientes con demencia se vio aminorada por un evento traumatológico y no es que sugiera que se lastime a los ancianos para evitar la culpa del cuidador, pero creo que esto sirve de incapié para poder buscar formas en que sustentar ese paso, más allá del tratamiento de la demencia misma.

Recordemos que si bien, sabemos que la demencia en general no cuenta con un tratamiento específico aunque existen algunos sintomáticos que nos pueden ayudar y el uso de medicamentos tales como la memantina pueden ser beneficiosos en algunos casos, aunque sea temporal y parcialmente, el tratamiento del médico en esta enfermedad debe centrarse más que nada en evitar las complicaciones de la demencia, como son úlceras, infecciones, inmovilidad, etc. Pero principalmente el médico deberá centrarse en el manejo de la familia, evitando el agotamiento del cuidador, que en muchas ocasiones acaba quebrándose, abandonado por ello al enfermo, con consecuencias catastróficas, no solo para el paciente, sino también para el familiar o cuidador mismo, particularmente en la esfera Psicológica.

En este caso el evento traumatológico facilitó el proceso, lo que me ayuda a pensar que buscar eventos disntintos a la demencia, que justifiquen la hospitalización, podrá hacer más fácil a las familias la institucionalización del paciente. (no con ello digo que deba lastimarse al paciente en forma intencional, sino en buscar puntos “ancla”). Al mismo tiempo podría decir, que tristemente ayudó a que una familia (por demás unida) se hiciera más fuerte de inició, lamentablemente este caso es extraordinario, ya que me ha tocado ver casos contrarios, ahora habrá que trabajar para que ese ambiente de colaboración no se agote en unos días.

Autoreflexiones “terapeúticas”

Hace tiempo que no escribía, esto responde a que diversas situaciones en mi vida personal han ocupado felizmente mi tiempo, pero basta ya de este vacío, que si no empiezo a escribir, pronto las telarañas y el polvo se apoderarán del blog.

En artículos anteriores hablaba en gran parte del lado humano del médico, sobre todo en el sentido de la necesidad del reconocimiento, la necesidad de recursos, de motivación e inclusive de remuneración económica, hoy quiero abordar otro tema y lo haré reflexionando sobre una experiencia mía (como suelo hacerlo), de modo más personal, más introspectivo, por lo que tal vez no todos se sientan identificados, pero creo es la mejor manera de abordarlo, sobre todo porque la herida está abierta.

Analizando como ya lo había hecho previamente, entré a Medicina esperando ayudar al prójimo, aún cuando he aprendido que también debo de vivir de ella. En ocasiones cuando se menciona la palabra prójimo pensamos en un sentido netamente religioso, pero no es así, es cualquier otro individuo que sea distinto a mi ser persona, es decir, todos y por todos entiendo también a mis migos y familia.  Veamos es que prójimo viene del latín “proxĭmus” así que sería servir al cercano. (¿Qué tal el ejemplo de Wordreference.com?)

Con el tiempo fui inclinándome por la atención de algunas enfermedades crónicas y de las personas ancianas, muy distinto tal vez a como empecé la carrera, pensando en los orígenes de la vida y en la Pediatría, inicialmente guiado por mi historia como paciente pediátrico tal vez y al final motivado por el ejemplo que he tenido en la casa a través de mi padre. En el poco tiempo que llevo en la práctica, he encontrado sumamente enriquecedora la labor de acompañamiento que se tiene en ambos grupos (que muchas veces se compaginan) .

Pues bien, hoy me encuentro ante una de esas circunstancias en donde entiendes por qué te dicen que el médico no debe atender familiares, viendo mi idea de ayudar a mis seres cercanos frustrada y sintiéndome confundido.

Dentro de las personas más significativas de mi vida se encuentra mi abuela, es cierto, tiene un carácter muy difícil pero al mismo tiempo ha compartido conmigo muchos momentos de mi vida, desde los tristes hasta los más felices (el tema que nos atañe hoy, dicho sea de paso, hizo que no pudiera compartir el más feliz, ese que me alejó del blog más de un mes), a su lado crecí compartiendo con ella al menos cada fin de semana, oyendo sus historias sobre Pendueles, su pueblo natal o  sobre mi abuelo, mis tíos, etc. También tuve que aprender a tomar el camino largo para ir a la papelería, con tal de no pasar frente a su puerta, porque ello significaba tener que pararse mucho tiempo y en épocas de exámenes eso significaba tiempo vital. Aprendí a lidiar con un carácter explosivo y en muchas ocasiones caprichoso, pero también tuve el apoyo en muchos momentos de mi vida, para ser más precisos sin ella tal vez no estaría escribiendo estas notas.

