Archive for the ‘Calidad’ Category

Un toque de ciencia en las fiestas

Integrar a los adultos mayores a las fiestas decembrinas. (Imagen: Denia.es)

Publicado previamente en La Jornada Aguascalientes

Llega Diciembre y con ella una serie de fiestas, en su mayoría con un trasfondo religioso y siempre remarcadas por un espíritu de consumo en donde en ocasiones no es posible diferenciar entre uno y otro. En realidad, lejos de lo anterior lo que disfruto de estas tradiciones es la posibilidad de encontrarme de nuevo con mi familia, aunque no esperamos solo a estas fechas, siempre es bueno tener u pretexto más, particularmente aquellos que vivimos en ciudades diferentes es un motivo para tratar de coincidir.

PUBLICIDAD

En torno a ello, en un comunicado de prensa la Universidad de Ryerson en Toronto canda da algunas recomendaciones sobre como velar por nuestros abuelos y otros parientes mayores a quien sin duda es importante incluir en las reuniones familiares.

En primer lugar debemos tomar en cuenta que muchos de ellos necesitarán que se les recoja en coche, pudiendo ser los nietos que estrenan licencia los encargados, ofreciendo esto además una oportunidad para el contacto entre ambas generaciones.

Tenga en cuenta que la disminución de la agudeza auditiva puede ser un problema para los invitados de mayor edad. Para ello en la mesa coloque a alguien a su lado que pueda repetirles partes de la conversación o que esté atento cuando las personas mayores parezcan no formar parte de la conversación. Interactúen con ellos, puede ser de utilidad preguntarles sobre sus experiencias o recuerdos de estas fechas o bien inclusive si se presta, a bromear con ellos. Con algunos abuelos el sacar un álbum de fotos viejas es otra forma de generar participación, contándonos las historias de cada foto, quienes aparecen, cuando y dónde fueron tomadas, etc.

Por favor, recuerden que un adulto mayor no es un niño, es un error recurrente que pensemos así y en particular aquellos abuelitos más independientes no les gusta que los adultos más jóvenes los traten así. Tomar en cuenta este consejo les aseguro mejorará en forma importante la comunicación familiar y ayudará a que disfruten el tiempo que pasen juntos.

Si su familiar está en un centro de atención a largo plazo, lleve a sus hijos, incluso al perro o al gato de la familia si el lugar lo permite. Tal vez pueda llevar comida tradicional de la familia y decorar una pequeña área de la habitación con artículos que acostumbren en su casa.

Recuerde, los adultos mayores son el pilar de nuestras casas y lamentablemente en estas fechas muchas veces son los más olvidados, lo que acarrea en ocasiones la agudización de problemas emocionales e inclusive orillan a muchos hacia el suicidio. ¡Integren a sus abuelos a la convivencia bajo el pretexto de las fiestas y siempre!

Pero si algo caracteriza estas “fiestas” son los regalos navideños. Tal vez en el único punto en donde puedo comprender un poco que se mantenga la ilusión es en los niños (aún así creo que es alentar el consumismo en torno a una fecha).

Ya entrados en gastos, ¿cuál es el regalo idóneo? Para elegirlo tal vez haya que hacernos dos preguntas, la primera si se trata de un juguete seguro para ellos y en segundo, cual es bueno para ellos.

El objetivo principal del juego queda un poco en el olvido en esta época, pero en realidad forma parte del crecimiento y desarrollo de los niños, como señala el Dr. Garry Gardner del Consejo sobre prevención de lesiones, violencia e intoxicaciones de la Academia Americana de Pediatría.

En primer lugar Gardner aconseja que los juguetes debes ser atractivos para los niños y que fomenten un juego imaginativo y creativo, que estimulen la actividad y el ejercicio.

En conjunto con Gardner, el Dr. Benjamin Hoffman del Hospital Pediátrico Doernbecher en Portland, Oregón considera que una de las mejores cosas que los padres pueden hacer es comprar juguetes que reduzcan la cantidad de tiempo que los niños pasan frente a una pantalla (televisión, computadora y dispositivos portátiles).

Los videojuegos pueden ayudar a mejorar las habilidades motrices finas de los niños, pero también roban el tiempo de actividades más creativas o saludables, señala Gardner.

Cada vez es más frecuente encontrarnos con escenas como padres frustrados llevando a su hijo aun parque para que este se la pase sentado bajo un árbol jugando con su videojuego.

“La estimulación cognitiva que los niños reciben de las pantallas es distinta, y probablemente no sea beneficiosa”, comenta Hoffman. “Nuestros cerebros humanos no evolucionaron para sentarse frente a una pantalla con luces centelleantes y sonidos altos. Es potencialmente nocivo para el desarrollo infantil”.

Entonces, ¿qué juguetes son buenos para los niños?

Los tipos de juguetes que permiten a los niños usar sus imaginaciones e intelectos incluyen, según Hoffman y Gardner:

  • Bloques para armar o Legos.
  • Pinturas, arcilla y otros suministros de arte.
  • Rompecabezas y juegos que fomenten la lógica y el razonamiento.

Los padres también deben pensar en juguetes que promuevan la actividad al aire libre o el ejercicio físico, como bicicletas, patines y equipo para jugar al aire libre, señalan ambos pediatras.

Como podemos ver son opciones más económicas, sencillas y que sin lugar a dudas tendrán repercusiones positivas en nuestros niños.

 

¡Milagro! ¡Milagro! ¡Se acabaron los “milagros”!

Malunggay uno de los productos retirados por la COFEPRIS

Artículo previamente publicado en La Jornada Aguascalientes

 

Gracias a mi amigo José Arturo Enríquez, catedrático de la Universidad Autónoma de Zacatecas me llega la noticia de que la Comisión Federal para la Prevención de Riesgos Sanitarios (COFEPRIS) ha retirado del mercado 13,572 productos “milagro”.

Llevo ya mucho tiempo escribiendo en torno a ello, estos productos ponen en riesgo la salud de la población, no solo por los daños que pueden ocasionar per se, sino también porque invitan a que la gente abandone los tratamientos recomendados por los médicos y los cuales se encuentran científicamente estudiados.

Vámonos por partes…

PUBLICIDAD

Para que un medicamento científicamente producido salga a la venta debe pasar cuatro fases de investigación, lo cual implica al menos 10 años desde su “descubrimiento” o “diseño”, hasta que salga a la venta. Estos procesos buscan demostrar en primer lugar, que hacen aquello para lo que se ha planeado, y que de lograr un beneficio no es mayor que aquel que producirá la sugestión, es decir se comprueba que el efecto obtenido no sea equiparable al de un placebo (sustancia innocua, “pastillas de azúcar”).

Por otro lado y no menos importante, corroborar que no producirán ningún tipo de daño en aquellos que lo consumen. Si bien todo medicamento es susceptible a causar efectos inesperado en las personas, debemos estar seguros que estos no serán graves a tal grado que las complicaciones superen los beneficios. Además conocer cuales son las complicaciones más frecuentes nos ayudará a identificarlos más rápidamente y saber como solucionarlos.

¿Esto sucede con los denominados productos “milagro”? Claro que no, en ocasiones aprovechan la creencias procuro de la idiosincrasia o tradiciones, muchas otras veces se lo inventan, ni siquiera se preocupan por que lo que digan suene lógico, le dan una bonita presentación, pagan tiempo aire en la televisión o peor aún, ni siquiera hacen ello, aprovechan el poder del Internet y del boca a boca para empezar a vender sin preocuparse si las pastillas, gotas o cremas que “inventaron” tienen algún efecto perjudicial en la población. Ya saben que no producirán ningún beneficio en la gente, pero sí en sus billeteras.