Ella me hizo regresar de una reunión con mis amigos, muy temprano, tras haberme estado localizando en casa de todos ellos, haciéndome pasar el que sería, sin duda, el bochorno más grande de mi adolescencia. También fue quien me volvió su compinche a la hora de ir por los ‘reyes’ de los primos o a buscar flores a los Viveros de Coyoacán. Mi abuela nos acompañó a muchos viajes, en ocasiones nos hizo reír mucho, como cuando pedía piñas coladas como si fueran agua y llegó a ponerse un poco contenta por el efecto del ron, aún recuerdo sus risas y su nariz enrojecida, pero también pudo frustrarnos otros momentos por el simple hecho de hacer una rabieta sin sentido. No he querido pintar una abuela perfecta, porque no lo es, es como todos un ser humano lleno de virtudes y defectos, pero que por ello mismo se ha ganado un lugar muy especial en mi corazón, tanto es así que hoy ha motivado estos renglones.

Ella hoy me necesita, como necesita de cada uno de sus nietos y principalmente de sus hijos, pero hablo de mí, como el nieto médico, no cualquier médico, sino uno que estudia sobre el envejecimiento. Pero hoy pareciese que su nieto mayor no puede hacer nada, se siente con las manos atadas, más allá de la distancia física, siento impotencia de saber que en muchas ocasiones he podido ayudar a otros, pero a ella no logro encontrar grandes salidas.

Hoy la Yaya padece demencia, no hay mucho que hacer, poco a poco se ha ido deteriorando, lo más que he podido hacer hasta el momento es contactarla con algunos médicos que le ayuden y a veces platicar con sus hijos sobre que camino tomaría yo, pero no puedo hacer nada más, no me corresponden a mi las decisiones. Por otro lado, médicamente sabemos que poco se puede, lo más importante está en el cuidado, en el acompañamiento, el evitar que se lesione y que físicamente empeore, mantenerla tranquila pero no totalmente sedada y visitarla, mimarla y darle apoyo.

¿Qué puede hacer un médico en un caso así? Tal vez sepa lo que la teoría dice, aunque prefiero dejarlo a otros y así evitar el encarnizamiento “amoroso. La realidad es muy distinta, la sensación de impotencia es muy grande, uno quisiera encontrar el hilo negro y ¡cuanto más rápido mejor! Entiendo que lo que le digo a mis pacientes y a sus familiares es cierto y en verdad que lo pongo en práctica. También desde antes sabía que esto no es fácil, que al contrario viene lo peor y de hecho por eso me siento mal, tal vez porque aquí si influye la lejanía física, me gustaría estar ahí, compartirlo más, no solo con ella, sino con mi madre, con mis tíos, con mis primos y hermanos. Creo que ahí es donde viene lo más difícil de este tipo de enfermedades, más que ver como se deteriora el paciente (situación que te parte el alma), es más complicado asimilar y encontrar la forma de ayudar a quienes lo rodean, es en ese donde más quiero intervenir, sé del cansancio del cuidador y sé de las consecuencias emocionales del mismo, pero ¿qué puedo hacer a la distancia? O tal vez, ¿es que a la distancia también sufro parte del golpe del cuidador? ¿Habrá síndrome del cuidador ausente?

Total, este post no resultará muy concluyente, de hecho me deja con respuestas al aire, les pido de antemano una disculpa por utilizar este medio, que aunque personal, no cumple con el objetivo primordial de ser “terapeútico”, tal vez debí escribirlo en mi blog personal “la borla del ombligo” pero quise enmarcarlo aquí, porque como muchas otras cosas, son razones para demostrar que el médico vive las mismas circunstancias que sus pacientes, aunque a veces ambas partes lo olviden.

No estamos preparados para ser un país viejo

“Si ves las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar”

Hoy (cuando inicio esta nota, sé cuando empiezo, no sé cuando la voy a terminar) sale publicado en el British Medical Journal (BMJ) un artículo que comenta que en el Reino Unido, la población más vieja entre los ancianos se ha duplicado, es decir aquellos mayores de 85 años, en tan solo 25 años. Este fenómeno que ocurre en Europa, ya está más que demostrado sucederá en América Latina en los años venideros. A la experiencia vivida por el viejo continente, nosotros debimos haber tomado medidas con mayor antelación, pero parece que si algo caracteríza a la población latina (se que no es bueno generalizar, así que pido disculpas) es que caemos en la procrastinación y en el tema hemos caído en general en la apatía de ver como nuestra sociedad se envejece, en parte debido a los cambios demográficos ocasionados por el control de la natalidad y por otra parte, los avances de la Medicina que ha logrado hacer que en generar la gente viva más tiempo, ¿pero en realidad vivirá mejor?