Siempre me ha resultado increíble que por lo general se cuestiona mucho al médico y los efectos de los fármacos que prescribe, lo cual no está mal ya que un paciente bien informado será sin duda un paciente bien controlado; lo asombroso radica en el hecho de que no ocurre el mismo fenómeno con los productos milagro, en los que la gente cree ciegamente, sin ningún tipo de juicio razonal, todo porque se los recomendó el vecino, la comadre, la toma el amigo de un amigo y dice que le “cayó muy bien” o simplemente porque sale en la televisión, como si esto fuese un punto de garantía.

Otro lema engañabobos es aquel en que se justifican las “bondades” de estos productos milagrosos en su origen 100% natural, como si esto fuese garantía de que no va a pasar nada con el organismo. Cuando mis pacientes me argumentan esto para tomar alguno de ellos yo les pregunto si tomarían arsénico ya que basados en su postura debería de ser bueno solo por ser obtenido en su totalidad de la naturaleza.

¿De quién más sospechar? Dude de aquel que le promete ser la panacea, el medicamento que lo cura todo, de existir, ¿cree usted que no habría ya alguien explotándolo? Obviamente tras demostrar científicamente que no se trata de un producto mágico sino de la cura real de todos los problemas.

Pero estos sujetos por lo general reculan argumentando un complot de la “maléfica” industria farmacéutica, que enreda a los gobiernos para apoderarse del mundo, haciendo que héroes anónimos que conocen la poción que todo lo cura no puedan ver la luz.

Ellos por mera serendipia se dieron cuenta que con agua, si ese vital líquido que ya todos tomamos podemos curar hasta el VIH, o que los pacientes con cáncer mejorarán súbitamente. Tristemente los pacientes víctimas de la angustia caen en sus enredos, alejándose muy probablemente de aquellos tratamientos que de un modo u otro han demostrado ser útiles, o en caso de padecimientos incurables, ser paliativos ante las complicaciones que se presentan.

Es por ello que celebro que al fin la COFEPRIS empiece a tomar cartas en el asunto, retirando medicamentos que son anunciados en la televisión como la gallina de los huevos de oro. Esperemos que pronto voltee a ver a aquellas agüitas milagrosas que favorecen la inexistente fotosíntesis humana y que en su mayoría son anunciadas en Internet y programas religiosos alejados de todo razonamiento, pero ese es otro tema…

Calidad en la atención de salud… un gran talón de Aquiles

Publicado en La Jornada Aguascalientes

Nunca me cansaré de opinar que no coincido en muchos de los estándares que se consideran para medir la calidad de la atención en salud. Hablar de números resulta algo cuantitativo y no cualitativo. Como científicos por lo general tendemos a buscar este tipo de variables, argumentando que los números nos resultan más substanciales, más “medibles”, entiendo y comparto esa visión para casi todo excepto cuando hablamos de calidad, donde nada mejor que la variable cualitativa para valorarla, no en vano su nombre.

Si bien es cierto que el tiempo que un paciente permanece en una sala de espera es importante y puede ser una de las quejas más recurrentes cuando entrevistamos a su salida de un centro de salud o una clínica, esta casi siempre va seguida de un comentario extra: “espere tantas horas, para ser atendido en 5 minutos”. Y es que la gente puede esperar solo un par de minutos o inclusive una hora o más (siempre y cuando no se trate de una emergencia, ya sea real o sentida), pero lo que realmente esta quiere es ser atendida con calidad.

PUBLICIDAD

¿Pero qué es calidad? El problema es que no nos hemos puesto de acuerdo en la definición de una palabra tan común. ¿Cómo expresar lo que significa calidad en la atención de un paciente o “calidad de vida”? Es realmente una situación complicada que debemos valorar muy a detalle.

Permítame hacer una analogía no muy apropiada para poder sustentar mi opinión. Cuando acudo a una tienda de computación para adquirir un nuevo equipo, espero la mejor de las atenciones, un trato cálido de quien me atiende y no que simplemente me indiquen en que pasillo las encuentro o su costo sin más detalle. Tengo la expectativa (nunca cumplida en nuestro país) de que quien intente venderme un producto de computación tendrá idea de sus características más importantes, memoria, procesador, novedades, hardware, software, garantía, etc.

No espero que me atiendan en dos segundos, sino que me dediquen el tiempo y me orienten para que pueda tomar la mejor decisión para mí. Si me veo muy exigente esperaría que no intentaran venderme el más caro solo por el costo, sino que fueran honestos y me ayudaran a elegir la que más me conviene aún si esto no representa una ganancia jugosa para la tienda.

Pues creo que esta es la primera visión que debemos de tener cuando un paciente acude a nuestro consultorio o a la clínica, privada o gubernamental, donde laboramos. El paciente acude esperando que el médico y todo el personal que labore en dicho centro tenga una sonrisa en la cara o al menos una atención cordial, atenta y sobre todo que se le de el tiempo para expresar sus angustias, dudas, etc.

Me he percatado que en su mayoría los pacientes no esperan que el médico lo sepa todo, uno puede aceptar sus limitaciones y si lo hace se le agradecerá haberlo hecho, particularmente si va acompañado por la orientación de a quién acudir para solucionar tal o cual problema, es decir si lo referimos con quien sea más factible que pueda ayudarlo. Los médicos que refieren en forma oportuna y acertada no pierden “clientes” por el contrario, se les reconoce el acierto y la honestidad.

Creo fielmente en el derecho que tiene el individuo a conservar su salud y por esta no entiendo únicamente la ausencia de enfermedad, sino como define la ONU un estado de completo bienestar tanto físico como emocional y social, lo que ya complica un poco la labor del médico y lo obliga se quiera o no, a involucrarse en campos que quizás no sospechaba cuando tomaba la carrera de Medicina como su opción vocacional. El médico deberá hacer en menor o mayor medida política social para ayudar a sus pacientes.

Dedicarle a un paciente 10 o 15 minutos de atención en la mayoría de los casos no resulta suficiente. No permite al galeno escuchar las dudas o preguntas de quien acude a él para aclarar algo que puede estar atormentándolo. Mucho menos es tiempo suficiente para establecer un interrogatorio completo sobre los signos y síntomas que presenta el paciente, una adecuada y minuciosa exploración física, elaborar la nota clínica completa y a detalle, expedir las recetas y establecer un adecuado vínculo médico paciente para lograr con ello mayor adherencia al tratamiento y un mejor resultado.

La calidad también depende del grado de preparación del médico que ejerce la atención. Desde que entramos a la carrera de Medicina se nos dice que el médico estudiará siempre, nunca se terminará su etapa de estudiante, únicamente termina su vida universitaria. El gran problema radica en que muchos médicos olvidan esta premisa, no vuelve a actualizarse o lo hacen muy superficialmente únicamente para cumplir un requisito. Si bien el conocimiento médico es tan amplio que resulta imposible dominarlo todo, no podemos quedarnos sin leer, no hay justificación para ello o para utilizar un congreso como una fuente de convivencia social más que como un espacio académico.

En conclusión, una atención de calidad no es medible por los tiempos de espera o el número de pacientes que ve un galeno (lo que solo califica productividad y no calidad), se debe de valorar la calidez de la atención, la cercanía del médico con su paciente, lo detallado de la consulta, el tiempo que le da para expresar sus dudas y la forma en que las responde, la preparación del doctor, etc. Esto únicamente hablando del médico, pero la calidad de la atención empieza muchísimo antes, incluso fuera de la clínica, empieza desde las autoridades al ejercer políticas sociales y de salud en beneficio de la población. Así mismo el paciente es corresponsable de la calidad

Prescribiendo en base al ego no al criterio

No recuerdo si el tema ya lo había tocado en alguna entrega previa, pero lo que es un hecho es que no le había dedicado todo un post.