Interesante estudio nos muestra Collerton y cols en la misma revista en Diciembre del 2009, en él buscan describir las enfermedades más frecuentes en un un grupo de personas de 85 años y más arrojando un dato curioso, la autopercepción de la salud y la conservación de la funcionalidad no están forzosamente relacionadas con el estado de salud y daño. Así que fisiológicamente no forzosamente la Medicina ha logrado mejorar la salud del adulto mayor, pero aquí agrego yo mi propia perspectiva, creo que no es lo primordial en esta edad, me explico con detenimiento:

La percepción de salud en los ancianos gira en su mayoría entorno al mantenimiento de las funciones básicas e instrumentadas que les permiten mantenerse autónomos, por otro lado a la capacidad económica para disfrutar de su autonomía, que la jubilación sea verdaderamente un “júbilo” y no una catástrofe y también el hecho de estar integrados a la sociedad, estoy seguro que si valoraran en Newcastle a quienes viven integrados a la sociedad y los compararan personas solitarias habría una diferencia en dicha percepción, todo basado en algo que en el anciano varía en su sintomatología, la depresión. En los países latinos aun perdura el sentido de la familia, así que es muy probable que juegue un papel importante para la auto-valoración de la calidad de vida, el hecho de continuar en contacto con los hijos, los nietos, etc., aunque se viva en un asilo, obvio habrá que evaluar también las condiciones del mismo.

Así pues, son muchos los factores que intervienen en el término “calidad de vida”, no solo la ausencia de enfermedad física, de hecho lo que el estudio de Collerton y cols pareciera demostrar es que al final de cuentas, la enfermedad es lo que menos merma la autopercepción de bienestar en el anciano. Entonces, ¿qué estamos haciendo en México para trabajar en mejorar dichas cirucunstancias?

Aquí está el problema y es que existen pocos proyectos para el envejecimiento de nuestro país, ya las grandes instituciones de salud y asitencia social se han encontrado con problemas ante el aumento “repentino” de pensionados, pero aún no veo que ningún candidato, ya sea a gobiernos municipales, estatales o nacionales genere verdaderos programas para el anciano. Muchos recordarán tal vez a cierto personaje político que se preocupaba por los viejitos del Distrito Federal, evitaré su nombre, pues no quiero caer en un hecho meramente político, mi crítica gira más bien en torno a que dar una “pensión” por así llamarla, sin preocuparse del problema de fondo, más pareciera una herramienta política (aprovechando que bien saben que la población de más de 60 años se incrementa en nuestro país a pasos agigantados), que un hecho guíado en búsqueda de una solución.

Siempre he creído y lo sostengo, que países como España, tienen un sistema de salud y seguridad social mejor planeado para el adulto mayor, tal vez con defectos y huecos importantes y que a la distancia nos resulta más difícil identificar, pero que definitivamente está funcionando mucho mejor que lo que tenemos en nuestro país y en la mayoría de América Latina.

¿Qué nos hace falta? Pues bien, no hay una buena planificación, al menos no en acción de que hacer con los ancianos en diversos casos, cito ejemplos al azar.

Los hospitales cada vez se llenan más de adultos mayores, quienes generalmente requerirán más tiempo de hospitalización, situación que hace que el sobrecupo hospitalario empiece a ser un problema, en particular en los hospitales públicos y de las insituciones se seguridad social, ahí un primer detalle, no se ha planificado en los hospitales el incremento de camas o al menos de áreas específicas para el paciente viejo (a mí parecer no encuentro despectivo este término, todo depende de como se diga). Estos ancianos hosptializados tienen a complicarse aún más estando institucionalizdos, ¿por qué motivo? En general el personal, tanto médico, como de enfermería, auxiliares, cocina e incluso intendencia, no están capacitados para tratar con ellos, fácilmente se sucitan casos de úlceras de presión secundario a que no se moviliza al paciente con la frecuencia necesaria, al roce de las sábanas cuandose cambia la ropa de cama, etc. No se contempla el hecho de que si bien un paciente joven puede desorientarse estando hospitalizado, un adulto mayor fácilmente puede caer en síndrome confusional e inclusive delirum con unas cuantas horas de hospitalización. Los médicos, inclusive los internistas (a quienes la carga de trabajo por el cambio demográfico los ha obligado a ver más ancianos), se ovlidan del cálculo adecuado de líquidos, además de practicar una medicina sumamente invasiva en los pacientes y debemos recordar que cuanto más se “amarre” a un paciente a sondas, catéteres e inclusive sugeciones “gentiles” a las camas, mayor será el grado de desorientación que sufrirá. Una de las opciones que existirían para disminuir el riesgo a estos problemas sería contar con salas de día en los nosocomios, pero ni si quiera los que actualmente se están construyendo cuentan con estos espacios, al menos no en su inmensa mayoría. Podría continuar, pero no es el objetivo, estos son solo algunos ejemplos de lo que a nivel hospitalario hace falta.