Si hay un área donde la gente es celosa de su trabajo esa es la Ciencia y partícularmente la Medicina, donde los orgullos laborales son muy altos, tal vez en parte debido al esfuerzo que implica el lograr un determinado grado, desde la licenciatura. Supongo que también es característico del fenotipo de aquellos que nos dedicamos a dicha rama o ¡qué se yo! Lo que es un hecho es que si uno quiere ver discusiones acaloradas, puede sentarse en una sesión científica donde se propongan nuevas teorías o inclusive en la planeación de un protocolo de investigación, peor aún en las reuniones académicas de los médicos o a la hora de un pase de visita donde se pone a debate un tratamiento determinado.

No sé si didácticamente sea lo más apropiado, pero a mí me funcionó la metodología en donde el maestro o inclusive los mismos compañeros te interrogan hasta decir basta, en donde pareciera que el único objetivo (y a veces es así), sea el dejarte como un perfecto ignorante. No, creo que en la nueva tendencia educativa no es bien visto, pero el orgullo propio del gremio se veía motivado y ello te llevaba a  estudiar.

Pero que quede claro, como en todo, puede haber peligros y este orgullo puede ser un arma de doble filo, lo peor es que en ocasiones el afectado es el paciente, a veces (no pocas, tristemente), los médicos tienden a querer “dejar su huella”, con cambios en el tratamiento injustificados, siendo el único motivo el ego mal dirigido, el querer demostrar cuanto se sabe y demostrar que lo único que se tiene es una ausencia de dos elementos, ética y autoestima. Cuando veo que un médico cambia la indicaciones que puso otro, cuando estas estaban bien fundamentadas, solo me queda llegar a esas conclusiones y es que en la mayoría de las ocasiones cuando preguntamos el por qué del cambio, no tenemos respuesta o esta es ilógica, acalorada e incluso violenta. A veces me encuentro con cambios irrisorios, como una unidad de insulina hacia arriba o abajo, cambiar medicamentos por otro de la misma familia y potencias terapéuticas similares, pero tristemente en muchas otras los cambios logran afectar al paciente quien ya se encontraba controlado y a raíz del cambio perdió efectividad y control.

Agradezco cuando se realiza una modificación oportuna, por ejemplo pacientes que con determinada dosis de un antihipertensivo ya no encontraban éxito y se realizó el cambio del agente o la dosis en una forma justificada y sobre todo que esta se asienta en la nota. Este tipo de intervenciones ayudan no solo a ese paciente, sino a otros futuros, pues siempre se puede aprender de algo que noto un compañero, una omisión de nuestra parte o simplemente porque como sabemos, pudieron cambiar las condiciones del individuo y requerir otro tipo de terapia.

¿Pero cómo normar los cambios? La Bioética sin duda alguna tiene aquí mucho que ver, así como los cursos en “Seguridad en el Paciente” y otras intervenciones que se han hecho a nivel institucional en muchos países, incluyendo el nuestro, pero, ¿cómo llegar realmente a los individuos? Una realidad es que crear protocolos con secuencias específicas es imposible, porque como desde que entramos a la carrera se nos dice, no hay enfermedades sino enfermos, las guías, como su nombre lo dice, únicamente serán orientadores, pero no pueden ni deben ser seguidas al dedillo, deberá existir un criterio para su uso y ese sin duda es el conjunto de una preparación continua y la experiencia adquirida en el tiempo.

Esto me recuerda también a aquellos que leen un artículo (o muchísimos) y se tambalean entre los tratamientos que proponen, queriendo siempre aplicar, sin criterio alguno, el último leído a sus pacientes, con el pretexto de estar utilizando los tratamientos de vanguardia. Reitero, requerimos de un criterio, eso es lo que nos hace médicos y es en esos momentos cuando esta característica toma gran importancia y nos diferencia de “cualquier mortal” (sino cualquiera podría utilizar el Vademécum y sabemos lo peligroso que es eso) y dejar de lado nuestro orgullo, recordando que lo realmente importante es nuestro paciente.

La bata blanca, ¿necesidad real o tradición impuesta?

Imagen: felixmaocho.wordpress.com

Recuerdo cuando era chico y acompañaba a mi padre a su trabajo, verlo caminar con ella puesta y luego voltear a mi alrededor y ver tantos entes caminando orgullos con otra igual sobre sus hombros, en realidad es que era un objeto cuasi mágico con el cual soñaba vestirme alguna vez. De niños algunos sueñan con su capa de mago, con la Superman o con infinidad de vestimentas distintas, yo siempre quise portar una bata blanca.

Ya en la secundaria, cuando empiezas con tus clases en los laboratorios de Biología y Química, entre las hormonas a todo lo que dan y la ignorancia de lo que esa vestimenta implica en un futuro, tu cabeza se dispara y empieza a elevarse, ¡no te la quitas ni para ir al baño! Poco a poco empiezas a aburrirte de ella, pero sigues con la ilusión de que un día esa bata se acompañe de un estetoscopio y que tenga tu nombre bordado con la abreviatura Dr. precediéndolo.

Al llegar a la facultad, ilusionado te pones los zapatos blancos, los calcetines blancos, los pantalones blancos (por su puesto los calzones blancos, sino todos verán los corazoncitos), la camisa blanca, el cinturón blanco, la corbata y por su puesto ¡la bata blanca!. Caminas cual pavorreal, urge que todo el mundo voltee hacia donde estás… llegas y ves que a tu alrededor hay más de 1000 personas que visten el tan preciado atuendo, en realidad en ese mundo, lo único que logra es opacarte, el día que te vistas de negro o de rojo, ¡ese día brillarás! ¡Ah! pero han de terminar las clases y saldrás a la vía pública con dicho atuendo (tal vez ya un poco sucio del uso diario) pero es la oportunidad perfecta para que te vean, aunque los profesores te dicen que te quites la bata al salir del hospital para evitar la contaminación (de adentro hacia afuera y visceversa), haces caso omiso y caminas con ella por todos lados, te metes al metro, te subes al autobús, manejas con ella y si pudieras duermes con ella. Cuando llevas 6.5 años viviendo con ese atuendo empiezas a aborrecerlo, de pronto se te ocurre que quieres estudiar una especialidad, así que el “disfraz” lo tendrás al menos unos 3 años sino es que una decena más. Entonces empiezas a aborrecer el blanco en tu ropa y cuando ya no quieres usarla, los zapatos blancos, las camisas blancas, las chamarras blancas, son el accesorio de moda.

Pero no empecé este artículo tan solo para hacer un anecdotario del uso de la bata en el estudiante-residente, sino por que hoy, pensando de qué escribiría para no dejar pasar mucho tiempo, vi mi bata colgada frente a mi, muy mona en un gancho y me dí cuenta que después de tanto pelear por ella, poco a poco, la he ido haciendo a un lado y quiero comentarles el por qué, para luego recibir sus impresiones.

Tal vez guiado un poco por el aburrimiento de vestirme tanto tiempo igual, particularmente al salir del internado con las guardias y los uniformes que al terminar, más que blancos parecían grises o quizás movido por el hecho de estar en el servicio social, rodeado de tierra y lodo, con un mucho calor y donde podía lavar muy poco mi ropa (la blanca recién lavada con un ventarrón quedaba peor, por lo que esa la llevaba a que me la lavaran en una lavandería una vez al mes), poco a poco fui dejando mi bata a un lado, misteriosamente empecé a notar que la gente se me acercaba más, particularmente la gente mayor y los más jóvenes. Esta serendipia me llevó a tomar una nueva actitud, me dí cuenta que más allá del estatus que me pudiese dar la bata, ese objeto de deseo infantil y puberiano, prefería la cercanía con mis pacientes. Puedo encontrar mil y un razones que justifiquen su uso y un número similar que apoyen mi noción, tal es el caso del fenómeno de hipertensión por bata blanca.

Hablemos de este último fenómeno para tratar de explicar mi teoría (que aclaro puede ser errónea):

Es cierto que el fenómeno de la hipertensión por (o de la)  bata blanca, no está forzosamente relacionada a esta prenda, sino que ha sido denominada así por el hecho de que la gran mayoría de los médicos la utilizan. Pero este fenómeno demuestra, en base a muchos estudios realizados, el efecto que el simple título de “médico” puede tener en un paciente. Si el simple hecho de saber que acuden a un consultorio puede generar tanto estrés en un paciente, ¿qué sucederá si al sentarse en el consultorio lo primero que ve es una bata blanca y un estetoscopio colgando del cuello?

La realidad sea dicha es que aunque muchos manejarán que es una cuestión de higiene, es más que nada una tradición heredada, creo inclusive más antihigiénico el uso de este implemento que se tiende a lavar menos que la ropa que nos quitamos y ponemos día a día. Es simplemente un símbolo del que ni los mismos médicos saben su signficado e historia. Además de ello es un sistema de “defensa” del médico ante cualquier imprevisto con el paciente, es poner un letrero de “yo soy el que sabe”,”yo soy el que manda” o algo así como “cuidado médico adentro”. Lo mismo sucede con el fenómeno del estetoscopio colgando del cuello, que si bien en el hospital tuve la experiencia de que era mejor usarlo así que verlo robado, no tiene mayor utilidad y bien puede guardase en la el bolsillo del mismo pantalón y en tu consultorio mantenerse en el área de exploración.

En resumen, yo soy de los que han ido rompiendo con las costumbres y suelo atender a mis pacientes sin tal vestimenta, jamás he tenido problemas en establecer los “roles” de médico y paciente, por el contrario la relación la siento más cercana, con mayor confianza. En el trabajo gubernamental llevo una, pero suelo dejarla colgada en un “perchero” improvisado en la lámpara de pie. Sin tener estudios controlados, basado en mi propia perspectiva, esto me ha dado resultado, pero en honor a la verdad otras fuentes señalan lo contrario (tengo qeu buscar el estudio original y ver si se menciona el cuestionario y este no era tendencioso).

Quiero aclarar que no es lo mismo hablar de la bata en el consultorio que de un uniforme quirúrgico donde si tiene un papel real de asepsia y antisepsia o inclusive de la bata en un laboratorio, donde esta es una vestimenta de protección.

¿Qué opinan? ¿Es la bata un implemento necesario o impuesto por la tradición o se trata de un arma egocéntrica del gremio médico?

¿Médico o surtidor de recetas?

Imagen: cooperativa.cl

Como lo he mencionado en otras ocasiones, siempre estaré a favor del trato cordial, cálido y cercano a los pacientes, pero también he subrayado que el paciente debe de corresponder a dicho trato de igual forma, además de responsabilizarse de su salud. El médico y el personal de salud deben de trabajar para velar por el bienestar de los pacientes, pero de nada servirá el trabajo de los galenos, enfermeras, nutriólogos, psicólogos, etc. si el paciente no lo quiere.

En reiterados artículos he escrito que la labor del médico debe ser reconocida, que si tanto se ha puesto de moda el síndrome de Burn Out, es precisamente por la falta del estímulo a la actividad del personal de salud, fuese la profesión o actividad que fuese. Pero creo que en su mayoría mis comentarios han ido dirigidos a las autoridades y compañeros, pero en las últimas semanas me he dado cuenta de que también debo enfocarme en los pacientes, esto me ha extrañado hasta a mí, puesto que generalmente digo que la mejor paga que tiene el médico es el agradecimiento de sus pacientes, entonces ¿por qué concluyo esto ahora?

Sigo sosteniendo que no hay mejor paga en el mundo que ver que un paciente te sonríe, te de las gracias, o se acuerde de ti y te lleve una goma de mascar, unos dulces, un queso, una sábana hecha por ella, una bufanda, etc. (no podría enumerar todas aquellas cosas que me han dado y me motivan). Pero realmente lo que más me motiva es ver que mis pacientes responden a las acciones que yo hago. Y, ¿qué hago?

Pues bien mi labor tanto en mi trabajo en el sector público como en el privado, se centra principalmente en educar, creo que va más allá de prescribir una receta o realizar alguna intervención física. En su mayoría los pacientes que yo atiendo son adultos, así que podemos concluir por ahí, que ya son responsables o al menos eso creemos. El asunto es que educar a un adulto es muchísimo más difícil que educar a un niño, tiene usos y costumbres muy aferradas, varias de las cuales tenemos que modificar para controlar sus enfermedades, diabetes, hipertensión arterial, dislipidemias, obesidad, etc. Es por ello que hacemos muchas veces uso, no solo de las habilidades que pudieramos tener nosotros, sino de la consejería y orientación de Psicología.

Ok, sabemos entonces que los cambios serán difíciles, que no los veremos de la noche a la mañana y que requieren de constancia por parte del equipo para lograr crear conciencia, para cambiar usos y costumbres arraigados a través de los años, pero cuando se logran estos cambios, sabemos que el paciente ha entendido, se ha responsabilizado de su problema y en definitiva, significa un gran logro para todos los que integramos el equipo, algo que nos motiva a seguir trabajando. Lamentablemente reitero, no es algo sencillo y no siempre se obtiene el éxito esperado.

Pero esos “pequeños fracasos” no son los que nos derrumban, porque en sí, la gran mayoría de los pacientes, aunque no hagan cambios de 180º, si hacen pequeñas modificaciones en su estilo de vida que impactan favorablemente en su salud y conforme van viendo resultados se van motivando a seguir cambiando. Estos pacientes, que vemos tan seguido y que van sintiendo los resultados, van integrándonos a sus vidas e inclusive, resulta difícil darlos de alta para que sigan siendo manejados  en sus unidades y muchas veces vuelven.

Así pues, que un artículo que empezaba como queja parece subrayar el por qué considero la mejor paga, la que viene no de la cartera, sino de la misma salud y de la actitud del paciente. Pero era necesario ver el lado positivo para entender el obscuro. Tristemente, existen pacientes que por más que uno le busca, no encontramos la forma de cambiar nada, siguen viendo en el médico y en la Medicina, la solución exprés, tal vez motivados por todos estos pseudofármacos maravilla que “curan” todo, incluyendo la diabetes, sin el menor de los esfuerzos.  Para ejemplificar les contaré una anécdota de esta semana:

Llegó una paciente, que como muchos, acuden a consulta con una lista como si estuvieran acudiendo al supermercado, esperando que uno les surta las recetas según sus deseos y no según sus necesidades. Inclusive, cuando se les pregunta cómo se ha sentido, si no ha tenido alguna molestia, etc. lo niegan, pero solo ven que uno saca el bloc de recetas o sabe que está escribiéndolas en la computadora, después de media hora de consulta empiezan a toser y te dicen que si no tienes antibiótico, así, directo, sin titubeos.