Pero, ¿qué hay con la vida fuera de los hospitales? En México, al menos, contamos con muy pocos asilos y de ellos, en general, las condiciones son deprimentes, a ello hay que agregar que son todavía más extraños aquellos asilos en dónde uno pueda llevar pacientes con demencias o con alguna necesidad especial de atención. Los costos de los asilos privados son muy elevados, lo mismo que el de las cuidadoras a domicilio. En Europa existen programas de servicio social donde el gobierno provee a los ancianos de gente que se encargará de cuidarlos, en algunos casos las 24 horas, en otros solo como personas de compañía que les ayudarán en algunas tareas de la casa, la cocina o el baño, pero que les respetan su individualidad, ¿no sería mejor esto que $820.00 al mes?  Hay en algunos municipios (entre ellos en el que vivo) que cuentan con centros gerontológicos en donde acuden los pacientes con mayores capacidades funcionales a convivir y realizar actividades recreativas; es cierto, existen pero en número mucho menores a los que se requieren, el sobrecupo es inminente y es triste pero cierto, las listas de espera están como aves de rapiña, no creo que necesite explicar más.

Acciones que incentiven a los ancianos, que los hagan sentir útiles, incluidos en su sociedad, grupos de consejería por ejemplo o que los adultos mayores participen en obras benéficas para otros miembros de la sociedad, recibiendo a su vez de este modo un benefício, la sensación de importancia y la actividad, que como bien dice el estudio mencionado previemante, son fundamentales para el bien-estar del paciente.

En ocasiones como médicos, tristemente, olvidamos que la definción de salud no se limita al bienestar físico, sino también al psicológico y al social, concentrándonos en la curación de enfermedades y no en la reinserción de los pacientes a su entorno, a la readaptación y recuperación de la funcionalidad e independencia.

Por otro lado, no hay normas o leyes que regulen en sentido extricto las responsabilidades de la familia para con los adultos mayores. Esto puede ser un verdadero conflicto ético, ya que en ocasiones no podemos borrar el pasado, es decir, ¿cómo obligar a un hijo u otro familiar a que se haga responsable de su viejo, si este en el pasado no lo hizo o inclusive le “fastidio la vida”? Creo que esto resultaría legalmente imposible o sino, por lo menos, muy complicado.

Pero también es lamentable el fenómeno bien conocido en los hospitales públicos, en que cercanos a los puentes o fechas clave como Navidad, vacaciones de Semana Santa, Fiestas Patrias, etc., los servicios de urgencias se llenan de ancianos, quienes son llevados por sus hijos por dolencias, tal vez exitentes, tal vez ficticias, para ser abandonados en dicho lugar, hasta que pasa el asueto y vuelven por ellos. Una forma de solucionarlo sería implentar las casas de descanso del cuidador, tal y como existen en países europeos, donde en algunas auspiciadas por los gobiernos (cierto número de días al año y en fechas programadas), en otras por una cuota especial (variando de institución a institución) el familiar o cuidador, lleva al paciente, lo deja por un período para que ellos puedan irse de vacaciones o simplemente en sus casas, pero pasar por un tiempo de “desintoxicación”. ¿Qué sucede? En Aguascalientes, donde resido hay un centro cuya función inicial empezó a ser ese, pero acabó convirtiendose en una especie de asilo, centro de hospitalización y un lugar donde los ancianos eran olvidados por sus familiares, en ocasiones el mismo gobierno la utilizado para internar ancianos en condiciones especiales (recuerdo una maestra viejita que estaba ahí para “protección” en contra de sus hijos quienes vivían un pleito legal ¡por la herencia!).

En fin, creo que América Latina y al menos puedo asegurar en México, aún falta mucho por hacer en materia del envejecimiento, un tema que sin duda alguna debería ocupar la agenda de los políticos, junto con la educación, la ciencia y la salud. Créanme, creo que todas van de la mano, más adelánte les desarrollaré mi teoría, pero mientras esto no suceda y las prioridades sean el enriquecimiento personal y el beneficio de unos cuantos, seguiremos teniendo grandes deficiencias en los programas que implican un impacto directo a la economía y desarrollo del país, sí, aunque no lo crean los ancianos influyen y lo harán aún más, en el PIB de un país.