Respiras profundamente y comienzas un interrogatorio, ¿desde cuando tiene tos? ¿Con o sin flemas? ¿Fiebre? Las respuestas son: Desde ayer en la noche (menos de 12 horas), sin fiebre, sin flemas. Te paras, auscultas, revisas la garganta y todo se ve a las mil maravillas. Realmente no requiere un antibiótico. Prescribes un antinflamatorio ya que te refiere “dolor en la garganta” y explicas el por qué no consideras que requiera antibiótico.

De inmediato te pregunta que si no tienes nada inyectado (resulta que la razón principal para rehuir a la insulina es el miedo al piquete, pero todos quieren antibióticos inyectados), le comentas que no y te refutan: ¡yo vi que la señora que salió antes que yo se llevaba unas inyecciones!.

Le respondes cortesmente  ”la señora que salió antes que usted llevaba insulina, es lo único inyectado que manejamos en esta clínica, si requiriera algún otro medicamento, como un antibiótico, se le enviaría a su Centro de Salud, esta Unidad está focalizada únicamente a enfermedades crónicas, cuenta con un arsenal pequeño de antibióticos y otros medicamentos para enfermedades que pudieran aparecer cuando acuden a su consulta mensual, pero resulta muy básico”.

Cuando te levantas para acompañarla a la puerta,  la paciente se para y se acuerda que le duelen las rodillas ¿no tendrá diclofenaco? y de una vez doctor, deme algo para el estómago, que me ha dado gastritis, pero que no sea ranitidina, no me hace, mejor omeprazol o pantoprazol. (El por favor a quedado borrado del léxico)

Lo siento señora, como le comenté, esta clínica tiene una función específica, además de que ya tenemos el tiempo justo y necesito pasar a los demás pacientes, acuda a su Centro de Salud para que valoren que medicamento es el mejor para usted.

(Nota: a la paciente le concedí 15 minutos más de consulta para atenderla de su supuesta infección, cada vez que terminaba una receta, tenía un nuevo padecimiento. Insisto en que defiendo el tiempo de consulta largo, pero en este caso la señora obtuvo una consulta de 45 minutos y también hay lo que se llama respeto por el paciente que espera fuera).

Termina la consulta y parece que ahí acabó el incidente, el cual ya te molestó un poco pues te hace sentir, al menos a mí, utilizado y que tu palabra y años de estudio no tienen valor ante los deseos de su majestad la paciente. Pero no, al día siguiente llegas a la sesión clínica de la unidad y frente a todo el equipo tu Director te comenta que la paciente se fue a quejar, que deberías atender todo lo que se presente aunque sea una clínica de crónicos, en resumen que no atiendes a los pacientes como se debe. Cuando preguntas por qué caso hablan, te enteras que fue la señora del antibiótico y das tu versión de los hechos, a medias porque no te dejan terminar, cuando tu Director te dice que él si le prescribió el antibiótico. Mejor no interrogar los criterios de dicha prescripción, porque sin duda no hay otro que “quitarse a la paciente de encima”.

La carga de pacientes que vienen pidiendo antibióticos ha incrementado a raíz de la política (bien impuesta), de prohibir la venta de medicamentos sin prescripción, el problema está en que los médicos seguimos prescribiendo fármacos sin tener criterio alguno, tan solo por “agradar” al paciente. Bajo mi premisa de que lo correcto es educar y no ser repartidor de fármacos, seguiré siendo criticado por mis autoridades, pero tengo evidencia que me respalda.

Cuando el médico es el paciente

Cuando el médico es el paciente. Imagen: aplamancha.blogspot.com

Hoy me tocó estar del otro lado del escritorio, suelo insistir en tratar bien al paciente y hoy vuelvo a hacerlo, ahí les va mi historia…

Desde hace ya varios años me uní al exclusivo club de pacientes con Migraña, en realidad no tenía intención de pertenecer a él, pero es que tú no lo escoges, ella te escoge a ti. Es de esos padecimientos en donde el paciente no puede hacer nada para evitarlo, simplemente se presenta. Desde hace 4 años o un poco más, los ataques empezaron a ser más frecuentes, sobre todo desencadenados en episodios de desvelo y estrés, ¿cómo médico, particularmente como residente, podía yo evitarlos? En realidad no… en los últimos años, si ven mis primeros posts en el blog, podrán ver que he estado sometido a tensiones, enojos, etc. ¿quién no?. Pero de todos modos, con o sin ellos, hay días que a mi amiga le gusta venir a visitarme.

La madrugada de hoy fue una de esas, la migraña decidió aparecer, inoportunamente despertarme y simplemente no dejarme seguir durmiendo, pero tampoco irse ni permitirme abrir siquiera los ojos. Tome mi dosis de Zoming (zolmitriptano) pero tardó un buen rato en empezar a hacer efecto, de hecho a penas logró hacer que pudiera soportar la luz del iPhone para enviar el mensaje de que no podría llegar a trabajar. Así fue que, aunque los pacientes no lo crean, un médico caía víctima de la enfermedad.

Al lograr recuperarme, tome el coche, aún con cefalalgía pero ya sin hipersensibilidad a la luz y manejé ahasta el I.S.S.S.T.E. (para mis amigos de otros países, en México la atención pública se divide en tres grandes rubros: I.M.S.S. es el servicio de Seguridad Social para trabajadores, el I.S.S.S.T.E. para los  trabajadores del Estado y aquellos que no tienen derecho a ninguno de estos, son atendidos directamente por la Secretaría de Salud (donde yo trabajo, generalmente con menores recursos económicos, como ya he hecho mención).

En fin, pude haber ido a las 13:00 que pude ponerme de pie sin molestias mayores (nunca fue un “descanso” esto de estar sin hacer nada con la luz apagada y sin ruidos), pero no tenía caso hacerlo, ya una vez me presenté y se habían acabado los turnos, y tendría que esperar a que el siguiente iniciara, así que salí a las 14:00 hrs. para tomar mi turno. Decidí ser uno más, nunca mencioné ser médico (a veces cometemos el error de dar preferencias a los colegas), hice las mismas colas que todos los demás usuarios, aún cuando algunos de enfermería me reconocieron. Quería vivir la experiencia de ser el paciente.

Pues bien, llegué a las 14:15, ya había 30 personas antes que yo, en una lista de 3 consultorios trabajando, así que tendría que esperar, eso ya lo sabía. Mientras oía protestar a algunos pacientes, pensaba para mis adentros que cuando entran, lo que quieren es que se les trate dignamente, con respeto, cariño y se les escuche, al menos así lo pregono y practico yo, la espera se hizo larga, y aunque no me sentía bien, procuraba concentrarme en ese hecho. Pasaron más de 3 horas, donde no hacía nada, no había como distraerme y el dolor de cabeza comenzaba a incrementarse nuevamente.

Identifiqué a la médico (o médica como algunas personas empiezan a poner) que me atendería, en realidad hacía una hora y media que no pasaba a nadie, todos los que deberíamos pasar a su consultorio seguíamos ahí, mientras que las personas asignadas a otros galenos continuaban pasando, ella estuvo un buen rato intercambiando risas y cotorreos con algunas personas en el pasillo. Todavía guardaba esperanzas de que al pasar al consultorio las cosas serían diferentes, que tal vez entre risas y chacoteos estaba interveniendo por un paciente, intercambiando información médica o yo que sé que pasaba, no la juzgaría.

Llego mi turno 4 horas después, entre al consultorio, donde había música tropical de fondo, jamás se me volteó a ver, extendió mi mano como esperando que le diera algo, o sí, los signos vitales que me habían tomado previamente, me arrebató el papel en cuanto se lo extendí y siguió sin verme, no volteo jamás a verme a los ojos… a los pocos segundos tras escribir en el expediente me preguntó si sufría de alguna enfermedad importante o tenía algún antencedente de importancia. A esto siguió mi comentario sobre mi operación de corazón por Tetralogía de Fallot a los 4 años y la posterior implantación de un marcapaso a los 14, de ahí en fuera, sano….

- ¡No, no! ¡Que si tiene Diabetes o Hipertensión!.

- O perdone, conteste, no, no tengo

- ¿Qué quiere?

- ¿Perdón?

- Por algo vino, ¿no?

- Mire, sufro de migraña, tomo topiramato para evitar las crisis, pero hace ya unos meses lo suspendí, al haber cedido las crisis, tal y como me lo indicó el Nuerólogo, pero hoy en la madrugada me despertó el dolor, tuve episodios de nauseas sin llegar al vómito, me molestaba la luz (no quería utilizar ninguna frase que pudiera hacer sospechar mi relación con la Medicina) y aunque tome el Zoming no se me quitó por completo el dolor, actualmente me duele, ya no tan intenso, pero sigo con dolor de cabeza.

- ¿Le duele? – Mientras lanza esta pregunta en tono sarcástico, pone una cara de extrañeza, como si estuviese mintiendo, parece que en la Escuela de Medicina le dijeron que si un paciente no está en el piso retorciéndose del dolor, no tiene dolor. Tras esto continuó. – Entonces lo que quiere es que le de más medicamento – Todo en un tono de afirmación.

- Si es lo que considera más apropiado, que así sea Doctora, además de que el día de hoy no pude ir a trabajar por el trabajo, no sé si será (jamás exigí) posible que se me extienda una incapacidad por el día de hoy.

- Pues si no fue en la mañana, tuvo que venir en la mañana.

- Doctora, tuve migraña, me dolía la cabeza, la luz me molestaba y no podía salir, por tal motivo vengo hoy, pero más tarde, se que no pueden generar incapacidades en días posteriores al problema, pero no me habían informado que tenía que venir en el momento en que tengo el problema. – Para mis adentros pensaba, ¡como si yo hubiese escogido el enfermarme! Llegué a pensar inclusive en decirle lo decepcionado que estaba de su labor, de colega a colega, pero preferí salir antes de enca… de molestarme más.

Tomo el recetario mientras y extendió la receta mientras marcaba su celular y se ponía a platicar con alguien más, nuevamente a mucha risa y carcajada. La música tropical continuaba emanando de las bocinas de su computadora. Extendió la receta, la nota de incapacidad, me aventó una pluma para que la firmara y me dijo: Cuando salga llame al paciente Perenganito de Tal…

Jamás me volteo a ver, dudo que si me ve en la calle sepa quien soy, yo si reconoceré sus uñas con exceso de diamantina. Así terminó mi visita a un servicio de salud. Cuando esto sucedió me puse a analizar que tengo razón al insistir en querer hacer que los médicos atendamos con mayor calidad a los pacientes, que les demos el tiempo de expresarse, que establezcamos contacto visual y que al menos estrechemos sus manos. En su mayoría están enfermos y su enfermedad los angustia, sentidas o no, para ellos son un problema real y en ocasiones una urgencia, aunque no lo sea así. En verdad, no saben lo mal que se siente ser tratado como si se fuera criminal.

No juzgo a la doctora, en ocasiones me he quejado de las condiciones en las que trabajamos, etc. Pero creo que ella también debe de entender que el enfermo, no es culpa de él y en realidad, si ahora estaba presionada por el tiempo que tenía para atender el cerro de expedientes que tenía en su escritorio (siempre me quejaré de lo inhumano que es para el paciente y para el médico), debió preveerlo antes de estar una hora tomando su café y dialogando amenamente en el pasillo con otros miembros del personal, pues si bien es un exceso de pacientes el que se le asignan, uno también debe darles prioridad.

Por otro lado, me hizo viajar a mi práctica personal, muchas veces salgo a la sala de espera y aunque nunca se han quejado oficialmente, los pacientes te ven con cara de que apures tu consulta, en mi caso las cosas son diferentes, trabajo bajo cita, el paciente tiene una hora a la cual debe de llegar y sabe que estará al menos 2.5 horas con nosotros, tiempo que será dinámico, no estará sentado sin hacer nada, en ese tiempo se le tomarán los signos vitales, será valorado por Enfermería, Nutrición y Medicina. Cada consulta llevará al menos 30 minutos y en caso de Psicología 45 minutos, en ocasiones las mismas pueden extenderse si él o ella requieren más tiempo para oirlos o para explicarles algo, desde que llegan se los comento, todos están de acuerdo y nunca ha habido un problema, pero sí de vez en cuando quejas de “el laaargo tiempo que tienen que esparar”.

Pues bien, es cierto, tardé exactamente el mismo tiempo que ellos, pero recibí menos de la tercera parte del tiempo de atención médica que ellos reciben, sin tomar en cuenta, que en realidad no esperan, están en constante atención, a o más, si las cosas se atrasan con alguien más, tendrán que esperar, por mucho, 30 minutos en total. Es aquí que coincido con Amalia Arce (@lamamapediatra) en su artículo titulado “Humanismo Bidireccional“, así como al principio insisto en lo mal que el paciente se puede sentir por no ser atendido con respeto, creo que los pacientes, en muchas ocasiones deben ser un poco más analíticos a la hora de juzgar a los médicos que los atienden.

Para acabar de subrayar esto, hoy (incrementando mi cefalalgia) tuve una discusión con el personal de la Tarjeta de Crédito, donde no me piden grandes datos para cargarme un seguro, simplemente un sí, que quedará grabado, pero en cambio, para cancelar el servicio, “por mi seguridad” (no vaya a quejarme de que ya no me cobran), tengo que cumplir con una serie de requisitos, contestar una serie de preguntas, y no molestarme porque se me este queriendo ver la cara, o en otras palabras, robando, al cobrar un seguro “antirobo” (¿paradójico no?) Sin lugar a dudas el mismo individuo que me atendió y me trató con la punta del pie, llegará a un servicio médico queriendo ser atendido en ipso facto, y tendrá razón, pero también debería aplicar esa urgencia a la inversa… ¿o no?

Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida (2)

Imagen: noticiaaldia.com

Este artículo es la segunda parte de la entrega Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida

Todos tenemos que sobrevivir, y así como el tendero tratará de vendernos sus conservas, la industria farmacológica buscará por todos los medios hacer lo propio. La investigación cuesta y mucho, miles de millones de dólares son invertidos antes de que un medicamento salga a la luz y si el laboratorio es serio, puede que al final, tras una gran suma de dinero esto ni siquiera suceda al comprobarse algún efecto colateral grave. Es por ello que invertirán otra buena suma a hacer que su producto se venda, por un lado crearán en el usuario (no siempre enfermo) la necesidad del producto, y en el médico tratarán de convencerlo de que es la panacea. Creo que hasta aquí, por muy encontra que estemos de dicha práctica, todo parece ser normal, un juego de supervivencia donde, en este momento, el laboratorio ha dejado su moneda en el aire, apostando por supuesto a que caerá la venta, pero pareciese que este juego no es tan azaroso y hay otros factores que cargan la moneda, ¿cuáles son?

Mencionaba yo a los tiempos de consulta, en definitiva, cada vez más breves, ya sea en una institución pública como inclusive en los consultorios privados (o libres como diría el Dr. Miguel Ángel Palacio). En las instituciones públicas, ya he discutido mucho al respecto, se considera de mayor calidad un menor tiempo de espera, aunque ello se refleje en un menor tiempo de antención. En la consulta privada pareciera reinar el mismo espíritu, a consecuencia del trajín diario de la vida, donde cada vez son más las actividades y menos los tiempos. Esto lleva como consecuencia que el galeno tenga poco espacio para valorar a su paciente, pero sobre todo para oirlo, comprender su problemática, y después ofertarle una solución, que no siempre tiene que llevar la prescripción de un fármaco, bien puede ser únicamente una palabra de aliento o inclusive un afectuoso “jalón de orejas”.

Hablaba también de la presión del paciente, aquí viene en parte el juego de la mercadotécnia de la industria, quienes provocan por lo general, la necesidad en el individuo de tal o cual medicamento. No es extraño en mi consulta diaria que los pacientes me pregunten si pueden utilizar tal o cual fármaco que anuncian en la televisión, muchas veces son productos que se ofertan como la solución mágica a muchos problemas de salud, que ni siquiera gozan del “beneficio” de un fármaco bien estudiado. En muchísimas más ocasiones, preguntan por las vitaminas, como si estas fueran innocuas y el remedio mágico para su cansancio, la falta de apetito o el problema común de todos los padecimientos. (Se que existen transtornos secudarios a avitaminosis, pero si siempre la solución estuviera en tomar vitaminas, no sé para qué diantres estudié 6.5 años de Medicina y luego hice una especialidad). En fin, los merolicos han incursionado ahora a la televisión.

Aquí vienen dos factores, la ignorancia y el lucro. El paciente ya viene encausado, con intención de recibir un medicamento, a veces inclusive ya tienen en mente el fármaco que quieren, como si se tratara de un platillo en un restaurant. Si el médico no está bien fundamentado, conoce bien el padecimiento o se dió el tiempo de estudiar conocer a su paciente, corre el riesgo, ya sea de caer en el juego y actuar únicamente como un “expendedor de recetas a la carta” o por falta de fundamentos clínicos y farmacológicos, caerá víctima de la publicidad de los laboratorios, recetando lo que su representante le dijo era lo mejor, el que le dió el regalo más vistoso o el medicamento que aparece escrito en la pluma con que elabora la receta. En definitiva, podrá estar actuando de buena fe, pero eso no le quita lo irresponsable, un médico tiene en primer lugar que valorar bien a su paciente, por otro lado mantenerse en continua actualización y en caso de que el padecimiento no sea de su dominio, referir a quien así lo haga y no por ocultarlo, prescribir por prescribir.

El fin de lucro es aún más triste, y se resume en el hecho de darle “al cliente lo que pida” con tal de que vuelva a regresar, esto a costa inclusive de la salud del individuo, bajo la premisa “si no se los doy yo, van a la farmacia y se lo surten o bien otro doctor se lo dará”. Tal vez sea verdad, pero como médicos, reitero, debemos velar por el bienestar del paciente, y muchas veces, simplemente con hablar y explicar, logramos que los pacientes entiendan que ese no es el tratamiento o que su padecimiento no requiere de un fármaco, inclusive, como decía inicialmente, que su síntoma no corresponde a una enfermedad sino a un hecho cotidiano de la vida.

Hablaba al inicio de la “tristeza” o depresión, y es que se tiene actualmente un abuso de los antidepresivos, en esencia, el origen es el mismo, la falta de tiempo o paciencia por parte del médico para oir y luego para explicar, hemos caído en el juego del “Prozac” y todas sus nuevas variantes (Escitalopram incluído). Otro campo que ha caído en el abuso, es el hecho de la vanidad, los médicos encuentran en ella una gallina que pone huevos de oro y los pacientes, como ya lo he comentado, prefieren invertir en ella que situaciones que realmente afectan su salud, es un fenómeno de todos los días, pero no por ello voy encontra de que existan tales tratamientos, pues reitero, puede que algunos de los casos lo ameriten, cuando ya implican un problema real para la esfera psicológica o social de paciente, aunque no forzosamente la física.

Así que en conclusión, no hay pastillas para soportar la vida, pero sí hay médicos que escuchan a sus pacientes y los ayudan a salir adelante. Espero que cada vez prescribamos más abrazos y “sopitas de pollo” que fármacos innecesarios.

Medicamentos vs “la sopita de pollo” para la vida (1)

Imagen: chef3d.blogspot.com

En su número más reciente JAMA publica un estudio donde aparentemente el Escitalopram es eficaz para el control de los bochornos en la menopausia. No me atrevo a debatir el artículo en sí, puesto que no lo tengo a la mano y en este momento no tengo acceso a su versión on-line, prometo que al conseguirlo, agregaré en una nota al pie de esta entrada, un comentario al respecto.

En realidad es que mi análisis en este momento, va dirigida no a la publicación médica en sí, sino a la columna que se generó en torno a ella en el diario Público.es. Comparto, he de aclarar, el hecho de que en la práctica actual de la Medicina, los médicos estamos sobremedicando (no puedo excluírme, tanto porque sería vanagloriarme, como porque he caído en la práctica). Tendemos a quererlo solucionar todo, inclusive, como menciona la autora, los hechos cotidianos de la vida.

Así es, creo que hay cosas que no necesitan un fármaco, algunos son los casos que citan en la columna (calvicie, “tristeza”, menopausa, transtornos de la erección), pero creo que hay que ser un poco más cuidadosos al respecto y no irnos tan superfluos, es ahí donde creo que el artículo de Ainhoa Iriberri, si bien comparte mis ideas, podría tener, creo algunos puntos flojos, creo que le faltó algo, tal vez, al final de mi análisis logremos encontrarlo.

Empecemos, y para ello me iré directamente al tema que originó ambos artículos, ¿es la menopausia una enfermedad? En definitiva, no. Es un hecho que toda mujer pasará por un ciclo en su vida, en donde al final, se encuentra la menopausia, así que entonces, esta es una situación normal de la vida en todo ser humano del sexo femenino; poco menos estudiada está la andropausia, y probablemente el auge más grande se dió en otro caso mencionado por Iriberri, los transtornos de erección e inclusive otro de ellos, la calvicie.

Viene aquí mi reflexión, por no ser una enfermedad ¿debemos dejar que las mujeres sufran los síntomas de la menopausia? Reitero mi postura contra la medicación innecesaria, pero no por ello mi respuesta puede ser un tajante NO, creo que la necesidad o no de la terapia farmacológica en la paciente, dependerá más que nada de la intensidad de los síntomas, recordemos que salud no solo implica la ausencia de enfermedad, sino un completo bienestar en el aspecto físico, mental y social del individuo (OMS). Por lo tanto, si los síntomas están afectándo una o más de estas esferas y requieren una intervención, creo que es deber del médico ofertar el tratamiento más apropiado, sea cual fuere, un antidepresivo, reemplazo hormonal, ambos u otro totalmente diferente, valorando por su puesto el costo-beneficio, tomando por costo, no solo la parte económica, sino las complicaciones que la intervención pudiese tener.

Creo que el tema del problema de erección, si bien es muy similar, tiene connotaciones también mercadológicas, donde los laboratorios farmacéuticos han intervenido de sobremanera. Los transtornos de la erección, antes que nada deben valorarse a profundidad, la solución no únicamente (y no siempre) están en dar una pastilla ya sea azul, amarilla o naranja. Por lo general estos problemas vienen precedidos de otras enfermedades, las cuales tienen prioridad en su atención, tal es el caso de la Diabetes Mellitus, en otras ocasiones, podrá ser causa de un proceso natural de envejecimiento, es cierto, pero bajo la misma premisa que en el párrafo anterior, creo que hay que ser cuidadosos y en cada caso, valorar si es necesario o no dar el tratamiento, muchas veces bastará con hablar con el paciente y con su pareja (es un tema a tratarse con 2 individuos) y la pastilla saldrá sobrando.

Vamos, no debemos de profundizar mucho más, es cierto, como menciona al cierre el artículo de Ibarri, la industria farmaceútica no tiene toda la culpa, pero no podemos excluirla, contribuye en gran manera al problema al incentivar al paciente a buscar el medicamento y en propiciar que el médico lo prescriba. Sin duda otro responsable será el galeno, que caiga en el error, ya sea víctima de la mercadotécnia de la industria, de la falta de tiempo de consulta para valorar bien el problema, de la presión del paciente, o peor la ignorancia o el lucro. Vayamos paso a paso, que este es un círculo vicioso… (Segunda parte)

¿Pagar a quien cuida sus salud o multar a quien no lo haga?

Somos libres de decidir sobre nuestra salud, entonces también seamos responsables de sus consecuencias. (Fuente: atinachile.cl)

Lo he dicho varias ocasiones, el sistema público de salud en nuestro país no funciona adecuadamente y estoy inmerso en él, pero esta vez no lo achacaré al gobierno (únicamente). Creo que como en muchas cosas, los gobiernos paternalistas (conste que advertí que no es únicamente) mal acostumbran a sus pueblos, quienes fácilmente caen en el juego del pan y circo, acostumbrados a extender la mano y que se les dé para callar opiniones, pero pierden el sentido de lo que reciben.

Es cierto, he hablado de dar un trato de calidad, afectuoso y cercano al paciente y lo sigo sosteniendo, pero también es cierto que en varias ocasiones son ellos, los usuarios de nuestros servicios, quienes los infravalúan, no solo nuestros empleadores. El “paciente” (nótese el entrecomillado) se muestra poco afectivo y comprensivo en la espera de su consulta, hoy leía twitter de @modomedico una reflexión que me hacía reír, pero es cierto:

¿No protestas porque tienes que esperar mucho en una cola en Rebajas pero sueltas sapos y culebras en Urgencias?” que dicho sea de paso se deriva del post Urgencias, rebajas y reclamaciones de @lamamapediatra.

Pues bien, como lo mencioné al leerlo en forma inmediata despertó una sonrisa en mi, luego el remordimiento porque, sentida o real, lo que un paciente en la sala de espera de Urgencias tiene, es para él (ella) eso, una urgencia. Pero podemos translaparlo a mi mundo, el de los pacientes crónicos, ellos acuden a mi unidad sin urgencias, con cita previa, generalmente respetada y aún así reclaman el tiempo de espera si uno se retrasa 10 minutos, y hay que subrayar, ese retraso es resultado de darle un poco más de tiempo a otro colega suyo, un enfermo igual que él (ella) que requirió más tiempo para comprender su padecimiento, un nuevo tratamiento, explicar un procedimiento o lo que sea, pero estoy seguro, como lo dice Sophie (@mondomedico), bien pueden esperarse para cosas menos importantes que su salud.

En más de una ocasión e contabilizado con mis pacientes cuanto gastan en cigarros, refrescos (sodas), golosinas y otras “inversiones” que lejos de favorecerlos los perjudican, se sorprenden al darse cuenta que gastan mucho más al mes que lo que cuesta el medicamento que les sugiero, que casi siempre ya hay en genérico, y eso que no me meto en otros menesteres de su vida en donde seguramente ponen su dinero en la basura. Pero es que resulta más cómodo culpar al gobierno de no querer mejorar nuestra salud, sino me curo es porque el fármaco que me dan esta “diluido”, no me tomo lo que me prescriben porque no lo hubo en la farmacia de la unidad y no iba a gastar en ello.  y un largo etc.

Muchas veces me he preguntado, ¿los pacientes se cuidarían más si se les cobrara la consulta, aunque este fuera un costo “simbólico”? La respuesta es que no, tal vez mejoraría un poco la cifra, pero tampoco mucho, la verdad es que hay muchos pacientes que aunque quieran no pueden sustentarse su tratamiento, inclusive algunos que no pueden ni siquiquiera financiarse su alimentación (hoy tuve un caso) y es por ello que da más coraje ver que se invierta en tratamientos de padecimientos auto-infligidos.

Una realidad es que la política de salud es algo compleja, por eso considero que debe llegar a esos puestos gente muy preparada, tanto en el área médica como en la política. Hace unos días leía en Matasanos.org una nota que me llamó la atención “…en Catalunia el nuevo conseller de Salud de la Generalitat, Boi Ruiz, a propuesto imponer las denominadas ‘tasas de uso’ sanitario con el fin de concienciar a la población sobre el elevado coste de la sanidad pública” ¿Será efectiva la media? Tal vez pudiera servir, no lo sé, pero la verdad es que somos muy tercos, ¿cuántas veces no nos han dicho que el cigarro mata? Y aun así se fuma. ¿Cuántas veces no nos han dicho que las golosinas hacen daño, hasta les llamamos “alimentos chatarra“? A pesar de ello los consumimos. Así pues que saber cuanto se gasta en una consulta, no creo que genere gran conciencia social, se considera ya “un derecho” cueste lo que cueste. “Tengo de derecho a estar sano aun a pesar de mí”.

Volvamos al ejemplo que puse antes, mis pacientes no gastan el dinero en su medicamento, pero lo gastan en ‘alimentos con bajo contenido nutritivo’, curiosamente, invierten en lo ‘prohibido’ y no en lo que necesitan, en general son pacientes con Diabetes Mellitus, no deben consumir alimentos con azúcares simples, pero toman grandes cantidades de refresco, compran pastelilllos industrializados y fuman, para incrementar su riesgo cardiovascular. Una vez con el infarto, acudirán al servicio de Urgencias, reclamando (como menciona @mondomedico) ser atendidos porque es “su derecho” y por culpa del gobierno que no los cuidó están ahí muriendose.

En respuesta a lo mismo leía en @BitacoraMedica una noticia que también me sorprendía, en Gran Bretaña se pagará a los pacientes que se cuiden. Personalmente me resultó una medida absurda y contraproducente, a menos que ustedes opinen lo contrario, creo que de poco ayudará, pues ahora se tendrá que pagar a quienes decidan cuidar lo que tienen y pagar la atención de aquellos que decidieron no hacerlo, puesto que resulta muy complejo definir quien perdió la salud por cuenta propia. Creo que si bien es cierto que la salud es un derecho, no deben por qué pagar por que lo cuides, ¿alguien me paga por ser libre?

¿Por qué no realizar la medida contraria? Multemos a aquellos que no cuidan su salud, grandes manifestaciones se han hecho por los incrementos en los impuestos a cigarrillos, medida que comparto porque en cierta forma es eso, una multa por no cuidar tu salud (aunque se vea más como una forma de sacar dinero para programas que no son exactamente en salud).  Estos impuestos y medidas también se han buscado aplicar a golosinas y refrescos, pero imagínense el revuelo que se haría.  ¿Cómo se vería la situación si al paciente que no sigue las indicaciones médicas, nutricionales, etc. se le girara una boleta con una multa? En general Salubridad sabe donde hay pacientes enfermos y quienes no se están cuidado, ¿no los forzaría a hacerlo? Y sí, que se le de la medicina y la atención al paciente que acude a su consulta, muy probablemente financiado por aquél que ha decidido vivir “mejor” aunque sea menos tiempo.

Reitero, crear políticas de salud es sumamente complejo, muchos manejarían que es su cuerpo y que el individuo puede hacer con él lo que quiera, ¿pero cuando esto implica un costo para los demás? Aquí entra la Bioética, etc. y se presta para hacer un buen caldo de discusión ¿ustedes qué opinan?